sábado, 2 de junio de 2012

Primer Aniversario


Manifiesto Desencuentros 

“Siempre que un grupo de jóvenes escritores se juntan, quieren modificar al mundo, quieren llegar al cielo, quieren defender el infierno, y lo único que se les ocurre es fundar una revista”. 
-Octavio Paz


Así es, todos los movimientos literarios empiezan con una revista y nunca en la historia como ahora había sido tan fácil y barato fundar una. Hoy  prácticamente cualquiera con iniciativa puede hacerlo utilizando el Internet. No importa que uno sea mal escritor, que tenga vocación o no, simplemente hace falta la intención de escribir y la iniciativa difundir lo escrito. Lo malo es que individualmente corremos el riesgo de pedernos entre la saturación de información y para revertir eso, no hay como organizarse. Eso pretendemos en Desencuentros. Tratamos de conocer gente que se atreva a escribir y ser publicado junto con nosotros, sin otra condición que asumir un eje temático al mes.
Como no juzgamos la calidad de lo escrito, nos han acusado de vulgarizar la literatura y ante ello lo que respondemos es un rotundo: SÍ ¿y cual es el pedo? Tratamos simplemente de aprovechar las herramientas que nuestra era nos da para expresarnos, si las grandes editoriales y la Academia decide que  lo que escribimos es bueno:  ¡qué bueno!. Si deciden que es malo e intrascendente: también ¡qué bueno! Nos conformarnos con expresarnos en un blog y que nos lean nuestros amigos y parientes. Mandamos al diablo a las instituciones, a las editoriales y a la academia no por razones ideológicas, sino porque simplemente tenemos la posibilidad de hacerlo. Todos los que estén de acuerdo con esa idea sean bienvenidos. Por cierto en junio celebramos nuestro 
1 Aniversario.

viernes, 4 de mayo de 2012

Editorial Mayo




 EL TRABAJO



Han pasado algunos siglos desde que Dios inventó la plusvalía, la acumulación de capital y expulsó a nuestra especie del paraíso. Desde entonces, la mayoría de nosotros está condenada a trabajar para ganar el pan con sudor de la frente (o el sudor del trasero en el caso de los oficinistas y sexoservidoras) y tratar de sobrevivir mientras otros cómodamente se hinchan en billetes. La ambición de los dueños del capital ha logrado posicionar la idea de que las únicas actividades productivas son las que dejan dinero. En Desencuentros no creemos eso, de hecho este blog sirve enteramente para desmentir esa idea y canalizar un ocio productivo sin fines de lucro. No estamos en contra de trabajar, ni de acumular monedas para vivir, ni de darnos unos cuantos gustos que sólo el dinero puede comprar. Creemos firmemente que el trabajo ennoblece el espíritu y que si bien no podemos cambiar la injusticia del actual sistema económico, al menos podemos rescatar nuestra dignidad frente a la insultante cosificación del ser humano, siempre que nos demos tiempo para hacer lo que nos gusta y lo que nos llena de satisfacción. Llámenos radicales, locos o arrogantes pero creemos que nuestra misión en la vida va más allá de trabajar 8 horas (o más) al día, los 5 días a la semana, aunque “ganemos bien”, aunque el trabajo pueda llegar a satisfacernos e incluso sea materia prima indispensable para nuestros cuentos. Por eso precisamente, este mes que inició con el Día del Internacional Trabajo, y que la situación laboral está de la chingada en todo el mundo, proponemos escribir historias sobre las distintas formas de ganarse la vida. Queremos saber su muy particular punto de vista sobre El Trabajo. Es hora de que ustedes hagan algo trascendente, satisfactorio (aunque no remunerado) y envíen su colaboración para Desencuentros, verán que se siente muy bonito ver sus escritos publicados y  ser leídos aunque sea por sus parientes y amigos.


