lunes, 18 de abril de 2016

Nos traicionó la Ropa

María y yo ensayábamos por cuarta vez el amor, libres de prejuicios y con la conciencia tranquila de quien emprende una aventura más,  era nuestro afán de intentarlo y nuestras ganas de estar juntos lo que nos impulsaba, dicen que la tercera es la vencida, en este caso y por cuestiones de logística (teníamos la casa sola) tendría que ser a la cuarta. Se nos pasaron las copas, ese eufemismo tan nuestro para no decir  que nos caíamos de borrachos, pero es que sólo así se nos quitaban los miedos y la vergüenza de vernos desnudos (aunque me choca quitarme las calcetas) y comprobar que somos bellos en nuestra imperfección. Debo reconocer que a María la voy conociendo de a poco,  a cada intento conquisto una isla más de su anatomía, la primera vez los labios, la segunda las nalgas, la tercera los senos, espacios y lugares que  gracias a su infinito cariño son conquistas progresivas e irreversibles,  en esta ocasión combinaba besos con caricias intercaladas a los lugares mencionados  y esperaba por fin declararme el vencedor de la lucha y dejar mi marca y bandera como legítimo vencedor de la batalla.  Ascendimos desde las múltiples capas de embotamiento, ensayando nuevos besos y nuevas caricias a nuestras muy definidas dimensiones, uno debe recurrir a la creatividad cuando el cuerpo es una zona perfectamente delimitada, un terreno minado donde un paso en falso puede significar la muerte de la magia y el deseo. María parecía dispuesta, por primera vez me dejó llevar su mano a mi pecho y a la parte baja del ombligo, respiraba fuerte y los labios rojos me decían que nuestras libidos se encontraban en perfecta comunión, cuando me disponía a dar la estocada final y aventurar el lance heroico que culminaría con nuestro deseo  ella soltó la bomba.
-Hazme el amor. Estoy peda.
-Yo también ¿estas segura?
-Sí, no me voy a arrepentir y no lo voy a olvidar
- Yo tampoco.
-Apúrale, no quiero que me piquen los zancudos la espalda.
-Voy, es que no sé dónde está el broche de tu brassiere
-Mmmmju, te ayudo. Me dijo mientras se quitaba la blusa rápidamente y me apuraba a lo mismo.
-Quítate la camisa.
-Voy, es que no veo ¿prendemos la luz?
-No, no quiero que me veas, estoy gorda.

Cabe mencionar que nuestro diálogo se dio entre varios intentos de hacernos entender, la borrachera nos impedía articular las palabras de manera adecuada, esta versión es lo que pude sacar en limpio noches después, con la mente clara y las ideas frescas. Ella me recriminó.
-Cómo serás pendejo, ni un brassiere sabes quitar.
-No es eso, es que este está raro.
-¿Te quito el pantalón?
-Sí, no veo nada.
-No puedo, traes cinturón, ahh olvídalo.
-Espérate.
-No, se chingó.

No pudimos, no supimos quitarnos la ropa ni los miedos, si, toque partes de su cuerpo que no había tocado antes y descubrí que quizás estaba perdidamente enamorado de María, pero el objetivo principal se había esfumado. Nos miramos tiernamente a los ojos (como para decirnos un no te preocupes, habrá más chances) y nos abrazamos para dormir juntos, no nos quedaba otra. Mientras yo reflexionaba sobre mi estupidez y falta de pericia, María comenzó a resoplar pausada y plácidamente, dormía el sueño de los inocentes. Y fue ahí, justo en ese momento lleno de cavilaciones y dudas donde tuve la epifanía que me hizo falta minutos antes, la gran revelación que hubiera llevado a buen puerto la nave y que me tendría para ese momento roncando en los estertores del deber cumplido: el brassiere se desabrochaba por adelante.

