lunes, 4 de mayo de 2020

Casa

Vine y estabas vacía, solo había un hombre que habitaba en ti. Llegué y quise hacerte mía desde el principio, convertirte en un hogar, quise tener hijos, quise crear más, quise llenarte de vida y solo te llené de tristeza y de ansiedad. Lo siento mucho, gracias por todo, eres bella, tienes el espacio perfecto para mí. Gracias por todo, gracias por las ideas que llegaron, las que se fueron, por mis días de tristeza y los de fiesta. Gracias por contener un amor que se acabó a cuenta gotas.  Gracias por todo, gracias por todo, gracias por todo, te voy a extrañar mucho mi amada casa, adiós a los sueños que tenía cuando vine aquí, adiós al amor que se terminó, adiós a los planes que nunca concluí, espero que quienes lleguen te llenen de amor. 

Lamento mucho no haberte cuidado mejor, hice lo mejor que pude. Traje plantas y decoré tus paredes, quise darte un espacio para liberar mi imaginación. Tengo miedo, hay muchas cosas pasando a mi alrededor, tengo miedo de no poder lograr vivir fuera de esta burbuja de jabón que el universo construyó para mí.

Gracias por todo mi amada casa, gracias por ser y estar para mí. 

Gracias



Adiós de mudanza

Ya sé, ya sé,
soy una miedosa
del desdoblamiento permanente de mi ser
de los nuevos comienzos
de mi perfeccionismo paralizante
bum bum en la cabeza
no me  deja descansar
mucho futuro
mucho pasado
en el gas del pensamiento
me resisto al porvenir
la verdad es
que no quiero irme de aquí
no quiero crecer
no sé como
no sé como
no sé como


Te voy a extrañar
Aunque no quería estar aquí.
Te voy a extrañar
Te voy a extrañar
Te voy a extrañar



viernes, 17 de abril de 2020

Fin


-No lo recuerdo muy bien- Me preguntó mientras mirábamos el cielo nocturno que, de pronto, se iluminaba cada vez más -¿La inundación fue antes o después de la hambruna? 

-Después de la hambruna, claro está- De pronto me sentí como parte de una escena icónica de la versión Disney de Hércules -Primero fue la pandemia, y luego lo del Krakatoa y los demás volcanes, ¿Recuerdas? 

-Por supuesto, todo un cataclismo, lo de los tsunamis fue lo peor. 

-Pues bien, después de los volcanes, vino la helada por las… 

-¡Las cenizas! Cómo olvidar esos atardeceres- Dijo con una melancolía particular, como no queriendo extrañar lo espectaculares que fueron esas tardes cuando los gases volcánicos pintaban el cielo de unos colores surrealistas. -Dicen que en “El Grito” de Münch el fondo es de esos colores tan vibrantes precisamente por la erupción de un volcán, y ahora que lo pienso, tiene todo el sentido del mundo… pero bueno, la helada, ¿Y luego? 

-Y luego la sequía y el hambre. Hacía tanto frío que mucha del agua se congeló y las lluvias no llegaron y, con ello, se acabó la comida. Luego, después de los dos años, cuando se despejó el cielo y otra vez regresó el calor, se derritió toda la nieve y los ríos se desbordaron- Me sentía como contándole a unos nietos que nunca llegarían una historia inventada, de esas que se cuentan con muchas licencias literarias para asombrar y entretener. 

-Y empezaron las inundaciones, es cierto, ahora lo recuerdo. Pandemia, volcanes, tsunamis, helada, sequía, hambruna e inundaciones en ese orden… Y ahora esto. 

-Sí, ahora esto- El cielo se iluminaba cada vez más, el resplandor que había iniciado como un punto de luz comenzaba a crecer. -¿Crees que sea la supernova? Esa de la que tanto se habló antes de la pandemia. 

-¿Beteljus, biteljus, betelgeuse o como se diga? No creo, Orión está por allá, clarito se ve- Apuntó hacia la derecha, a un mar de estrellas que poco a poco se desvanecían tragadas por la luz. Yo tuve que creerle, porque para mi el cielo se veía igual hacia todas direcciones. 

Desde que la electricidad dejó de ser algo cotidiano hacía poco más de tres años, la humanidad, o lo que quedaba de ella, había recuperado el cielo nocturno. Las primeras noches habían sido abrumadoras al darnos cuenta de que las estrellas que conocíamos se perdían entre los cientos de millones de otros astros que se manifestaban con la oscuridad. Al menos yo ya no podía distinguir con facilidad las constelaciones básicas, pero ahora podía inventar las mías, como cuando uno se pone a verle formas a las nubes. 

-Entonces, si no es la supernova, debe ser un meteorito- Lo dije como si no fuera la gran cosa, porque a esas alturas, después de todo lo que habíamos pasado, un meteorito en realidad ya no era la gran cosa. 

Aunque, estrictamente hablando, sí lo era. Aproximadamente cuarenta kilómetros de largo, veintitrés de ancho y diecisiete de alto, muchísimo más grande que el que acabó con los dinosaurios. Una mole cósmica que el universo, como si no fuera ya suficiente, nos había lanzado desde los cielos casi de forma poética. No lo habíamos visto venir, no sólo porque las agencias espaciales habían colapsado hacía mucho, sino porque ese pequeño enorme pedazo de roca espacial había terminado en curso de colisión con la Tierra por azares del destino ya que algo en el cinturón de asteroides lo había sacado de su curso habitual y lo había hecho precipitarse contra nuestro planeta, y aún con sus dimensiones, había pasado desapercibido al no seguir una órbita conocida y al ser tan “pequeño” y oscuro en comparación con el resto de cosas en el cielo. Para cuando era evidente que iba a aterrizar sobre nosotros, ya no había nada que hacer ni nadie que lo hiciera. 

Pero nada de esto lo sabíamos, que seguíamos viendo como su brillo se hacía cada vez más intenso al entrar a la atmósfera. Por cierto, nosotros nos habíamos conocido recientemente, apenas unas semanas atrás cuando nos encontramos casualmente vagando por los valles. Hacía tanto que no hablábamos con otra persona que rápidamente nos hicimos amigos por el puro gusto de tener con quien platicar, aunque los temas de conversación se redujeran a recordar el pasado e intentar averiguar que hacer con nuestro futuro. A pesar de ello, nunca nos habíamos presentado. Los nombres se habían vuelto obsoletos en cuanto la cantidad de personas disminuyó al grado de no haber necesidad de saber quién era quién. 

-¿Crees que ahora sí se va a acabar el mundo? 

No supe que responderle, pero algo en mi interior decía que efectivamente, era el fin del mundo. -No sé si del mundo, pero al menos de la humanidad creo que sí. No creo que la Tierra se despedace después de esto, y al final la vida es muy resistente. Quien sabe, igual y alguna bacteria en el fondo del mar sobrevive y, en unos cientos de millones de años, otra vez haya vida por todos lados. 

-Una bacteria… o un virus. 

No pudimos aguantar la risa. Esa palabra había pasado de ser aterradora a ridícula. 

-Pues que privilegio- Dijo secándose las lágrimas tras las carcajadas -Que privilegio tener la oportunidad de ser los últimos. De todas las personas que vivieron a lo largo de los milenios, sólo nosotros podemos decir que somos los últimos de la especie, la camada final, lo más lejos que nuestra raza pudo llegar. 

-¡Y nos tocaron asientos de primera fila para presenciar el fin! Los que queden en otros lados, si es que quedan, ni se van a enterar de qué pasó, pero igual se van a joder. 

Además de la luz, la temperatura comenzó a aumentar, transformando una fresca noche en un mediodía tropical en cuestión de minutos. Nos quedamos en silencio, admirando como las nubes se esfumaban, mientras el viento aumentaba de velocidad y los animales huían despavoridos sin saber bien hacia dónde. 

Me vino una idea completamente absurda en esas circunstancias, pero que daban cuenta de que al final seguía siendo un ser humano común y corriente. Me pregunté cuales serían las últimas palabras más apropiadas para dejar a la posteridad, aunque no hubiera nadie que las fuera a escuchar o registrar ni posteridad a cuál dejarlas. ¿Alguna frase de trascendental belleza? ¿Un chiste? ¿Un grito? Si mi voz iba a ser la última de las voces humanas que resonaran, ¿Qué debería decir? ¿Cómo condensar con palabras lo que había sido nuestro breve estar en la existencia? ¿Cómo cerrar apropiadamente nuestra participación en la vida? 

-Por cierto- dije -Me llamo… 
Luz. Calor. Silencio.