Por cierto, invitamos a todos los que quieran dar a conocer cuentos, poemas, ensayos breves y otros escritos eróticos de su autoría, a que asistan el 17 de mayo, a las cinco de la tarde, al evento "Ecos de mi voz" en el Ágora de la Facultad de Filosofía y Letras de C.U. La actividad forma parte del ciclo de literatura erótica "La voz que toca" organizada por varios colectivos y estudiantes de la UNAM. 

Vocación Cuadrada

Aunque él era muy bueno con los números, la rigidez de éstos no satisfacía sus aspiraciones intelectuales. Creía que las matemáticas limitaban la visión del mundo exterior y que tenían la capacidad de volver cuadrado hasta al más libre de los cerebros. Por eso entró a la Facultad de Filosofía Letras y no a la de Ingeniería o a la Contabilidad como le habíamos sugerido su padre, un orientador vocacional, yo y otros amigos. Necio, trató de seguir una vocación que no era la suya. Quiso ser escritor. 
Cuando salió de la facultad se dedicó a ser corrector de estilo en una agencia de noticias. Hasta entonces nunca había imaginado que las letras podrían llegar a ser tan cuadradas como los números, ni que existieran fórmulas irreductibles formadas con palabras, ni que entre la escritura existiera algo tan contrario a la literatura como ese trabajo. Paulatinamente se fue convirtiendo en una persona inflexible y con un criterio ortodoxo, un verdadero amargado que aplicaba a rajatabla los criterios estilísticos de la agencia. Lo que temía sucedió: su cerebro poco a poco se compactó hasta volverse cuadrado.
Con amargura, despotricaba todo el tiempo contra los reporteros a quienes consideraba analfabetas funcionales sin capacidad de hilar dos ideas seguidas, además de corruptos y con una “vanidad tan grande que todavía se atreven a reclamar porque modifico sus notas”.
Las numerosas faltas de ortografía encontradas no le molestaban tanto como el “copy paste” descarado a los boletines del gobierno, o como las sintaxis incongruentes o los galimatías entrecomillados que citaban textualmente declaraciones del Señor Licenciado y otros políticos mamones. 
Sin embargo nada le era más molesto que corregir lo escrito por reporteros que creían tener estilo propio. Ningún estilo más que el previsto en el manual de La Agencia debía salir al aire y eso significaba eliminar cualquier indicio de individualidad, iniciativa u originalidad. 
Decía que en el afán de sobresalir, los reporteros utilizaban arcaísmos como “haiga”, “vistes” o “dijistes” porque creían que le daban identidad a los textos; también utilizaba groserías para dramatizar, y las jergas chale, chido y wey.
Asimismo, comentaba enfadado que los reporteros más jóvenes empezaban ya a utilizar emoticones como si estuvieran platicando en un Chat, y un sin fin de palabras escritas con “K” en vez de “C” o “Q”. 
También había quienes se involucraban tanto en los temas y se esforzaban tanto en explicarlos, que terminaban redactando ensayos completos. “Demasiadas explicaciones para una pinche nota informativa”, vociferaba.
Pero invariablemente cuando pasaban por las manos del editor, todos esos escritos quedaban reducidos a 7 párrafos máximo, cada párrafo de cuatro renglones y cada renglón con 73 golpes, “ni uno más ni uno menos”. 
El colmo, y su perdición, fue Rubén Urrechaustegui, el reportero estrella de la agencia, “poseedor de un talento innato, experiencia, olfato periodístico y una gran sensibilidad humana”, según el jefe de información. 
Además, Urrechaustegui era amigo íntimo y chayotero de algunos senadores y secretarios de Estado, por eso era el encargado de cubrir los eventos especiales y el único al que se le permitía publicar crónicas de vez en cuando, sobre todo de acontecimientos emotivos.
Urrechaustegui cubrió en una ocasión el velorio de un importante político, conocido suyo, asesinado de forma tan brutal como inesperada. En la crónica del evento el reportero incluyó al final dos renglones enteros con puntos suspensivos.
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Los puntos representaban un minuto de silencio. 
- No puede publicarse así- le dijo mi amigo editor, al jefe de información.
- Respeta el estilo de Rubén cabrón, siempre se queja de ti porque modificas sus notas – aseveró el jefe.
- Porque es un mamón, primero que aprenda a escribir, que lea un poquito más; escribe puras freses hechas, puros lugares comunes, puras mamadas.
- Ningún pendejo va avenir a decirme como hacer mi trabajo- gritó Urrechaustegui al tiempo que entraba sorpresivamente a la redacción. 
- Así como está se publica- sentenció el jefe recordando de pronto su papel. 
El escrito de Urrechaustegui sobre el velorio, causó revuelo en el gremio y está nominado al Premio Nacional de Periodismo en la categoría de mejor crónica “por su lenguaje descarnado y originalidad”.
El editor, mi amigo, fue despedido de La Agencia poco tiempo después, y a pesar de que la necesidad lo apremia no sabe si aceptar el trabajo que le ofrezco en el despacho contable.