Raziel Jacobo Correa Alvarado 
Un martes de abril en CDMX 2016

jueves, 14 de abril de 2016

Casa chica

Martha era insoportable "esos días" amargaba el ambiente de la casa, se podía respirar el peligro al simplemente abrir la puerta, el aire tenía filo como de navaja de peluquero, cualquier fino movimiento, un estornudo, el rechinar de las suelas de mis zapatos, masticar un poco duro la comida, o el ruido de las gotitas de pipí cayendo en la taza porque la puerta de baño quedara entreabierta, bastaban para desatar a Las Furias y despertar el agresivo animal interno de Martha. Mi casa no era mi casa "esos días", estaba lejos de ser el refugio y la fresca sombra que todo hombre necesita para descansar del trabajo y en general del mundo. Comencé a refugiarme en los bares "esos días" y después cada vez con más frecuencia en el departamento de Yadira.
Yadira tenía otro tipo de animal al que me gustó despertar, su departamento calientito y bien equipado era un gran refugio provisional durante "esos días", no había reglas en su cama, no había mal humor, había alimento suficiente y muchas ganas, mucha disposición de su parte. Podía estar ahí un par de noches al mes sin en realidad dar una buena excusa a Martha, quien parecía más tranquila sin mí "esos días" y no me preguntaba si en realidad estaba yo donde decía. Pero uno de "esos días" encontré a Yadira de mal humor, había dejado de tomarse las pastillas y el ciclo se le alteró. Yadira fue peor que Martha ese día. Comenzó a hablarme de estabilidad y de planes para el futuro y para la vida. Ya no le bastaba verme solamente "esos días". En el fondo pensé que lo decía por estar en “esos días” pero intenté darle gusto, ajustarme a su calendario y ella fue feliz un par de meses. El problema fue que Martha fuera de "esos días" se comportaba como una mujer normal, mostraba sus sentimientos, asumía el papel que le correspondía, me quería solo para ella y le importa mi paradero. Me confrontaba y se ponía de mal humor como si estuviera en "esos días", quería revisar mi teléfono, lloraba y eso era algo que yo tampoco quería, así que no pude cumplirle a Yadira y terminé por verla sólo cuando se podía, inventando cada vez pretextos más tontos a las dos. Seguimos juntos pero mi vida fue una pesadilla, ambas se intuían e intentaban comunicarse a través de mí, me sentía como un objeto en disputa, ambas me arañaban y mordían para marcar mi cuerpo, me escondían su ropa íntima en el saco, solo faltaba que, perdonen la expresión, me orinaran como animales para marcar su territorio, la tregua llegaba únicamente "esos días" en que las dos parecían estar más a gusto sin mi mientras yo me refugiaba solitario en el bar. No me gustaba la situación. Traté de convencer a Yadira de que se volviera a tomar las pastillas y que todo fuera como antes. Me preguntó si yo era casado. Su comentario me causó agruras y una risa burlona. A partir de entonces Yadira se radicalizó y se volvió especialmente insistente, le llegué a contar hasta 50 llamadas en un día. O le pones un alto a esto o nos divorciamos, dijo Martha y al día siguiente se largó temporalmente a casa de sus padres.
Fui al departamento de Yadira sin avisar decidido terminar la relación, pero ella me recibió con besos, abrazos y una hermosa sonrisa. Caray, eso era todo lo que yo quería, lo que necesitaba, Martha no era perfecta, era mi derecho tener un refugio un lugar de fuga con Yadira. Entre besos y abrazos, acostados después de hacer el amor como hacía falta, insistí en el tema de las pastillas. Le expliqué que era lo mejor, pero ella no entendió el por qué, parecía algo ilógico. Me dijo que si temía un embarazo podríamos usar preservativo. Mi silencio despertó a Las Furias al animal agresivo de Yadira, se desprendió de mis brazos y se levantó. Ya dime la verdad, exigió. Yo estaba tranquilo por fuera pero mi cabeza era un remolino. Hay cosas que no deben decírsele jamás a un hombre tranquilo, yo nunca he querido ser un animal. Tampoco me gusta ofender ni decir groserías. Le advertí a Yadira que bajara la voz y que midiera sus palabras. ¿Y qué me vas a hacer? Me retó. Me levanté. Le di una cachetada que la tiró. En sus ojos vi rencor y deseos de venganza. No podía dejar así las cosas, no podía decir "se me escapó" como esos animales que actúan agresivos impulsados por el miedo y la desesperación, tenía que demostrarle que soy un hombre con el que no se juega y sabe lo que hace. Le di una patada en el estómago, solo para ganar tiempo y dejarla sin aire, no para lastimarla, la levanté de los cabellos, le apreté la garganta y la puse contra la pared, murmuró que la soltara por favor, en sus ojos había miedo en vez de enojo, tristeza en vez de rencor, supe que había ganado y entonces hablé. Le advertí que no me gustaban sus preguntas, pero también le dije que la amaba y la necesitaba, le prometí que tendríamos estabilidad pero sería a mi manera, con mis reglas los días que yo quisiera. Apreté su cuerpo desnudo contra mi cuerpo desnudo, le separé las piernas con mis piernas y la besé en la boca.