Fernando “Viento del Norte” Sanchez. CDMX, 17 de abril de 2020. Publicado originalmente en “Crónicas de un mapache”


http://vientoboreal.blogspot.com/

martes, 14 de abril de 2020

X_X



al pasar por el espejo, mejor volteo la mirada 

no quiero ver lo que refleja

y lo que se refleja no quiere ser visto

a veces no encuentro como poder seguir con esto

ajeno, toda esta nueva experiencia me es insólita

seguido me siento así, cuando hablo con alguien espero que no me pregunten nada

no encuentro como contestar

sin que se inunden las retinas

recordando algún área

de las pecas o la espalda, recordando alguna plática o detalle, es lo malo de prestar demasiada atención, pensamientos lúcidos de las diversas confusiones

después de evacuar prolactina y adrenocorticotropina

el pecho se siente menos tenso

como si algo me protegiera con un poco de ternura

y supongo que así se sigue

sin saber cómo

me siento avergonzado

el saberse dejado de lado por la persona que crees que mejor te conoce

es una carga cada hora, una habitación de vergüenza

no me dejo hundir, pero no dejas de hundirte, levanto la cabeza y envío un correo del trabajo, abro la boca y trato de sonreír

pero mi semblante no engaña a nadie

los músculos de la parte superior de la cara se sienten flojos y los de la parte inferior adoloridos, como si tuviera unos braquets fantasma y fiebre

digo una broma y me avergüenzo

como si estuviera desnudo entre gente vestida, o como un niño eufórico tratando de comportarse

odio un poco los nuevos términos de esta vida

pero es un odio puro, como un ángel

mi playera está sucia

no es que no supiera que fuera a pasar, son los adjetivos que se imputan lo que me desconcierta

no creo haber causado tanto daño, debe haber una confusión

ojalá pudiera sentir el suave toque de una dentadura arrancando la piel que a nadie le importa tocar

el torso que parece un nido de abejas,

es mejor esconderse de nuevo del tipo en el espejo, aquí nadie es un mártir

o un recuerdo de esos que uno trata de olvidar

como esos inolvidables días siempre truncos, donde la felicidad palidecía a la puerta de su casa

como si yo fuera un peligro

como pechos lactantes llenos de amabilidad y hostilidad, de los cuales nadie quiere beber

pero empiezo a creer que no hay vuelta atrás

como cuando el gemelo que sobrevive al parto tira del cordón umbilical que se enreda en el cuello de su hermano

ten fe, todos estamos vivos y poco a poco no lo estaremos






Julio Cervantes Ortega
México, abril de 2020




lunes, 13 de abril de 2020

Una tarde normal

Estoy a punto de verla y si se ha evaporado el perfume que me puse todo este teatro será un fiasco. Llevo algunos meses preparando este momento, trabajando un par de horas extras todos los días para que podamos ir a un buen lugar, me compré el perfume que le gusta, me traté de vestir bien, tengo un poco de ansiedad de verla, de verla de nuevo. 

Omar me dijo que debería usar corbata, pero no soy de ese tipo de hombres, me corta la respiración, se me bota la papada, no me gusta usar camisas, ni zapatos, nunca me ha preocupado mucho eso porque confió en otros atributos, en realidad solo en uno, creo que soy gracioso. 

Pero este día no me está haciendo gracia alguna. 

No pasé al cajero electrónico para tener un poco de efectivo a mano, no contaba con los gastos de la gasolina, me escriben y me llaman del trabajo, parece que todo es urgente, pero nada me urge más que mandarlos al demonio, quisiera gritarles que estoy cada 5 minutos un kilómetro más cerca de la mujer que amo, que los correos y la vida en general pueden detenerse, todo puede detenerse en este momento menos el tráfico de mierda. 

Estoy nervioso, han pasado un par de años de la última vez que nos vimos, no deja de sudarme la cabeza, espero que parezca que acabo de bañarme. El gps me lleva lento pero seguro a la ubicación indicada, la colonia se ve tranquila con las aceras invadidas de hípsters y perros, negocios en los que me hago a la idea sale a comprar cosas para hacer de comer, vaya que ella sabe cómo hacer de comer, cualquier platillo normal lo volvía una experiencia de sabor, un poco de esto, un poco de esto otro y magia, una pequeña explosión en el paladar, magia pura. 

- Creo que ha pasado tiempo suficiente para podernos ver de nuevo, te extraño y quisiera poder platicar sobre lo que ha sido de nuestras vidas - Podía sentir como mi dedo anular se corroía, como mi mirada se sentía seca, agotada. Llevaba 5 minutos viendo el botón de enviar en el WhatsApp hasta que me di el valor de presionarlo. 

Y el mensaje se envió a través de kilómetros de cables y ondas invisibles, conectándose para hacer llegar el mensaje que más me ha preocupado enviar en mi vida, ni una carta de renuncia había requerido de mí tanta decisión, no pasó más de un minuto y vibro mi celular, era ella – claro, hay que vernos – un primer y sencillo y conciso mensaje que siguió de largas conversaciones, ella siempre ha sabido como conversar, cuando lo desea es la persona más graciosa y grosera del mundo, ambas cualidades me parecen fundamentales para la convivencia. 

Quedamos de vernos para festejar su cumpleaños. Trate de buscar un buen restaurante, de autor, con buena arquitectura, algo que me hiciera aparentar que soy más que un hombre de tacos y hamburguesas, sin embargo, mi físico evidenciaba lo que ella ya sabía. 

Le avisé que había llegado al punto de encuentro, ocupé 5 minutos en poder entrar en mi papel, de hombre desinteresado, en pensar mi guion para no estropear la tarde, no tengo mucho tiempo para verla, pero si mucho tiempo de esperar hacerlo. Me dijo que tardaba un poco que seguía arreglándose, pero yo soy realista, ella no tiene nada que arreglarse, es de ese tipo de mujeres que pueden ponerse una playera XXL de hombre, con la tela deformada por el sobrepeso, rota, sucia de chocolate embarrado y hacerla ver como lo último de la moda, ella era la inspiración de la próxima línea de Bershka. 

No mentía cuando dijo que tardaba un poco, puse algo de música para abstraerme en ella, estaba ya un poco preocupado por la reservación de la mesa del Restaurante La Brea, uno de los diez mejores del país (según varias reseñas) con los ingredientes más frescos y con comida preparada al momento por uno de los mejores chefs mexicanos que normalmente tienen un apellido que no tiene nada que ver con los apellidos comunes en el país. 

Sin avisar, ensimismado en la espera, en el ansia, en la música, en mi personaje, ella toco a la ventana del auto, la vi y todo se fue a la mierda, el cerebro se sentía como si se hundiera en las arenas movedizas del corazón, hundiéndose sin importar que buena parte del mismo estuviera ya sumergido. 

Siempre ha sido una visión, con su pelo castaño obscuro y su piel blanca, con sus pecas jugando a brincar en sus pómulos rojos como sandías (juro que dan ganas de darles una mordida) su nariz pequeña, chatita, sus ojos verdes como galaxias en las que te pierdes cuando te quedas sin combustible en tu cohete corroído al cual se le está por terminar el oxígeno, su boca pequeña y su sonrisa juguetona, traviesa. 

No han pasado los años por ella, no ha pasado un minuto de ella en mí, es una suerte de maldición ver a la persona que amas y no sentir más que amor por ella, olvidas todo, te importa un comino lo bueno o lo malo que haya pasado, no hay tiempo, son esos momentos en los que reconoces que existe el presente, que existe el bien. 

Vestía un vestido rojo con estampado de leopardo, como las pieles que usaban los reyes para dejar en claro la fuerza y la violencia que tuvieron que utilizar para conseguirla. Maldita sea, el vestido solo evidenciaba sus hermosas piernas y acentuaba… que no he superado el haberla perdido. 

Abrí la puerta y no pude evitar abrazarla, en un abrazo que contenía millones de minutos de nostalgia y amor yermo, en un abrazo que me arrancaba la vida, la pegue a mí para que sintiera como mi corazón palpitaba desbocado, para que sintiera como mi estómago estaba lleno de abejas, no pude controlar perderme de todo, quise pegarla tanto a mí que deseaba pudiera entrar en mi cabeza, para que se viera como la veo, para que sintiera lo que yo siento, un abrazo fuerte como la asfixia que no parece terminar hasta que te desvaneces y sentí 4 pequeñas manos, halándome, separándome de ella, buscando mi panza y mi pecho, ella no venía sola, venía con mis niños, ella no quería platicar de nuestra vida, quería matarme de amor. 

Desde el divorcio habían pasado muchas cosas, se casó de nuevo y era ya feliz con un hombre bueno, alguien que la aceptaba con dos hijos que no eran suyos, que la veía como alguien capaz, alguien que la amaba, alguien que le daba todo lo que yo no pude dar, todo lo que yo no tenía, alguien que podía hacerla feliz. 

- José, no vayas a comenzar con tus cuestionarios, venimos a divertirnos, todo va bien, sabes cómo están los niños, podemos hablar de mi vida personal, pero mejor hablemos de ti y disfrutemos el momento – Me tenía atrapado, siempre supo que era un tipejo prisionero de sus deseos y así fue. 



No hablamos de nada, pusimos canciones y cantábamos, nos reíamos, era como un día normal, de una familia normal, casi se me antojaba darle un beso y que todo mundo pensara que no habían pasado 4 años, que estábamos rumbo a celebrar un cumpleaños más, que nunca había partido la mudanza, que no se había que tenido que terminar ningún contrato, casi parecía que no la había hartado, que deje de tomar a tiempo, que la escuche y me preocupe por ella, casi parecía que la había apoyado a seguir sus sueños. 