Romeo Valentín Arellanes
México D.F., 2012

lunes, 9 de abril de 2012

Editorial




Vejez

¿Por qué la gente le tiene miedo a envejecer, por qué hay tantas marcas de tintes de cabello y de cremas antiarrugas, tantas cirugías, lifting, inyecciones de botox y otros miles de tratamientos estéticos para recuperar la apariencia juvenil? Tan sabios que perecían nuestros abuelos con su pelo blanco, su mirada atemporal, su piel curtida, su andar lento y su cuerpo disminuido. ¿Por qué a la gente le da miedo ser así?... corrección: ¿por qué nos da miedo ser así? Pertenecemos a una generación dominada por Piterpanes y forevers, la generación del adulto infantilizado, hacemos a los 30 lo que nuestros padres hicieron a los 20. Por eso en Desencuentros nos parece que Abril, por ser el mes de mayor esplendor de la primavera y estar asociado con la belleza y el vigor de la juventud, es el mes idóneo para hablar de la vejez; además precisamente este año 2012, muchos de nuestros amigos y contemporáneos llegan al temido tercer piso sin aparentemente haber encontrado su papel en esta vida. Sobretodo a ellos los invitamos a participar en esta edición. Díganos con un cuento ¿cómo eran (o son) sus abuelos?, ¿cómo se imaginaban qué sería su vejez cuando eran niños? , ¿cómo se imaginan ahora que será su ancianidad?, ¿qué anécdotas les han hecho darse cuenta de que están envejeciendo?, ¿qué se siente ser un forever?, ¿que harán cuando sean ancianos y no tengan derecho a jubilación?.. En fin, compártanos su visión de La Vejez.