Romeo Valentín Arellanes
Ciudad de México, antes Distrito Federal, abril de 2016

domingo, 27 de marzo de 2016

Editorial




Los Viajes
A Gilberto Joel Silva Arellanes, alias el Base.

Un viajero no es lo mismo que un turista, hasta la cámara de hoteleros, restauranteros y otros servicios turísticos los define distinto: un turista permanece fuera de casa por un tiempo bien definido, bajo un plan de viaje estructurado y planeado con meses de antelación, lleva a la esposa y a los niños y siempre guarda un poco de dinero para comprar los tamarindos y los llaveros de caracol que dicen "Recuerdo de Acapulco", o para verse cotorrón una playera con un niño triste que dice “Mis tíos fueron a Veracruz y sólo me trajeron esta pinche playerita". Generalmente viaja en paquetes que incluyen todo, la visita a la cascada, la entrada al ecoparque, el desayuno continental y folletos de lo que vale la pena ver y probar,  incluso se puede saber cuánto dinero va a gastar. Con los viajeros los hoteleros y los restauranteros nunca saben que esperar, no se sabe por qué abandonan su casa, ni cuánto tiempo estarán fuera, el viajero no tiene una fecha de regreso y los motivos de su viaje pueden ser diversos, son un misterio. Ya sea hombre o mujer casi siempre va solo, aunque vaya acompañado, porque en el viaje siempre hay una enseñanza, o una introspección, aún cuando no se busque o no sea el fin. Por supuesto también se requiere de presupuesto, de iniciativa, o de una razón suficientemente fuerte para alejarse de la comodidad de lo conocido y aventurarse en otras tierras y horizontes. En estricto sentido la vida es un viaje (no estamos pachecos), nacemos con el boleto de ida comprado, pero según Alex Lora “no sabemos ni cómo ni cuando el destino nos va a tocar”, o lo que es lo mismo, del viajero no sabe para dónde va, ni de dónde viene. Visto así, un viaje puede ser cualquier desplazamiento de nuestro cuerpo o mente hacia cualquier parte, desde los sueños que tenemos cuando viajamos dos horas en el camión hacia Chimalhuacán, hasta los malviajes de las primeras veces que combinas la mota con el alcohol, o sea que para viajar se necesita decidirse, o necesitarlo. Este mes en Desencuentros le damos cabida a las crónicas de sus paseillos, de sus vacaciones en Europa con los primos, de sus excesos con los viáticos en los restaurantes de París, de las comisiones para ir a capacitar al personal operativo de la delegación Sonora, de su primera empeyotada en Real de Catorce, de su luna de miel en Sayulita y del festival playero para el cual adelgazo y se compró un nuevo traje de baño. Si lo prefiere, aceptamos también la reseña de su trajinar diario en el metro, el microbus y la combi, la reseña de la plática en el taxi,  o de ese viaje sin retorno que es la muerte.  

Campeche en mi cumpleaños



Soy una persona muy sentimental y un poquito especial, por no decir sangrona, en mis cumpleaños, siempre organizo una fiesta en mi honor a la cual invito a todos mis amigos para bailar, cantar y brindar, no me gusta estar sola o sentirme ignorada ese día. Ese otoño del 2011 no sería la excepción, pues no era un cumpleaños cualquiera, era mi primer cuarto de siglo, tenía que celebrarlo de manera gloriosa y monumental, pues para mi esa edad es donde tu vida empieza a tomar más forma, hay más estabilidad económica y aun cuentas con la juventud suficiente para disfrutarla y seguir haciendo tonterías, aunque claro, con mayor responsabilidad, pues a esa edad también empiezas a prepararte para llegar como un triunfador a los 30, la gran edad de la madurez, cada uno de tus pasos en los últimos 5 veintes marcarán el camino para llegar hasta ahí, es por eso que para mi era tan importante ese cumpleaños.