Llegamos al lugar, estaba por el sur de la ciudad, no estaba lleno, lo que agradecí, tenía miedo de terminar comprando un pollo rostizado, comimos y bebimos y nos reímos, recordamos buenos momentos, mientras yo luchaba contra la pesadumbre de saber que difícilmente se iban a generar otros muchos buenos momentos juntos. Yo estaba presente, pero en otro plano, no podía dejar de verla, no podía dejar de escucharla, no podía dejar de interesarme en lo que decía, siempre ha sido una mujer muy inteligente, brillante, talentosa, siempre la he considerado más inteligente que yo, lo es, por eso no estamos juntos. 

La vida ha sido buena para ella, tiene muchas de las cosas que siempre ha buscado, aunque la vida siempre te lleva a buscar más, la vida también ha sido buena conmigo, pero perderle a ella, el no tenerla, el saber que existe pero que decide conscientemente no estar a mi lado es una aflicción que nunca podrá entender. La comida es buena, la noche apacible, le tengo preparada una sorpresa, un regalo para que no me olvide unos meses, el primer perfume que compramos juntos, su aroma enlatado. Satisfechos pedimos el auto, me siento orgulloso de que me vean con ella, de que el valet me vea con envidia, de que mis niños me abracen forcejeando separándome de ella, son mi muro de contención, pero mi mirada, es obvio que se pierde en el deseo de no dejarla ir. 

Pero es tarde y la vida sigue, subimos al carro y hacemos bromas sobre la comida, por las porciones extremadamente pequeñas, porque siempre nos reímos, hasta que los tengo que dejar en su casa y mi risa se transforma en mueca, ella me dice – ojala pudieras pasar, fue un buen día – asiento con la cabeza y veo como bajan del carro y con ellos se baja un pedazo de mi alma, los veo desaparecer por la puerta y veo las sombras proyectadas sobre las cortinas una, dos, tres, cuatro, las sombras más altas se funden. 

Camino a mi departamento veo un automóvil accidentado, el pobre tripulante no solo tendrá que lidiar con las heridas y el seguro, si no con la vergüenza de ser uno de esos carros cubiertos de post it con mensajes de amor, algunas de esas notas adhesivas deben decir, ten un gran día. En mi opinión cuando un augurio es tan claro es mejor burlarte. Tomo una foto al accidente y se la envío, junto con un pequeño texto de cinco letras, ¿se han dado cuenta que escribir “¡huevos!” es un texto más largo que escribir “te amo”?

Julio Cervantes Ortega
México, abril de 2020



Editorial

Volvimos

Ahora sí, después de dos años de ausencia regresamos, no sabemos si para quedarnos, la verdad es que no teníamos tiempo para escribir, pero desde que llegó la pandemia y estamos recluidos en casa haciendo “home office” como que nos rinde más el día y se nos acabaron los pretextos.
No queremos romantizar la cuarentena, pero sinceramente disfrutamos romper la rutina de la única forma creativa que sabemos. Claro, el encierro tiene su lado negativo, la gente puede enloquecer, caer en el vicio, el aburrimiento la liviandad y la desesperación, nosotros, que no hacemos yoga, pilates o pintamos cuadros, optamos por escribir y sugerirles escribir un cuento. Acorde con los valores fundacionales de este H.H. foro entendemos que hoy más que nunca todos tenemos la necesidad de decir o exponer algo para alejarnos de las estadísticas y no ser un número más en el conteo diario de enfermos o sanos.
¿Qué piensan de la pandemia?, ¿qué les inquieta, cuáles son sus inquietudes?,¿creen que vivimos en una distopía de George Orwell?, ¿todo es una conspiración de George Soros y los Illuminati?, ¿están a favor o en contra de los tapabocas?, ¿de qué cosas se han enfermado?, ¿le tienen más miedo al coronavirus, a la crisis económica, al  Peje, a los multimillonarios, a los chinos o a Donald Trump?, ¿qué hacen para matar el tiempo?
Si ya acabo la serie que lo tenía atrapado, si ya está en la fase de adaptación, o si necesita un pretexto para que le den 30 minutos de respiro, anímese y escriba un cuento de lo que quiera y sienta, Desencuentros se sube al tren del mame y le otorga este espacio para leerlo y darle quizá su última voz, no la desaproveche.
Abril de 2020

sábado, 11 de abril de 2020

La familia no te olvida

#CadáverExquisito

La vida se me escapa como el agua entre los dedos. El frío conquista mi piel, la tiñe de blanco verdoso, los espasmos finales del cerebro me revelan la futilidad de la vida y el amor, y se apaga con este amargo pensamiento: la cagué. La familia es sagrada, pero ¿quién respeta algo en estos tiempos? el mundo colapsó. 


Llegaron a mi escondite el sábado. “Perdón por traerlos, pero mi mamá se está muriendo”, y yo no pude hablar, ni moverme, ni  puedo molestarme con Esmeralda, ese par de muslos siempre le dan absolución automática. Crecimos muy juntos, nuestros juegos perdieron la inocencia poco a poco. Fue mi único amor, la sigo amando y creo que ella a mí también, a su manera. Pero las prioridades cambian. 

Cuando dejó de haber suficiente comida para las dos familias nuestros padres se comenzaron a odiar, hasta que quedaba una lata de frijoles y un garrafón de agua para todos, quién sabe para cuánto tiempo. Nos escapamos con todo, y mi papá nunca me dijo que había pasado con Esmerada y mis tíos. 

La descubrí buscando qué comer, estaba lamiendo unas latas de atún que yo había dejado por descuido demasiado cerca de mi escondite. Lo reconozco, mi primer impulso al ver la silueta de mujer inclinada sobre las sobras fue lanzarme sobre de ella para arrancarle la ropa, pero nos vimos a los ojos y nos reconocimos. En ese momento me sentí miserable, culpable por verla en esas condiciones en medio de mi buena racha –así le digo a encontrarme un escondite y dos latas de atún. La traición de mis padres a ellos siempre me hizo sentir decepción, tristeza, coraje, el inicio de mi transición a la oscuridad perpetua. 

Solo le dije ¿Esmeralda? Y nos abrazamos y lloramos y pasamos dos días en mi escondite. Ni si quiera hablamos solo compartimos la comida y el cuerpo durante dos días y al tercero desperté amarrado de pies y manos. Mi tío y un hombre que no conocía me dieron de martillazos. 

Me hubiera gustado haber probado una última vez el sabor de sus labios y recorrer los pliegues de su cuerpo con la yema de mis dedos, con la lengua solo para recordar la única época en que fui feliz antes de toda esta espiral en la que me envolví... pero la vida se me escapa como el agua entre los dedos cuando metes la mano a un río. 




Elvis Castillo y Romeo Valentín
México, abril de 2020

Se nos acabaron las excusas y se nos acabaron los pretextos



Se nos acabaron las excusas para no ver, para voltear hacia otro lado. 

El mecanismo del mundo se ha detenido, exponiendo lo que la velocidad y el movimiento ocultaban, difuminaban. Las grietas estaban ahí, y no pocos habían reparado en ellas. Pero muchos más habían decidido ignorarlas, negarlas. Ya las repararán los que vienen, los del futuro. 

Se nos acabaron los pretextos para justificar, para defender lo indefendible. 

Hoy la desigualdad reluce, brilla sin que podamos negarla. Hoy vale más un cartón de huevos que un café a sobreprecio. Y no es que no fuera así antes, sólo que se nos había olvidado. 

Salen comunicados de gente innecesariamente rica suplicando por ayuda, mientras los que nunca han tenido quien les ayude, se arman de valor, listos para enfrentar la vida una vez más. 

Se nos acabaron las excusas no escribir, para no reflexionar. 

Un ser microscópico, si es que podemos llamarle ser (exquisiteces de la biología) ha puesto en jaque a quienes se decían invencibles, a quienes se decían fuertes. 

Peleamos contra un fantasma, contra el viento que se nos escapa de entre las manos. 

Se nos acabaron los pretextos para olvidar, para borrar el pasado. 

O al menos eso decimos hoy, a cinco meses que inició esta historia, allá lejos, en una ciudad de la que no sabíamos nada de este lado del Pacífico y que de pronto saltó a los titulares en todos los idiomas. 

Pero las catástrofes y desgracias, como la que nosotros vivimos en el 2017, pareciera que se terminan olvidando, se terminan borrando. Una vez que la rueda comienza a girar, los colores se mezclan y se pierden una vez más. 

Pero es que hoy, hoy, hoy, es el mundo entero. Menos de 10 países se han salvado y, no obstante, también están experimentando las consecuencias. 

Se nos acabaron las excusas para negar lo innegable, para admitir lo inadmisible. 

Marc Augé dijo, hace tiempo, que habíamos llegado al fin de la prehistoria de la humanidad y que era tiempo de la Historia de la humanidad. De la humanidad como un todo, como raza planetaria. Se acabó la historia fragmentada, es hora de la Historia total. 