Donato




Pa que te escribo si leer no sabes

Otra vez la mierda,  ocurría de nuevo, puntual como los últimos días.  Se anunciaba con una fuerte punzada en el estomago, un espasmo de horror que era seguido por un fuerte hedor y la consabida  vergüenza. De nuevo sucedía y no lo controlabas, de nuevo el escarnio de los fantasmas que observaban con burla como recorrías el pasillo apoyado de la pared y el sudor en la frente que coronaba tu vano esfuerzo hacia el baño.  El cuerpo no era el mismo, las distancias se hacían más largas y la realidad era algo brumoso e inmediato que no alcanzabas a entender. Wendy venía un día si, un día también a checar que hubieras comido y a dejarse tocar las nalgas mientras apurabas los quelites que ella preparaba con maña y brujería, últimamente   vencía la repugnancia y en un remedo de amor, otros dirían interés, limpiaba tus desgracias e intentaba eso en lo que muchas fracasaron y sólo una consiguió: bañarte. Cambiaba tus ropas y te aventaba cubetadas de agua, mientras tú con los restos de pudor que conservabas, cubrías tus desgracias ya muertas e inservibles.  Eso era la existencia, vagar entre espectros y recuerdos en una casa que cada día te era más ajena, donde de pronto todo se convirtió en inmenso e inalcanzable, tu mundo se redujo a un espacio perfectamente delimitado por las necesidades, aquella casa llena de silencio y viento, ecos y pensamientos que se veían pasar por los cuartos y las tejas podridas y llenas de polvo. Árboles testigos de tu desgracia que volteaban la mirada al sentirte cerca e ignoraban tus gritos en las noches cuando las pesadillas se sucedían una a la otra. A menudo te preguntabas cuando acabaría todo, el cagarse en los pasillos, las voces de los fantasmas, sus burlas y sus visitas a tus pesadillas, acudían siempre a hostigar los errores del pasado y a recordarte que la nostalgia es la mejor compañera de la vejez; cuando terminarían los días en que intentabas cumplirle a la Wendy y que terminaban en un manoseo torpe y apresurado y un ardor más en la punta del pene.  Sería una enfermedad de la mala vida,  un dolor más que se agregaba, te lo había dicho tu hija: dicen que esa Wendy tiene gonorrea y que se la anda pegando a todos. Qué importaba, era la única que no te reprochaba la existencia y acudía a ti en aras de un interés que tú conocías y que no te importaba pagar, calzones y de vez en vez un brillo para los ojos eran la cuota de la fidelidad. Ese era el ocaso de la vida, o la antesala de la muerte como te gustaba decir cuando te daba por reflexionar, un remedo de existencia, poblado de recuerdos y melancolía. Cuando más dura era la soledad, pensabas en ella,  tu esposa, tu mujer, la única que te miraba a la cara y te soltaba las verdades sin pelos en la lengua, extrañabas sus ojos, su cabello que peinaba por las tardes mientras ambos sudaban la canícula en la sala.  Y el llanto acudía a ti en goterones de tormenta, si Wendy andaba por la casa sólo miraba  y meneaba la cabeza en señal de desaprobación, qué iba a saber ella tan joven y llena de vida, qué iba a entender ella de un viejo que se acercaba a la tumba lleno de dolores, rencores, nostalgias y culpas. Ocaso que no terminaba de llegar y que la vida tan irónica retardaba. Otra vez la mierda, otra vez recordar, otra vez recorrer el pasillo esperando llegar al final, otra vez caminar hacia el olvido y la soledad. 

Raziel Jacobo Correa Alvarado
México D.F.

Petirrojo

No fue casualidad que encontrara las tarjetas que mi tío Raúl nos regala año con año. A sus 73 años tiene la paciencia de ir a buscar un libro para cada uno de los hijos de sus dos hermanas más pequeñas. Entre ellos, yo. Cada vez que viene de visita a la casa (lo cual ya no es tan seguido) nos entrega el regalo envuelto en papel celofán azul, su color preferido. Dentro de los libros coloca tarjetas que él mismo escribe; desde los 10 años las colecciono, esos trocitos de papel con pequeños fragmentos de su vida me hicieron comprender que el chiste de la vida está en encontrar o aprender lo más rápido posible lo que nos gusta y disfrutarlo, y si se puede, vivir de ello.