Yo contaba con un modesto empleo muy a mi gusto, el ideal para mis 25. Todo pintaba a que ese cumpleaños iba a ser perfecto, pero no fue así; una semana antes del gran día se me informó que tenía que trasladarme a Campeche por 2 semanas para atender asuntos urgentes de mi trabajo. Lloré, supliqué, intenté hacer cambio con mis compañeros, hablé con mi jefe, pero nada funcionó, todos me contestaban con un "no, lo siento". Mi familia y amigos me dieron ánimos diciéndome que a mi regreso festejaríamos y a todos les contestaba con un "no es lo mismo" mi cumpleaños caía en sábado, era un excelente día para festejar y todo se había arruinado ¿qué iba a hacer en ese lugar sola en mi cumpleaños?.

Pues bien, de lunes a viernes estuve en depresión total. En el trabajo rehusaba las ofertas de mis anfitriones para llevarme a conocer la ciudad, iba del hotel a la oficina y de la oficina al hotel.

Llegó el viernes 21, eran las 23:50 y yo veía tele, dieron las 12 y oficialmente ya era mi cumpleaños, comencé a llorar, sonó el teléfono por una llamada de mis padres poniéndome las mañanitas y yo lloré aun más, como dije en un principio, suelo ser muy sentimental en mis cumpleaños. Yo no quería estar ahí, quería regresarme pero nada podía hacer.

Al día siguiente mi celular y el Facebook estaban llenos de mensajes de felicitaciones que en vez de alegrarme me deprimían más porque me hacían extrañar mi casa, familia y amigos.

Como a eso de las 12 de la tarde, me dieron ganas de salir, mínimo a comer así que me metí a bañar y me arreglé, no de la manera más coqueta y bonita como suelo hacerlo en mi cumpleaños, pero si de una manera decente para salir.

Fui a un lugar cerca del centro y mientras comía me di cuenta que en verdad era un lugar bonito donde podría pasármela bien si no fuera porque estaba sola en mi cumpleaños.

Cuando terminé, un chico del módulo de turismo que está enfrente de la catedral me abordó diciéndome de un fabuloso viaje en un barco pirata. Pensé que sería buena idea, no era la legendaria fiesta que tenía planeada, pero bueno, también una tiene que madurar no puede embriagarse eternamente en cada fiesta de cumpleaños que tiene, a parte, qué otra cosa podría hacer, así que compré el boleto.

Miré el show de piratas sola tomando una cerveza, el cuadro más deprimente que habría imaginado para ese día, era alrededor de las 6:30 de la tarde, el sol comenzaba a ocultarse en el mar, regalándome un bonito atardecer de cumpleaños. Un grupo de jóvenes que iban ahí haciendo alboroto y bebiendo cerveza notaron mi nostálgica mirada hacia la puesta de sol y me gritaron "¿hey estás sola, quieres una cerveza?" sonreí y en automático dije "sí, es mi cumpleaños", esas únicas palabras necesité para que todo el grupo empezara a gritar y brindar conmigo. El barco atracó como a las 8, aun era muy temprano para ir a dormir en un sábado de cumpleaños, así que me fui con ese grupo a un cantabar, ahí el festejo de cumpleaños se puso en su máximo esplendor, los meseros llevaron un pastelito con una vela y me cantaron las mañanitas, después siguieron apareciendo más cervezas y botellas de alcohol, recuerdo haber cantado muchas canciones, no recuerdo con exactitud cuantas, pero de seguro canté alguna de Alejandra Guzmán, siempre cantó rolas de ella; también recuerdo haber estado en el baño ayudando a una chica a vomitar y también haber vomitado yo, después de eso nada es claro, solo más música y más alcohol, me quedé dormida un rato en el sillón del cantabar, después recuerdo estar caminado por el malecón, todavía estaba borracha; todos mis compañeros de festejo seguían ahí conmigo, borrachos igual que yo, algunos aún traían en vasos de plástico la famosa caminera. No tengo una idea clara de cómo llegamos ahí, solo se que ahí estábamos y justo en frente de la Novia del Mar empezó a amanecer, uno de ellos se acercó a mí y me dijo, "ya no es tu cumpleaños" y empezamos a reír. 