Tal vez, ese día llegó hoy. Empezó en diciembre del 2019, pero, como las lluvias que se convierten en inundaciones, nos dimos cuenta hasta que el agua nos llegaba ya hasta los tobillos. 

Ese día fue el día en que inició La Historia. 

Se nos acabaron los pretextos para no hacer cambios, para conservar la inmovilidad. 

Tal vez, hoy, hoy, hoy, el día que inició la Historia, no sea el día que inicie la gran Revolución. Tal vez aún falta tiempo. Pero, hoy, hoy, hoy, ha empezado a llover. 

Hoy, se nos acabaron las excusas y los pretextos. 

Ahora sólo falta esperar la inundación. 



Fernando “Viento del Norte” Sanchez. 

11 de abril de 2020. CDMX

miércoles, 8 de abril de 2020

Un día se darán cuenta

Tenía hambre y entonces mi papá mató a todos los siervos del bosque, los cortó en pedazos y los metió en esas bolsas verdes de tela que se comenzaron a comercializar cuando fue prohibido el plástico. Mi papá casi no sonreía, pero lo hacía mientras arrastrábamos esas bolsas pesadas y sanguinolentas de camino al pueblo. En defensa de mi padre debo decir que jamás observó los asuntos del mundo con autentico interés, por eso la pandemia no le preocupaba en absoluto. El sufrió dos pérdidas terribles: la de mi madre y la de mi hermano. Mi madre se le murió en los brazos en un accidente automovilístico, mi hermano tiene un paradero indefinido, desde que mi madre murió él se entregó al vicio y hace un buen tiempo que no sabíamos de él. El salario de mi papá era bastante castigado, a nosotros no nos alcanzaba el dinero para hacer compras de pánico en los supermercados, además, ya nada podía causarnos miedo. Mientras sonreía me advirtió que no debía temerle a la enfermedad que estaba matando a las personas en todo el mundo, debíamos estar atentos a la conducta de las personas mientras hubiese crisis, porque eso era más peligroso. Entrando al pueblo un mujer corrió hacia mí y me gritó “tu padre es un asesino y tú eres un asesino también”. “Mi salario es muy bajo, señora”, le explicó mi padre. “Maté los siervos para alimentar a mi pequeño”. Durante todo el camino las personas nos señalaban y murmuraban que éramos unos asesinos porque en aquel tiempo casi todo el mundo defendía los derechos de los animales, algunos hasta escupían el suelo sobre el que caminábamos, otros sentían pena. Yo llevaba arrastrando una bolsa de siervos mutilados y el asco del mundo caía sobre mí como un fuerte aguacero. 
Llegamos a casa y mi padre apiló los siervos desmembrados sobre una manta, yo me puse triste al ver sus pequeñas orejas ensangrentadas, su pelaje, sus hocicos, sus ojos sin vida. Un hombre no debería de matar a un animal, pero ahí estábamos desollándolos. Mi padre comenzó a salarlos y yo preparé el fuego, echamos dos. Recé por ellos y pedí también por mí mismo y por todos ustedes. Mi padre aún no se sentaba a comer cuando una turba irrumpió en nuestra casa “¡asesinos, asesinos!” gritaban mientras el polvo se levantaba como una especie de lluvia ingrávida y sometían a mi padre. Una de las familias más ricas del pueblo reclamaba a sus siervos, nunca sentí mayor temor después de presenciar el linchamiento de mi padre. 
Él nunca le contó a nadie sobre el accidente automovilístico que mató a mi madre, los vecinos nunca supieron porque no le sonreía ni a los niños que jugaban conmigo en la calle, ellos nunca supieron porque mi papá deambulaba durante las madrugadas sin usar ropa deportiva en las veredas solitarias, ellos no sabían porque caminaba encorvado, ellos nunca se enteraron de porque mi papá solo se fumaba medio cigarro antes de un llanto irreparable, en el barrio le temían sin razón, sin darse cuenta de que sólo estaba triste, hasta que después de su linchamiento se lo conté a una vecinas, la que cuidó de mi un tiempo, desde que el secreto se reveló la gente del pueblo me saluda con muecas ensayadas de aceptación. Me molesta, porque él era un hombre noble, hubiese preferido que lo matara injustamente la pandemia y no la sociedad ansiosa de castigar. Yo tenía la esperanza de que él un día dejara de estar triste y que entonces todos se dieran cuenta.


Jonathan Vázquez Morales
Ciudad de México, abril de 2020


miércoles, 6 de junio de 2018

Editorial





El fracaso


Todos lo hemos padecido, en mayor o menor medida, todos reconocemos que en varios planes de vida las cosas no han salido como esperábamos, que la ruta que habíamos trazado para ser felices y adinerados se truncó y se rompió por el hilo más delgado: nosotros. Vienen entonces las reflexiones positivas: “Si te caes 7 veces levántate 8”, “El fracaso es la oportunidad de reinventarte”, etcétera, lugares comunes de aquellos que ven en los descalabros los escapes a su realidad. En Desencuentros nos consideramos expertos en el fracaso, consideramos tener un vasto currículum de reveses que al menos nos dan para escribir una historia, sin moraleja o sin enseñanza, por la pura catarsis. 
Nuestro propósito para 2018 es llegar a ser el mejor blog de toda la Internet, también lo fue en 2017, justo en la recta final  se nos chingó la rodilla y nos refugiamos en la bebida,  pero hemos vuelto del fondo del abismo, su colaboración, querido lector,  es indispensable para no volver a fracasar.

lunes, 4 de junio de 2018

Tributos particulares

(SEGUNDA PARTE)


-¿Así de mal está la situación?- dijo Patricia cuando se percató de las botellas regadas en el piso del cuarto de Clementino.
Clementino asintió sin prestarle mucha importancia al comentario. Colocó las bolsas del supermercado en el piso, en una parte libre de otras botellas, se quitó el suéter; extrajo una caguama de una de las bolsas, busco el destapador, lo encontró, le dio uso y un vapor frio escapó de la botella. Tomo un vaso, lo lleno, cuidando que no se produjera mucha espuma, y lo ofreció a Patricia. Clementino comenzó a beber directo del envase. “solo tengo un vaso”, dijo a manera de disculpa; Patricia encogió los brazos, como para expresar su conformidad.
En las bocinas del minicomponente comenzó a escucharse Whiskey River. Clementino fue a sentarse en el piso a un lado del sofá-cama recargándose en la pared.
-¿Cómo se encuentra Alex?- Clementino pregunto más por cordialidad que por interés.
-Lo mismo de siempre, ya sabes: a veces no nos toleramos, hay días buenos, los hay malos… a veces quiero reventarle la cabeza con lo que sea que tenga a la mano y hay días en que no quiero despegarme de él, eso pasa, sobre todo, los domingos, cuando amanecemos abrazados y me hace sentir protegida.
-¿Cómo es eso? ¿Cómo puedes amar y odiar a la misma persona según el día de la semana?- pregunto Clementino intrigado.
-No lo sé, supongo que es parte del paquete. No todos los días pueden ser soleados, tiene que haber de todo, sin embargo, al final del día, cuando se nos pasan las ganas de destrozarnos, recuerdas porque estás con esa persona- Patricia sonó convencida de sus palabras, pero algo le hizo pensar a Clementino que no lo estaba tanto.
-No lo sé, parece triste…
-Lo es, pero, a la par, no lo es. Creo que es la parte que no te dicen, que el amor esta lleno de zonas grises, victorias a medias, sabores agridulces, etcétera.
-¿Cuál es la razón que recuerdas al final del día para estar con Alex?
El vaso de Patricia tenía la mitad de cerveza, lo bebió de un trago tras la pregunta de su interlocutor. Inmediatamente, pidió a Clementino que lo rellenara; éste, estaba por levantarse para servirlo cuando Patricia lo interrumpió “quédate sentado, voy para allá”. Se levantó de la silla y fue a sentarse a lado de Clementino, quien le ofreció la cerveza tamaño familiar; ella tomo el envase por encima de la mano de él, como dirigiendo la operación; lentamente comenzó a empinar la botella sobre el borde del vaso de cristal que sostenía en la otra mano hasta que el líquido llego al punto de casi derramarse.
Patricia bebió dos tragos y coloco el vaso sobre sus piernas extendidas; luego, como si estuviera cansada o aburrida, recargo la cabeza sobre el hombro de Clementino y restregó suavemente su rostro sobre su brazo, como un cachorrito que busca cariño. Para Clementino era más sencillo advertir las señales con algo de alcohol en sus manos, así que levanto el brazo y rodeo la espalda de Patricia con él. Ella levanto el rostro y lo miro fijamente, como esperando una invitación; él agacho un poco la cabeza para sincronizar las miradas; entonces ella lo beso, fue un beso largo y profundo, con premura. Un beso honesto.
Patricia soltó el vaso para tomar con ambas manos el rostro de Clementino; la cerveza se le regó por encima del vestido y lo traspaso hasta llegar a las medias. La mujer se exalto debido a la frialdad e interrumpió el beso, levanto el vestido hasta quitárselo y se puso de pie para quitarse las medias de licra, “¿tienes papel?”, pregunto; Clementino la miro, solamente vistiendo las bragas y el sostén, negros ambos, entonces respondió, “no lo necesitas. Ven.”. Patricia se acercó un poco, el hombre se arrodillo frente a ella y comenzó a lamer el líquido de los muslos; al principio, ella se sintió incomoda, pero al poco rato comenzó a disfrutarlo.
La lengua de Clementino pronto rumbo al norte de la anatomía de Patricia y se detuvo en el pubis, cubierto aún por la tela de algodón; rodeo con sus manos el trasero de la mujer y lo apretó y masajeo hasta que se encontró con el borde de la prenda, lo tomo con todos sus dedos y lo bajo hasta la altura de los tobillos. Entonces, Clementino arremetió con la nariz contra la vulva y comenzó a olfatearla, como un sabueso antinarcóticos. Sentía los vellos rasguñándole el rostro, pero lejos de desistir, Clementino abrió la boca y extendió la lengua lo más que pudo. Patricia, que para ese momento soltaba gemidos cortos, separo ligeramente las piernas, a manera de bienvenida.