“Corran por su vida” eso decía la tarjeta que encontré entre las páginas de un libro que cayó sobre mi cabeza mientras buscaba el pequeño botiquín. Hace ya varias semanas me había empeñado en correr con las agujetas desatadas. Desde chiquillo me decía que eso era de ñoños, traer los tenis limpios y las agujetas bien atadas; pensaba que era aburrido. Uno debía arriesgarse, ser desenfadado, total, no pasaría nada. Esa noche corrí lo más rápido que pude. En realidad lo había echo así desde hace dos meses. Cuando subía los senderos y esquivaba las piedrecillas del camino un solo pensamiento sonaba en mi cabeza con tremendo eco “Dile que estás aburrido, que nomás eso no es lo tuyo”. Esa noche sentí la ansiedad más abrumadora que haya experimentado mi cuerpo; la aceleración de mis pensamientos plagados de miedo no me permitieron darme cuenta de la travesura que cometerían las caprichosas agujetas. Pasaba una mota de algodón con bastante alcohol sobre mi rodilla cuando sonó el teléfono. “Un carro lo arrolló. Quién sabe si la libre”, mamá no paraba de llorar, su hermano había caído, lo habían derribado.
Cuando llegamos al hospital sólo estaba Raquel, su esposa. Jamás le dije tía, siempre la creí malhumorada y nunca fue amable conmigo. Tampoco en la vida comprendí por qué mi viejo Raúl siguió a su lado tantos años. El bailarín (así le decían en la colonia donde creció junto a mi madre, sus demás hermanos y mis abuelos) pasó esa noche sin dar señales de mejoría. Al día siguiente regresé por la mañana al hospital; llevaba conmigo todas las tarjetas que me había regalado y un gran manojo de claveles rojos. Llegué muy temprano y rogué a las enfermeras me permitieran pasar a verlo un rato. Pensé que la chaparrita con cara de “la mole” me mandaría por un tubo, no fue así. Me sonrió y yo dejé en su cubículo un clavel en señal de agradecimiento.
Ahí estaba, nuestro bailarín. Comenzaba a amanecer y la luz rebotaba sobre su cuerpo. A pesar de tremendas heridas se veía fuerte. Mientras lo observaba recordaba los salones de baile donde me había llevado de chamaco. Una de sus más grandes pasiones había sido el baile, se meneaba con tremendo sabor y cadencia. Le daba duro al mambo, al danzón y sobre todo al chachachá. Las mujeres hacían fila para menear su cuerpo al compás del suyo. Decía que cuando bailaba, sentía que volaba y que bailaría hasta morir. Yo sólo deseaba con todo mi corazón que abriera sus ojos y así poder ver sus perlitas verdes.

Me senté a su lado y comencé a leerle cada una de las tarjetas. Me acerqué, y puse especial empeño en susurrarle al oído mis preferidas.

-“Un hombre que se mantiene erguido y lucha por lo que cree, siempre será un ganador”.

-“Estoy convencido de que correr prolonga la vida. Nadie vuelve a ser el mismo”.

-“Los libros son el alimento del alma”.

-“Si no sabes, pregunta, más vale ser un rato pendejo y no toda la vida. Pregúntame valedor”.

-“Dices que no tienes tiempo. Que nunca has sido deportista. Que correr es aburrido. Que algún día lo harás. Créeme, pronto encontrarás tiempo para las enfermedades”.

-“Los corredores son mejores amantes”.

-“Correr es llegarse a conocer a uno mismo hasta el máximo grado”.

-“Soy tan joven o tan viejo como yo quiero ser”.

-“Mi vino, lo prefiero en la uva”.

Mientras pronunciaba las últimas palabras pensé, “Este condenado todavía me debe la historia de cuando conoció a Macedonia. Su pareja de baile por muchos años. Su cómplice, su amante, su bailarina favorita”. Guardé las tarjetas en mi aburrido portafolio. Me incliné cerca de sus pocos hilos blancos todavía aferrados a su loca cabecita y le dije “Aguántese como los machos, aún nos falta echarnos ese chachachá con nuestros zapatos bien pulidos. Y esa carrerita bajo las faldas del Don Goyo que tanto te gusta… Hoy voy a renunciar al bufete de mi padre; no me hace nada feliz ser abogado”. Acaricié las arrugas de su frente y salí.

Un par de horas después mamá me llamó al celular para darme una buena noticia. Raúl, había despertado. Me apresuré para decirle a Roberto, mi padre, acerca de mi decisión. Cuando me retiré de la firma de abogados también renuncié al apellido de aquel que se hacía llamar mi padre. Roberto pensaba que ser un proveedor significaba ser un buen padre.

Cuando llegué al pasillo donde se encontraba la habitación de mi viejo Raúl un silencio pavoroso inundaba el ambiente. Mamá salió del cuarto con una pequeña tarjeta percudida entre sus dedos. Me apretó el hombro y dijo que mi tío había escrito algo para mí.