De ahí me fui al hotel, me despedí de todos como solo los buenos borrachos se despiden, diciéndose cuánto se quieren, lo bien que la pasaron y lo mucho que se seguirán hablando; promesas que no cumplí pues mi celular se perdió en la fiesta con todos los teléfonos de mis nuevos amigos y por más que intentaba no podía recordar en qué hotel estaban ni cuándo se regresaban.

Ese domingo me la pasé recuperándome de la cruda y la siguiente semana volvió a ser del hotel a la oficina.

Por fin el día de volver llegó y en casa esperaban regalos y felicitaciones atrasados. Ya no hice fiesta, la verdad no tenía ganas, además ya había festejado; aunque cuando conté de mi festejo muchos me regañaron por mi imprudencia de embriagarme sola con desconocidos y tan lejos de casa, "qué querían, no tenía con quien festejar" era lo que respondía.

De eso ya pasaron 5 años, ahora mi próximo cumpleaños es el número 30 esa edad a la que a mis 25 la veía como la gran edad y si me preguntan si estoy llegando como triunfadora a las 30, diría que no se trata tanto de eso, más bien de fluir. algunas cosas no cambiaron, sigo igual de sentimental que a mis 25 pero un poquito menos berrinchuda, descubrí que no todo se puede controlar, también ya no me afecta tanto la soledad, al contrario ahora la disfruto, a parte ya vi que puedo hacer amigos perfectamente bien en los viajes y que la verdad eso de la edad no es tanta bronca, da igual los 28, 29 o 30, en cada año sigo cometiendo errores y haciendo tonterías como a los 18, pienso que lo importante es vivirlos con sus malos y buenos momentos; aunque bueno, hay algo que si no puedes seguir haciendo eternamente como a tus 25 y eso es tomar alcohol, las crudas ya no son como antes, por eso mis cumpleaños ya son cada vez más tranquilos y no como esa vez en Campeche, que de recuerdos confusos me quedé con una velita de cumpleaños que encontré tiempo después guardada en mi chamarra.

Lic. Sandoval
Atizapán de Zaragoza, Edo. Mex.

martes, 22 de marzo de 2016

Paz interior


Abrí los ojos, me costó recordar en qué ciudad estaba, había despertado en otro cuarto de hotel desconocido. Fijé la mirada en el techo y tuve el presentimiento de que algo malo pasaría. Me juré a mi mismo que guardaría la calma. Solo falta un día, este día, con esa idea en la cabeza me calmé. De pronto nada me importó. De un tiempo a la fecha puedo ser indiferente a casi cualquier cosa, me gusta pensar que no es egoísmo sino una facultad adquirida con los años y la experiencia. Pienso que la paz interior de la que hablan los monjes budistas debe ser una especie de indiferencia ante absolutamente todo, hasta a uno mismo. Me mantuve tranquilo cuando la recepcionista me cobró indebidamente la habitación. Debe haber un error señorita, la habitación la pagó la empresa con anticipación, según entiendo. Debí hacer un escándalo, llamar a la oficina para aclarar pero ni si quiera lo pensé. Extendí la tarjeta de crédito. No tendré dinero al final de la quincena, pensé, pero qué más da, si mi vida no es muy activa fuera del trabajo últimamente. Señor olvidó su factura, gritó la recepcionista, pero le dije al conductor del taxi que no se detuviera.

Ya en el mostrador, al tratar de documentar mis maletas me dijeron que el vuelo estaba sobrevendido. Pero ya está pagado, les recordé, lo debió pagar la empresa con anticipación. Lo sabemos señor y lo sentimos, por eso en compensación, si aborda el siguiente vuelo en vez de este, le daremos dos boletos gratis para un destino nacional, válido todo el año, ¿no le gustaría tener unos boletos gratis para sus próximas vacaciones en pareja? ¿Para qué me sirven ya dos boletos?, mi destino es abordar este avión, pensé. Un señor detrás mío intuyó mi negativa y se apresuró a pedir la oferta. ¿Puedo tomarlo yo? Solo si el caballero acepta, dijo la del mostrador. Les sonreí y decidí abordar el avión que me correspondía.