-Creo que nunca me lo habías hecho así- Patricia sonó algo sorprendida, mientras se reacomodaba sobre el sofá-cama y buscaba una cobija con la cual cubrir los cuerpos desnudos de ambos del aire que se colaba por la puerta abierta.
-¿Qué?- Clementino no sabía a qué se refería.
-Esta noche me has hecho el amor, generalmente contigo es, o sexo divertido o rudo. Hoy ha sido más que eso. No sé si debiera preocuparme o celebrarlo.
-¿De que depende?
-De si estabas conmigo o si pensabas en tu ex mientras lo hacías…
-Sabes que te quiero, pero no de esa forma. Lo siento.
-Entonces me preocupare- dijo ella con evidente decepción.
-¡No lo hagas!
-¿Por qué no debería hacerlo?
-Porque eres la única mujer en la que confió y quizás eso es más valioso.
-¿Qué tienes tú con todo ese tema de la confianza?
-Así me educaron.
-No entiendo…
-Mi anciano papi no me dejaba tener amigos cuando era niño, decía que no debía confiar en nadie.
-Eso es perturbador.
-Lo es, también decía que, en el dado caso de que tuviera un amigo, no debía dejarlo entrar a mi casa.
-Bueno, quizás lo dijera por que algún culero le hizo alguna mala jugada…
-Ese es el punto, últimamente, creo que el culero era él.
Patricia soltó una risotada.
-Ahora entiendo porque estás tan jodido- dijo ella- pero esa no es manera de hablar de los difuntos.
-Sabes que lo quiero, a pesar de todo; pero la muerte, no borra los actos cometidos en vida.
-¡Eso que ni qué!- dijo Patricia confusa- ¿Podemos brindar por tu anciano papi?- agrego tímidamente.
Clementino se levantó del sofá-cama, levanto el vaso de cristal del suelo, lo lleno de cerveza, se lo extendió a Patricia. Entonces, Clementino choco el envase con el vaso que sostenía ella y dieron un trago largo.
-¿Te digo algo sin que te molestes?
Clementino asintió, con el ánimo de quien sabe que lo que le digan lo va a encabronar.
-Creo que, si juegas bien tus cartas, puedes seguir acostándote con tu ex- dijo ella, como alguien que acaba de descubrir el hilo negro.
Clementino, como lo intuyó, se encabrono, pero no dijo nada, solo hizo una mueca de hartazgo.
Patricia, al ver su reacción, reanudo la conversación.
-¿Por qué no lo intentamos nosotros?
-¿A que te refieres?- pregunto Clementino fingiendo no saber a lo que se refería.
-Tu y yo, algo serio.
-Solo si estas dispuesta a que deje de confiar en ti…
-¿Por qué habría de ser así?
-Bueno, en primera, no quisiera que me reventaras la cabeza con nada…-Patricia interrumpió a Clementino con una risotada, luego él continuo- hablando en serio, jamás podría volver a confiar en ti porque siempre estaría esperando el putazo; o sea, esperando a que llegase alguien más a ofrecerte algo que no puedo darte. ¿Sabes a que me refiero, no?
-Lo entiendo. ¿Puedo preguntar algo mas?
-Pregunta.
-¿Qué tiene ella… qué tiene ella que no tenga yo? ¿Qué es lo que hace que estés así, tan desolado?
-No lo sé, para ser honesto. Si debo hacer una hipótesis, diré que es como el tesoro escondido, es decir, si tú la vez caminando por la calle, quizás no te llame tanto la atención, pero si la miras con detención es hermosa, aunque no sé hasta qué punto su belleza coincida con los cánones socialmente aceptados actualmente. No espera que uno pague las entradas al cine y las palomitas, ni quiere ser la damisela en peligro, es autónoma, pero no puedo decirte el resto, porque eso me lo reservo para mis adentros.
-Entiendo…- dijo, aunque Patricia, realmente, no entendía- ahora, bésame de nuevo, como hace rato.
Clementino lo hizo y la faena volvió a comenzar.

>(continuará)


Elvis Castillo
Cuauhtémoc, Ciudad de México 2018


miércoles, 30 de mayo de 2018

Gatos mamones, perros violentos

Pedro se declaraba neutral en la guerra entre perros y gatos, lo dejaba claro desde el principio. No quería entrar en controversia con los vecinos por tonterías, menos a unos días de haber llegado, le importaba ser discreto dar una buena primera impresión, llevarse moderadamente bien sin llegar a ser el mejor amigo de todos, y sobre todo no dar pie a que se corrieran rumores de él. Sin embargo el tema estaba de moda y tenía que tomar una postura. 

En todas las ciudades del mundo civilizado la preferencia por los gatos crecía mientras que la imagen de los perros vivía su peor momento en la historia: el bozal y la correa eran obligatorios, los países nórdicos - que son los más avanzados del mundo- habían implementado con éxito un impuesto canino que otros países, principalmente los subdesarrollados, tenían urgencia por copiar.

-Los perros son violentos y cochinos -decían los del frente pro felinos- son un peligro para los gatos, los niños pequeños, y un foco de infección, igual que sus dueños.

-Todo esto es muy injusto - alegaban los amantes de los perros- los animales no tienen la culpa de su instinto, los accidentes pasan, nosotros no tenemos nada contra los gatos ni contra cualquier otro animal pero, sus dueños son insoportables.

-Sí, es un asunto delicado. Yo por eso no tengo mascotas - respondía Pedro para finalizar la cantaleta de ambos bandos.

Los vecinos se excusaban diciendo "no te creas, yo tampoco me lo tomo tan en serio" o "solo tengo dos gatos", pero coincidían en que el vecino del 8 era por mucho el más radical, un ermitaño al que afortunadamente veían poco, había que andarse con cuidado al hablar con él del asunto, pues se negaba incluso a castrar a sus gatos. Se le calculaban cinco bastante cabrones, sin freno, que actuaban en pandilla, todo el edificio era su territorio. Se colaban a los departamentos para robar comida, sacaban la basura de los botes, bajaban la ropa de los tendederos, se orinaban en los pasillos, sometían a los otros gatos y molestaban a los perros encadenados. No tardaron mucho en colarse al departamento de Pedro.

Fue de madrugada, Pedro escuchó ruidos en la cocina y salió sigiloso del cuarto. La luz del refrigerador abierto iluminaba a la pandilla que devoraba en el suelo el queso y el jamón. ¿Cómo le hicieron para abrir el refrigerador y luego la jamonera? Pedro no pudo más que sentir respeto y admiración por la inteligencia de esas criaturas y los dejó terminar de comer antes de que encendiera la luz. Los espantó con una escoba fingiendo enojo y los gatos huyeron por la ventana abierta. Él recordaba haberla dejado cerrada.

La admiración por la pandillita de gatos se volvió coraje la tercera vez que entraron, Pedro no los vio porque fue por la tarde, cuando estaba "trabajando", pero al llegar la casa era un desmadre, los gatos se comieron hasta las verduras y se cagaron en la alfombra de la sala. Tenía que ponerles un alto.

- A mi no me venga con chismes, conozco bien a mis gatos, son traviesos pero muy limpios solo cagan en el arenero. Seguro fueron otros, ahora ya todo mundo tiene gatos sin tomarse la molestia de educarlos- dijo el vecino del 8, asomando solo la mitad del cuerpo por la puerta entreabierta, como queriendo impedir que Pedro viera el interior . 

- Conozco a sus gatos, no es la primera vez que se meten a mi departamento.

- Le repito, ¿cómo sabe que son los míos?, me molesta mucho que la gente venga a levantarle falsos a mis gatos solo porque son un poco juguetones.

- Mire, yo no tengo nada contra los gatos, contra ningún animal solo le estoy pidiendo que..

- ¡Ahh! ya salió el peine- interrumpió el vecino del 8.

-¿A qué se refiere?

- Es usted uno de esos estúpidos amantes de los perros.

- ¿Qué?, yo ni siquiera tengo mascotas.