“Sigue corriendo para escuchar el roce de las hojas bajo tus pies; deja que la lluvia se cuele entre tus largas pestañas; siente como tu cuerpo acoge los amaneceres. Sigue, donde, de pronto, todo será tan fácil como para un pájaro volar. Corre, es tu recompensa, corre, ahí encontrarás tus respuestas”. Te quiero Antonio. Después de 15 años de la muerte de nuestro bailarín sigo creyendo que esa última tarjeta, con esa aparente diminuta fracción de pensamiento, es de las más luminosas. Tal lucidez sólo pudo dársela la experiencia; estar conciente de que el trabajo más duro es perder el tiempo, le permitió darse cuenta de los beneficios, él comenzó a ganar años, a ganar vida. Perdió sus límites. Él sigue conmigo, me acompaña todas los días mientras corro al amanecer.


Eve Alcalá González
México, D.F. Abril 2012. 

http://palabrakamikaze.blogspot.mx/

martes, 3 de abril de 2012

Aún me gusta madrear gente, pero me controlo

Estuve en prisión durante un año, cuando tenía 15 años de edad y siempre fui un lacra, me gustaba madrear gente cuando me juntaba con la banda de Los Calcetines, aún me gusta pero me controlo, declara Jorge, quien a sus 43 años conduce un taxi por las calles de Pachuca.

Jorge, como pocos capitalinos, formó parte de la conocida banda de los calcetines allá en los años 80´s, que controlaban con mano de hierro los barrios altos de Pachuca. Muchos de ellos actualmente están en prisión purgando condenas por robos, violaciones y hasta asesinatos.

“Yo estaba bien morro cuando entré a la banda (de los calcetines) me tenía que rifar porque a cada rato me golpeaban, así era te tenías que rifar el físico con ellos. Me dejaron cicatrices en la cara, pero a mí me gustaba darme en mi madre y cuando entraba alguien nuevo también me aprovechaba de ellos y les partía su madre”, narra el taxista durante un viaje por las calles capitalinas.

Cruzando la ciudad de Pachuca, Jorge recuerda con cierta nostalgia cómo fue la mayor parte de su adolescencia; sus cejas cicatrizadas son el documento fehaciente de las batallas libradas en aquella época de vandalismo y drogadicción, cuando tuvo que aprender box para defenderse de sus propios amigos.

“Siempre me llevaban ventaja porque yo era uno de los más pequeños de la banda”, cuenta con su rostro moreno y de rasgos rudos, “antes era delgado y medio wey para pelear, pero aún así me defendía y más cuando aprendí a boxear, lo chingón de eso es que nunca te tienes que dejar, siempre hay que defenderse para que no te agarren de bajada, después de eso te ganas el respeto de todos”.

Jorge, asegura que su verdadero oficio es ser cocinero, la ruleteada con el taxi solamente la utiliza cuando se queda sin chamba; está vez ya tiene más de 15 días sin conseguir un buen trabajo en una cocina moderadamente decente. El oficio de chef, siempre le ha gustado, le gusta como huele la cocina e inclusive disfruta sus utensilios y herramientas.

“Lamentablemente para este oficio (el de cocinero) casi nunca hay chamba, me corrieron de mi antiguo trabajo porque la verdad soy una persona agresiva y le rompí la madre a uno de mis compañeros, pero no fue mi culpa, él me provocó”, declaró con cierta vergüenza.

Mientras recorre la calle de Guerrero con su taxi, un conductor de una camioneta se le atraviesa, Jorge le mienta la madre, se hacen de palabras y detiene el coche, todo pasa en un minuto. Ambos conductores se gritan y levantan las manos, finalmente acaba la discusión, el otro conductor se aleja y Jorge se alza victorioso gritando “le sacó a los madrazos el puto”.

El cocinero de profesión recuerda que desde su infancia siempre fue violento, pero que ahora de adulto controla su agresión con “un toquecito de mota”. Aún así, en su taxi tiene un pequeño bat de béisbol, para defenderse de posibles agresores.