Las azafatas estaban nerviosas desde el principio, peleaban entre sí discretamente, a un volumen bajo pero estoy seguro que lo hacían. Se arrebataban las cosas y salían y entraban constantemente de la cabina. Los demás pasajeros tal vez lo notaron o tal vez no, pero yo sí. Todo lo estaban haciendo con demasiada prisa, la azafata ni siquiera dio completas las instrucciones de qué hacer en caso de accidente y tampoco las dio en inglés. Pero a nadie pareció importarle, tal vez todos las sepan de memoria como yo -las salidas de emergencia están a los costados, siga el camino de lucecitas amarillas, debajo de su asiento hay un chaleco salvavidas, colóqueselo primero usted y luego a los niños o adultos mayores; si caen las mascarillas del techo, también, primero usted y ayude a su compañero si es menos hábil- o tal vez todos están seguros que llegarán con bien a su destino.

Esta aerolínea está cada vez peor, dice mi compañera de asiento y pienso que tiene razón. La vez pasada solo me dieron unos cacahuates joven, ahora vea, hasta le tiran a usted el café. Le sonrío. A mi edad ya no quiero seguir viajando así, es muy pesado… ¿usted tiene hijos? Un movimiento brusco y mi compañera de asiento grita “ay Dios mío”. El piloto alerta a la tripulación y pasajeros que pasamos por una zona de turbulencia. Ya ve cómo cada vez es peor joven, se supone que deben avisar de la turbulencia desde antes y no ya que se siente. Vi a las dos azafatas hasta la punta del pasillo estaban una al lado de la otra en sus asientos de seguridad, no peleaban ya, estaban tomadas de las manos. Ay Dios mío, gritaron más pasajeros y mi compañera de asiento se puso a rezar en voz alta. Un nuevo brinco del avión la hizo rezar más rápido hasta ponerse a llorar, otro brinco y mi compañera casi se ahoga con su llanto. Todos gritan, algo truena y las mascarillas caen del techo. Hay lágrimas escurriendo por los cachetes de las azafatas. La gente no sabe qué hacer con las mascarillas, las enredan y desenredan sin poder respirar. Mi compañera solo aguanta la respiración, suda y se aferra a su asiento. Me logro colocar la mascarilla y logro también colocársela a ella. No habla, me aprieta la mano, me clava las uñas. Le digo que se calme, que independientemente de lo que pase, nosotros estaremos mejor.




Romeo Valentín Arellanes
Ciudad de México, marzo 2016.


lunes, 21 de marzo de 2016

El primer amanecer




Para Fabrizio Alejandro

Voy camino a ninguna parte, pero debo saber llegar.
“Camino a ninguna parte”, Los Estrambóticos