- Pues eso es lo que dicen esos idiotas "yo no tengo problema con ningún animal" y terminan azuzando a sus bestias para torturar inocentes gatitos. ¡Un estúpido y un sádico! eso es lo que es.

Sin mediar más palabras Pedro sujetó al vecino por el cuello de la playera mugrosa. Del interior de su pantalón sacó una pistola y se la puso en la cara.

-Se lo advierto, pedazo de pendejo, no sabe lo que soy capaz de hacerle si sus pinches gatos vuelven a entrar a mi casa.

Le dió un culatazo en la nariz y lo empujó. El sangrante vecino cayó de nalgas dentro del departamento, la puerta se abrió y Pedro pudo ver muchos gatos, eran muchos más de cinco escondiéndose debajo de los sillones y los cuartos.

Santo remedio, ningún gato se volvió a meter en el departamento de Pedro, el edificio entero se preguntaba qué habría pasado ¿Qué les habría hecho el nuevo vecino a los gatitos del 8 para que ya no les permitieran salir y el vecino decidiera castrarlos? Se corrieron rumores de que tal vez Pedro era zoofílico. ¿A qué se dedicará? Sabrá dios, decían, pero definitivamente dejaron de dirigirle la palabra, pues no se puede confiar en un hombre soltero que no sea capaz ni de tener una mascota.

Romeo Valentín Arellanes
Chimalhuacán, Estado de México
Mayo2018




lunes, 28 de mayo de 2018

La bruja en patineta

No sé con certeza quien fue el que miró a quien esa primera vez, pero la tarde en que nos encontramos en la ciudad, quedé completamente flechado o como decía mi maestro de ética: ensimismado.

Y es que no era para menos, era una princesa hipster. Su hermoso cabello rojizo en tono caoba, su vestimenta muy ad hoc a su edad, con colores llamativos y que dejaba lucir su esbelta figura moldeada como de cera. Calzaba unas botas color marrón. Sobre el piso una singular patineta muy bien diseñada con tonalidades fluorescentes.

Fue inmediata la atracción, sentí un golpe, de esos como cuando llega una repentina ola por la espalda y te azota y te sacude como un trapo.

A pesar de mi fuerza de voluntad, que no puedo decir que era la gran cosa, sucumbí ante la mirada de aquellos hermosos ojos verde esmeralda.

La seguí por algunas calles, no pude alcanzarla a mi paso, ella iba montada en su veloz patineta, tuve que correr y en el primer semáforo en rojo, le pregunté:

—¿Por qué vas tan aprisa?

Volteó y sonrió, ni así bajó la velocidad. Ante mi ánimo de conocerla, seguí corriendo como loco. La gente me miraba con asombro. No me importaba, bien sabía lo que quería, y mi objetivo era ella.

Corrí a más no poder. A pesar de la incomodidad de mi traje Slim fit y mis zapatos de vestir, pude alcanzarla nuevamente.

—Dime cómo te llamas.

—Alcánzame y lo sabrás.

Aceleró y seguí tras de ella, mejor dicho tras su patineta, la cual no necesitaba impulso alguno. Parecía turbina.

Por fin se detuvo. Me encontraba hecho una sopa, mi barba que con tanto cuidado arreglaba cada mañana, se encontraba llena de sudor, mi moño de color azul pastel parecía estopa de mecánico, mis zapatos eran un asco, mi traje parecía chicharrón, mis lentes de pasta habían sobrevivido, sin embargo, lo conseguí, me miró a los ojos con una hermosa sonrisa, me dejó ver la blancura de sus dientes, parecidos a la espuma del mar.

—Soy Eugenia.

—¡Hola!; yo soy Morgan. Contesté.

—ya lo sabía. Tu apellido es… Alanís.

Quedé asombrado, ante tal adivinación, pero no le di mucha importancia.

Después de ese día ya nada pude hacer, ese fue el principio del fin.

A pesar de mis ocupaciones; me las arreglé para verla, casi a diario.

Al mes de conocernos, nos hicimos novios. Era el colmo de nuestra relación, a ella no le gustaba viajar en auto, siempre utilizaba la patineta. Terminé comprando una bicicleta italiana de fibra de carbón con la finalidad de viajar a la par, al final de cuentas terminé junto con ella sobre la patineta. Íbamos al cine, al teatro, a comer, a cenar, siempre montados en la veloz tabla de cuatro ruedas. Era un hecho que a todo lugar que llegábamos la gente nos miraba con extrañeza, como si fuéramos delincuentes. Llegaría a la conclusión de que a veces se hacen tonterías cuando se está enamorado.

Cierta noche después de asistir a una obra teatral, había caído un aguacero, le pedí abordáramos un taxi, el tráfico era terrible, se negó, me pidió subiéramos a la patineta, me pidió la sujetara por la cintura con fuerza, enseguida se impulsó, era increíble la velocidad que desarrollaba esa pequeña tabla, automáticamente encendió unas pequeñas luces de led con tonalidades rojas, azules y verdes. Maniobraba con maestría, cruzaba avenidas, rebasaba autos, motocicletas, en fin parecía un sueño. Mi rostro, en ese momento sentía cada brisa nocturna, cada elemento, cada partícula de aire fresco. Cerré mis ojos, una sensación maravillosa se apoderó de todo mí ser, no sé

cuánto tiempo transcurrió, pero al abrir los ojos, nos encontrábamos en la calle donde se situaba su casa.

Me invitó a pasar. Accedí. El interior de la casa estaba lleno de muebles antiguos, además de cuadros muy hermosos. Eugenia entró a su recamara y me pidió que la esperara. Inmediatamente de una recamara contigua, salió una simpática dama muy elegante, a pesar de su madurez, se veía muy guapa, tenía, ojos color verde esmeralda, iguales a los de Eugenia.

—Hola, ¿y tú quién eres? Preguntó la mujer

—Soy Morgan, novio de Eugenia

— ¡A que chamaca!, ya no me platica nada, no sé nada de ella, era tan diferente de niña, todo me contaba. Ahora todo me oculta.

Me quedé sorprendido, no sabía que decir, pero me atreví:

— ¿Es usted mamá de Eugenia?

—No, soy Margarite, abuela de Eugenia; su madre falleció hace algunos años, desde entonces la he cuidado, ha sido como mi hija, aunque ella no me trata como su madre.

—Qué pena, no lo sabía, es que Eugenia no me platica muchas cosas. Agregué:

—No seas impaciente, ya sabrás todo de ella, no comas ansias, a veces las cosas llegan cuando menos las esperas.

Tragué saliva y aclaré tratando de ser cordial:

—Señora, se ve usted muy joven

—Eso me lo han dicho muchas veces, pero ¿sabes algo? La gente dice cosas para sentirse bien o para tratar de hacer sentir bien a los demás, pero me doy cuenta que tú eres sincero, me caes bien Morgan, que bueno que estarás con Eugenia para toda la vida—

Tragué saliva, se me hizo un gran nudo en la garganta, se me fue el habla y mi vista se nubló.

Ella me aclaró:

—No te espantes, no es para tanto, no tienes porqué ponerte así. Pelaste tremendos ojos que parecías búho. Bueno Morgan me ha dado mucho gusto conocerte y mejor me voy porque si sale Eugenia y me ve aquí, se arma en grande, cuídate y cuídala, la van a pasar bien, ya veras, por cierto preparé una bebida deliciosa, receta de familia, a base de cacao, albahaca, rosa de castilla, hueso de mamey y piloncillo, te serviré un vaso—

Le di un sorbo, luego otro, hasta terminarla, jamás me imaginé que hubiese una bebida tan exquisita. Después, sin decir adiós desapareció súbitamente, escuché el sonido de la puerta de la recámara al cerrarse.

No pasó ni un segundo cuando Eugenia salió muy sonriente.

—Hola, ya llegué, escuché que platicabas con mi abuela, seguramente ya se quejó de mí. ¿Vedad?

—No, para nada, por cierto es muy agradable y muy guapa

—Ah, ¿te gustó?

Contesté:

—No dije eso, solo dije que es muy guapa, sabes que tú eres lo más importante para mí y no tienes que pensar mal

Me miró con malicia, pero a pesar de todo sonrió y me dio un beso.

Esa noche, me sentí muy cansado, soñé con Margarite, me llevaba a un lugar mágico, lleno de luces de incandescentes con colores pastel, me habló de la inmortalidad y de la trascendencia energética y dimensional del hombre.

Me dijo que había encontrado la vida eterna y que si yo la deseaba también la obtendría.

Sus ojos brillaron y lanzó unas carcajadas que me hicieron despertar. Me encontraba empapado de sudor.

Mi vida con Eugenia continuó maravillosamente, eran fiestas, antros, cocteles, cenas, reuniones, en fin, una actividad nocturna incesante; comencé a excederme con el alcohol y la comida; mi vientre comenzaba a abultarse en exceso, dejé de tomar agua y me dediqué a beber energizantes y refrescos endulzados, a comer frituras y pastelillos ricos en carbohidratos.