“Pues te voy a confesar algo, sí consumía droga, me gustaba un chingo la mariguana, creo que sí llegué a ser drogadicto. Y te confieso otra cosa, aún me sigo dando unos llegues (de mota) me relaja un buen, pero ya no como antes, ya es menos”, reconoció Jorge con una sonrisa en su rostro, que tal vez para él inmortaliza esos viejos tiempos, hace ya más de 30 años.

Su violencia, ahora controlada por la “hierba”, hizo que ingresara a los calcetines desde muy joven, a sus 13 años comenzó robando negocios, golpeaba y robaba personas, pero fue a sus 15 años cuando piso el tutelar para menores en Pachuca acusado por robo. Allí pasó un largo año, sin embargo los barrotes de la prisión para menores de edad, no fue suficiente para contener sus actos de vandalismo.

El arbolito, donde él creció, era uno de los barrios controlados por los calcetines, era su barrio y se respetaban sus reglas. Jorge siempre le fue fiel a sus amigos, aunque sus padres lo regañaran, a él no le importaba seguía delinquiendo y continuaba cayendo en los Ministerios Públicos por diversas denuncias.

“Ya hasta conocía al abogado que estaba en el Ministerio Público de Pachuca, cuando las instalaciones estaban en otro lado diferente de donde actualmente están, salía rápido de cualquier cosa que hacía”, sostiene mientras el taxi da vuelta por el boulevard Colosio.

“Es cierto, narra Jorge, éramos un desmadre, sí asaltábamos gente, inclusive llegamos a asesinar, nadie nos paraba. Muchos de nosotros llegaron a pisar la cárcel, pero salían rápido y volvían a las andadas”, voltea a ver mientras conduce, baja su vidrio y le grita a unos policías, “allá atrás se están madreando”.

La vida de Jorge cambió cuando a él y uno de sus amigos los atrapó la policía asaltando a un comercio en el centro de Pachuca. Jorge ya tenía varias denuncias ante la justicia capitalina y pasó más 24 horas en barandilla, después otras 24 horas en la Procuraduría del estado, donde un abogado le prometió que lo dejaría libre.

No obstante, por azares del destino, un juez casi lo sentencia a prisión y estaba casi listo para pisar la penitenciaria capitalina, abandonado a su suerte y también por el apoyo de sus familiares.

“Me tuve que salir de la banda cuando casi piso el Centro de Readaptación Social (Cereso) de Pachuca, allí si la sentí bien feo”, dice Jorge de hombros anchos y corpulento.

"Ya estaban casi por sentenciarme, mis papás me dijeron que no me iban a apoyar esta vez, ni modo, yo y mi amigo ya estábamos resignados a llegar a la peni y acordamos que llegando allá nos íbamos a chingar a un wey, lo íbamos a asesinar para que nos respetaran los demás prisioneros”, recuerda Jorge.

Sin embargo, el abogado que contrataron los familiares del amigo de Jorge, pudieron sacarlos y ni siquiera pisaron la prisión capitalina.

Desde ese entonces, Jorge trata ser un hombre de bien, trabaja como cualquier persona normal. Sus dos hijos y esposa le recuerdan que debe ser un hombre tranquilo, que debe controlar su agresión para conservar sus empleos.

Él mismo lo sabe y lo reconoce: “tengo que cambiar, ya no es como antes, ahora tengo una familia que mantener”.

“Todavía me sigo encontrando a los amigos de antaño, gente que ahora pues ya es de bien, ya no roban, ya tienen trabajos normales, como toda la gente común y corriente”.

Jorge finaliza su relato ruletero con un apretón de manos, unas manos fuertes y tatuadas, marcas que muestran que algún día fue de los calcetines, la temida banda que ya es un recuerdo para la sociedad pachuqueña. 


Misael Zavala Sánchez
Pachuca, Hidalgo
(Publicado originalmente en Milenio Online el 0 1/03/2012)