La parte más notoria en mi persona fue la de la falta de higiene, mi barba descuidada se hizo común, mis trajes llenos de residuos de comida o bebida, mi talla Slim Fit se transformó en XL, mis zapatos desaseados y mi rostro de desvelo y cansancio; llegaba tarde a diario y comencé a tener problemas con el ingeniero Gilberto, mi jefe.

Mi empleo era bueno en ese call center, daba el soporte técnico al sistema digital de llamadas telefónicas, así que era necesaria mi presencia desde temprana hora, pero a causa de mis aventuras nocturnas con Eugenia comencé a fallar.

Y vaya que si fallé, perdí mi empleo.

Eugenia seguía encantada, nunca la vi cansada, ni con sueño, ni fastidiada, en cambio yo traía en mi rostro unas oscuras e inmensas ojeras, parecía oso panda.

Se me acababa el dinero y mis ánimos ya no eran los mismos. Perdí a mis amigos. Comencé a tener problemas con mi manera de beber.

Un domingo por la mañana desperté sobre una banqueta, me encontraba totalmente enlodado, alcoholizado y empapado de tequila, no me reconocía. Lo más triste de todo es que Eugenia no sé encontraba conmigo.

Llegué a casa, otro conflicto más con mis padres. Esa tarde me dormí y no desperté sino hasta el lunes.

No sabía nada de Eugenia y me fui a buscarla a su casa. Me abrió Margarite, me dijo que Eugenia no había regresado desde el sábado.

Me preocupé, Margarite me ofreció la “bebida deliciosa”, la ingerí de un sorbo, luego otro y otro, hasta perderme.

Me quedé dormido en el sillón, sentí muy cerca de Eugenia, me beso, miré sus ojos color verde esmeralda, percibí su inconfundible aroma. Luego sentí como si voláramos en su patineta, veía claramente la inmensidad de las luces multicolores, sentí el aire frío que chocaba en mi rostro. Nunca me había sucedido algo semejante.

Me desentendí de mi exterior, a diario, en casa de Eugenia, ingería de la “bebida deliciosa”, ya no podía estar sin degustar de esos fantásticos sabores.

No podía distinguir entre mi realidad y mi fantasía, algunas veces caminaba sin saber a dónde dirigirme, mi madre me recluyó en un centro de rehabilitación juvenil, pensando quizás que consumía drogas, pues mi condición de inconciencia denotaba la falta de razón.

En el centro de rehabilitación me tuvieron amarrado por días, una madrugada llegó Eugenia, mi princesa hípster, me liberó, me devolvió la vida, me llevó a toda velocidad en su patineta luminosa, cruzamos el cielo nocturno y yo la abrazaba con todas mis fuerzas, estaba seguro que nada nos separaría jamás.

Perdí la conciencia, si es que algún día la tuve, perdí, creo yo, mi dignidad y mi orgullo.

Era muy temprano, cuando desperté me encontraba completamente sucio, no haré descripciones asquerosas, pero pueden deducirlo al decirles que había moscas a mi alrededor; me encontraba encima de algunos trapos llenos de tierra en aquel terreno baldío. A mi lado había una patineta, la tomé, di por hecho que se trataba de la de Eugenia y que me conduciría de nuevo a las interminables parrandas. Me equivoqué. Salieron de un callejón media docena de adolescentes desalineados. Me han puesto una santa golpiza. Cuando abrí los ojos, me encontraba en la Cruz Roja, después me enteraría, por dicho de un socorrista, que había estado al borde de la muerte, nadie se explica, cómo regresó mi pulso. Tenía puesta una descolorida bata de algodón y a mi alrededor dos hileras de cuatro camas cada una. Me entró una angustiante sed, me levanté medio mareado y comencé a beber de un líquido transparente de una jarra de cristal que se encontraba sobre una mesita.

Al probar es líquido, me supo a la “bebida deliciosa”, esa que tanto extrañaba, esa que elaborara Margarite. Me regresó la calma. Se apareció ella, y me gritó:

—Qué haces levantado, acuéstate, no puedes andar levantado—

La miré y le dije:

—Eugenia, mi amor, que bueno que viniste por mí, te he extrañado tanto, ven me has hecho tanta falta, creí que nunca más volvería a verte, ahora si nadie nos va a separar, ni Margarite, ni mi familia—

Me abalancé sobre ella, la sujeté con todas mis fuerzas, sentí como se agitaba su corazón, pero comenzó a gritar, llegaron dos doctores y otros enfermeros, me sujetaron, escuché que decían:

—Se ha vuelto loco, jálenle los brazos o va a matar a la enfermera—

Sentí algunos piquetes en mi antebrazo, me tranquilicé, se me cerraron los ojos.

Después de ese trágico incidente mi vida volvió a la calma, no sé con exactitud, cuanto tiempo pasó pero me pasaba la mayor parte del tiempo dentro de la casa, era tan amplia, y con tantas recamaras, que descansaba a pierna suelta, luego no sabía si era de noche o de día.

Dormía cuando entró Margarite agitada y gritando:

—Morgan, Morgan, asómate a la ventana, ahí va Eugenia, rápido—

Abrí la ventana, respiré el fresco aire, en la inmensidad de la noche, volaba una hermosa patineta multicolores, encima de ella, efectivamente, iba Eugenia, con un tipo que no era yo. Solté una lágrima.

Margarite, me miró con sus hermosos ojos y me dijo —anda, toma la “bebida deliciosa”—

No te aflijas, las cosas suceden por alguna extraña razón, sonrió y se dirigió a su recamara.


Javier Arroyo Arellanes
Ciudad de México 2018

viernes, 9 de marzo de 2018

Tributos Particulares

(PRIMERA PARTE)


El despertador sonó puntual a las cinco de la madrugada, el foco de la habitación estaba apagado, sin embargo, se iluminaba a medias por la luz del baño que se filtraba por el marco en el que debería haber una puerta. Clementino se encontraba resacoso; los últimos vestigios de licor regado en el piso a medio secar, disputaban el primer lugar por el aroma más fuerte en el ambiente al cenicero repleto de colillas. Era un día como cualquier otro, aunque no se sintiera como tal lo era, después de todo, puedo jurar que cada día, en alguna parte del mundo, a alguien le rompen el corazón, no nos enteramos de esos casos por la lejanía y el anonimato. Ocurre lo mismo con todas las tragedias, las idealizamos como algo muy remoto hasta que un día despiertas y te enteras de que lo que creías que no te podría ocurrir a ti, te está ocurriendo.

En ese clima despertó Clementino, aturdido aun por el contenido de la botella para que le alcanzó, con los labios resecos y una jaqueca que amenazaba con no desaparecer el resto del día; pero tenía un plan infalible: seguir bebiendo y postergar la resaca indefinidamente, hasta que se le pasara la sed o hasta que lo que sentía dejara de hacerlo miserable, lo que pasara primero. Sin embargo, la senda del alcohólico requiere recursos económicos para sostenerse, es lo que separa a un borracho funcional de los teporochos que mendigan la morralla sobrante de los godínez, eso y que los primeros no se conforman con Tonayan. Así que, a pesar de la escasez en intenciones de laborar, se vio obligado a levantarse de su sofá-cama, tambalearse mientras se vestía los pantalones, ir a lavarse la cara, a pesar del frío, y los dientes. Tomó la mochila, bajó las escaleras y tardó unos instantes en decidir si estaba demasiado ebrio para conducir la bici o si mejor tomaba taxi. Optó por taxi.

La mañana pasó lenta y fue de esas difíciles en las que el universo o el azar, decide que te tocará lidiar con la colección más extraña de personajes al tenerlos como clientes. Son personas imposibles, que creen que por comprar un atole o una torta de tamal tienen el derecho del mundo a tratarte con aire de superioridad. Clementino pensó alguna vez llamarlos “godínez glorificados” pero rechazó su propia propuesta debido que ese concepto encajaría mejor en las zonas de Santa Fe o La Condesa, no en El Centro. Al final, su hermana sugirió un título más apropiado: “son una bola de pendejos que creen que están en su casa y que puede mandar”. Pero esa mañana, le tocó el premio mayor, Clementino se sacó la rifa sin comprar boleto, pues le tocó también lidiar con quienes en la familia llaman “los fugitivos del Fray Bernardino”, los vagabundos y mendigos más desesperantes del área; dichos personajes merecen su propio relato, así que no ahondaré en el tema. A las 10:30 se vaciaron los botes de atole y las teleras se esfumaron.

Más tarde, antes de regresar a su cuarto de azotea, Clementino compró una botella de Coldstream en una vinatería, una ginebra corriente que es un sustituto casi aceptable del Tanqueray cuando la crisis apremia. Bebió más de la mitad, con muchos hielos y agua mineral, antes de reunirse con Manuel en el centro.

Antes de salir, Clementino se acicaló a medias: abrió el grifo del agua del lavabo y enjuago su rostro; corrigió, a su parecer, las imperfecciones de su peinado, cepillo sus dientes, se puso un abrigo, bebió de un trago la última ronda de ginebra para que le dio tiempo y se arrojó a la aventura.

Se encontró con Manuel en una taquería. Los tacos eran decentes y el local se encontraba cerca de la zona de bares. Mientras cenaban y Clementino le contaba un resumen de lo ocurrido, un bolero con aspecto de vagabundo se acercó para ofrecer sus servicios. Primero les ofreció la caja de toques, mientras golpeaba entre si ambos extremos metálicos de los cables; ambos dijeron que no; el hombre, sin perder el optimismo, ofreció darle grasa a sus zapatos; Manuel consideró que era momento de darle servicio a sus botas y aceptó. El vagabundo-bolero o bolero-vagabundo inició labores, extendió un banquito de plástico que quien sabe donde guardaba; subió, primero, un pie de Manuel en su cajón y con una esponja lo llenó de jabón.

-¿Sí sabes que te la pudiste seguir cogiendo, verdad?- fue la primera opinión que Manuel expresó, mientras el bolero continuaba con su actividad.

-Probablemente… pero habría resultado contraproducente. ¿No crees?

-No entiendo cómo.

-Me refiero a que si hubiera seguido teniendo sexo con ella, a la larga, solo me estaría haciendo daño a mí mismo; es decir, después de tres meses, creo que ya estoy lo suficientemente comprometido emocionalmente como para disociar el sexo del cariño.

-Creo que la cagas y te enamoras demasiado rápido…

-¿Qué te digo? No puedo evitar que mi glande se conecte directamente con el corazón.

-Tus pendejadas…

-Tiene razón tu valedor, carnal- interrumpió el bolero sin dejar de desempeñar su labor- te la tienes que seguir dando. No te voy a mentir, al rato voy a ir por una morra que chambea en el talón aquí cerca, y, al chile, no me pide nada. Sabe que tengo ruca y una morrita de dos años, pero cada que paso por su esquina quiere que me vaya con ella al hotel, pero, pues, no siempre se puede porque tengo que chingarle para llevar la leche a la casa. Pero, eso si, luego le doy, aunque sea, unos cincuenta varitos para que tenga para comprarse algo para cenar, aunque luego me meta en pedos con mi señora porque no me salen las cuentas.

-Oye… pero cuando van al hotel, ¿te cobra?- preguntó Clementino divertido, intuyendo, de antemano, la respuesta.

-No te voy a mentir, carnal, me caes chingón. Al chile, sí; aunque luego no me lo quiere recibir. Es muy orgullosa en ese aspecto.

-¿Pero a final de cuentas te lo recibe?- cuestiono Clementino, como un verdugo que deja cavar la propia tumba a un condenado a muerte.

-Con mucho trabajo. Luego siento que le apena- respondió el bolero con un halo de ingenuidad estacionado en su mirada.

-No me lo tomes a mal, pero creo que para ella solo eres un cliente más- sentenció Clementino condescendiente.

-¡Carnal, estas chavo! ¡Todos somos el cliente de alguna morra, y quien te diga lo contrario está pendejo!- respondió el bolero haciendo una pausa en su labor con la bota de Manuel como para dar énfasis a su punto de vista.

Clementino considero que esa era una manera interesante de ver las cosas, así que pidió al hombre con facha de vagabundo que se lo explicara. Entonces, dicho personaje comenzó a explicar su punto de vista con la mayor claridad posible de la que era capaz. Mientras lo hacía, sus ojos se abrieron mas, como si un momento de lucidez se apropiara de su ser y pareció como si eso lo extasiara.

-Carnal, los hombres estamos condenados a pagarles tributo a las mujeres por lo que sea que nos brinden; llámese sexo, amor, desprecio, ternura, el odio más profundo, la tristeza más inconsolable, comprensión. Ya tu sabrás que es lo que te está dando tu morra. Y nosotros les retribuimos con lo que podemos; muchas veces lo que les damos es proporcional al afecto que les tenemos. Yo, por ejemplo, a mi puta le doy sus cincuenta varitos, por que es lo que vale para mí; pero a mi esposa le doy el resto y mucho más, le di una hija que es lo que quería y un padre para la niña. También le doy mi amor, aunque luego le tenga que poner sus putazos para que no se me salga del corral, pero la amo; y aunque discutamos y su familia no me quiera, ni la mía a ella, es el amor de mi vida.

Ahora, tu caso es mucho más grave, tú le sigues pagando a tu ex y ni siquiera estás consciente de eso. Le estás pagando con tu sobriedad y, más aún, le estas dando tu tranquilidad mental, porque, mientras tu estas aquí, intentando descubrir que hiciste mal, ella a lo mejor esta con alguien mas pasándola chingón o sentada en su casa viendo una película. Por eso estoy de acuerdo con tu valedor, ya que sigues pagando el precio por algo, lo menos que podrías hacer es disfrutarlo- en cuanto dejó de hablar, el bolero volvió a su estado normal, su rostro se apagó. La lucidez lo había abandonado y reanudó su tarea.

Quizás fuera el Cold Stream que Clementino se bebió horas antes, pero encontró totalmente lógico aquel monologo. Si hubieran estado en un bar, Clementino le habría invitado un trago, pero en una taquería, se ofreció a invitarle una orden de suadero, sin embargo, el bolero declinó la oferta debido a que tenía como quince años sin comer carne. Clementino volvió a quedar perplejo, por segunda vez en la noche. Antes de retirarse, el Bolero les ofreció de nuevo la caja de toques; ambos amigos declinaron la oferta y el tipo se marchó con un dejo de desilusión en el rostro.

La siguiente parada fue un bar de mala muerte en la calle de Regina; sin embargo, hubo una escala obligada en una vinatería en donde compraron una botella de ron que bebieron, por turnos y sin diluir camino al bar. Cuando llevaban poco más de la mitad, y tenían ganas de orinar, se detuvieron en un parque para hacer lo debido. Era el centro histórico, así que, luego de que la orina se escurrió por la pared, llegó al piso empedrado y se distribuyó entre los surcos de la superficie, dibujando cuadrados y rectángulos de piedra. Luego, ambos se sentaron en una banca de metal. Los turnos de beberle a la botella de ron se reanudaron.
-Te caló lo que dijo el bolero, ¿cierto?- dijo Manuel, mientras miraba hacia el cielo y con el brazo le ofrecía la botella a Clementino.

-¿A que te refieres?- Clementino dio un trago largo y la regresó a su amigo.

-¡Que a lo mejor tu morra estaba cogiendo con otro!- Manuel acepto la botella, empino el codo y dio un sorbo corto.

-No, eso no. Me caló la posibilidad de que tuviera razón en todo lo demás.

Manuel volvió a beber, esta vez el trago duro siete segundos y devolvió el licor a Clementino.

-Güey, es solo su manera de ver las cosas. Cada quien tiene derecho a una perspectiva de las cosas.

-Pero su perspectiva me pareció inapelable…

Clementino se percató de que en la botella quedaba material para un solo trago y decidió conservarlo, como si de ese trago dependiera la continuidad de la conversación.

-Está chida, la neta, pero creo que es equivocada; yo creo que lo que uno debe hacer es ir con una morra y cantársela derecho, ya sabrá ella si le entra o no.

-En eso te equivocas, uno nunca elije a la mujer, sino todo lo contrario. Me lo enseño mi anciano papi.

-Quizás él sea el responsable de tus fracasos amorosos.

-Lo he considerado, sin embargo, también me parece inapelable la forma en la que racionalizo el tema: para él, básicamente, una primera cita es como ir a una entrevista de trabajo. Es decir, uno se presenta con la mejor versión de sí mismo, aunque sea fingida, realza sus virtudes y minimiza sus deficiencias; esquiva las preguntas capciosas y, ante todo, demuestra optimismo.

-Eso suena, incluso, deprimente.

-Lo sé, pero creo que es verdad; uno debe mostrar lo mejor que tiene y esperar lo mejor. Así que, la próxima vez que tú, mi amigo, tomes la mano de una muchacha y camines a su lado, le acaricies el cuerpo y le hagas el amor, debes estar consciente de que, para entonces, ella ya te estudió escrupulosamente, te catalogó y decidió hasta donde llegará contigo, ya decidió si eres material para una relación formal o si eres como la comida chatarra, que no nutre pero que quita el antojo. Sin embargo, y esto es algo tan maravilloso de ellas, son tan misericordiosas que no dejan que sepas todo esto para que te sientas bien contigo mismo, para que te sientas parte del proceso, para que vivas con la idea de que la sedujiste o qué sé yo.

-Creo que les das demasiado poder, pero bueno, tu sabes lo que haces- dijo Manuel mientras se levantaba de la banca y estiraba los pies- ¿Podemos ir al bar?

Clementino asintió, bebió el resto del ron, se levantó, estiro las piernas también y reanudaron la marcha.

El resto de la noche siguió su curso natural. Al siguiente día, ambos amanecieron en el piso del cuarto de azotea de Clementino sin recordar muy bien cómo llegaron y con una resaca del tipo de la que todos los borrachos viven con la esperanza de no tener que sufrir por que saben que un par de esas podrían convencerlos de no volver a beber.


Elvis Castillo
Cuauhtémoc, Ciudad de México 2018