A media noche, la oscuridad se fuma en una bocanada, pero no desaparece con el humo, aparenta ser eterna con cada parpadeo y efímera en el cielo como una estrella fugaz. Camino sin estar seguro de que existe un destino. Sin madre, literalmente sin madre, no hay hogar. Ahora la abuela también está muriendo y yo vuelvo con él, con quien se dice mi padre.
Los otros pasajeros me miran como un maldito bicho raro, como si nunca hubieran visto a un chavo fumar, de seguro sus jodidos hijos están más apestados que yo por este cigarro. El chofer del ómnibus nos acarrea, los nueve pasajeros abordamos. Me hundo en el asiento; esta paradita me cayó mal, pues el frío traspasa fácilmente el cuero negro. Noviembre siempre es así, con las estrellas perdidas en el frío. Acomodo mi guitarra, mi “negra”, para evitar que se caiga del asiento. Veo por la ventana y recuerdo la primera vez que mamá perdió el cabello, de hecho muy apenas recuerdo los rizos cafés por su frente, estaba cansada casi todo el tiempo, se quedaba dormida en los sillones y a veces me obligaba a tomar la siesta con ella. Yo renegaba, lloraba y trataba de hacer un buen trato para escapar de la alcoba, pero poco a poco, al llegar de la escuela, ya era hora de la siesta. Y en la noche, después de esas fantásticas historias donde éramos estrellas de rock, ella tocaba frenéticamente la guitarra de aire, se acababa El son del dolor y comenzaba mi canción, me cargaba por unos segundos y, si no estaba él, subía todo el volumen y cantaba: “Nunca supe cómo bajarte a ti una estrella, pues mi reino no pasa de la azotea”. Me devolvía a la cama, y mil besos después, me dormía.
Creo que siempre he soñado con ella, a pesar de todas esas patrañas que me cuenta mi abuela. Yo nunca vi a mamá con un cigarro en la boca y ella me amaba, me amaba, no me la imagino fumando mientras estaba embarazada; y si fuera cierto, todos y todas fuman en la familia, es más culpa de mi abuela que de ella. Además el cáncer le dio en el colon, no en los pulmones. La abuela sólo lo dice para que yo deje de fumar, como si ella misma pudiera dejar de hacerlo; pero no creo que eso pase, es nuestra única escalera al cielo. Llevo conmigo todos los casetes de mamá: Rock en tu idioma y muchos clásicos en inglés. No sé por qué mamá nunca aprendió a tocar la guitarra, por qué en vez de ser una rockstar se casó con un viejo amargado diez años mayor que ella: se conocieron, salieron y no sé exactamente su historia, a la abuela nunca se la contaron, ella sólo sabe que por mi llegada mamá dejó la universidad. Quizá su historia en algún momento fue de verdadero amor. Lo único que lamento es que los CD están remplazando a las cintas y en la casa de la abuela se queda la casetera; ahora los escucharé en solitario, en mi walkman. Igual y en la ciudad de México las encuentro en disquito para cualquier reproductor láser.
Cuando los rizos de mamá volvieron a crecer, yo aprendí a leer, hacer cuentas y hasta la tabla del cinco. Ella me llevaba todos los días a las clases de batería, porque en nuestro grupo, yo era el baterista, él el bajista y ella la guitarrista. Tocaríamos todas sus canciones favoritas, conoceríamos a mi tocayo Alfonso André y nos echaríamos un palomazo, como grandes amigos. Todas las noches “ensayábamos”; para ese entonces mamá dejó de cantarme la misma canción, sólo me cantaba con las que podía tocar furiosamente su guitarra de aire y sacudir su corto cabello. Yo siempre quería más, pero teníamos que detenernos antes de que él llegara, lo único que me hacía dormir era la promesa de que el día siguiente sería más emocionante.
—Mira qué tarde es y no hay rastros del sol; si no te duermes no podrá amanecer, así que cierra los ojos para que el sol vea que estás dormido y se anime salir.
—Pero ya quiero que sea de día, mamá —qué tarado me veo, ojalá nadie haya escuchado que hablo solo y dormido. Mejor me levanto. Todos los pasajeros parecen estar soñando cosas inquietas. Camino hasta el final del autobús, tengo más sed que ganas de orinar, pero entro al baño. Aquí sí se siente la velocidad, ¿así cómo puedo orinar? Seguramente sentado, como indican los dibujitos en la puerta. Sólo me miro en el espejo. ¿Qué demonios hago aquí? No tiene sentido que deje a mi abuela, que deje mi casetera, que deje que me manden con él. Aún retumban en mi mente las súplicas de mi abuela diciéndole que soy un buen chico, que puedo recomenzar la prepa allá, que está muy enferma, que ya tiene los labios morados, que muy apenas la cuidan a ella, que me reciba con su nueva esposa y sus dos hijos, que después de todo yo también necesito un padre.
Me veo en el espejo, casi no puedo mantenerme de pie. Dicen que tengo los ojos de mi mamá, casi no la recuerdo: me es muy difícil no mezclar los momentos de cuando ella tenía cabello, con la imagen de su cabeza cubierta por los pañuelos multicolores. A menudo necesito recordarla mientras veo algunas de sus fotografías de cuando yo nací, con su pelo hasta la cintura y su piel sin manchas. Sus ojos combinaban con su cabello y tenía la misma nariz que la mía, larga y delgada. ¿Qué dirá él cuando me vea? ¿Se acordará de ella?
Regreso a mi asiento. A la noche le cuelga un rato y al viaje unas ocho horas. A veces, cuando se me antoja un cigarro, en un flashback, veo a mi mamá fumando y hablando al mismo tiempo, pero nunca encuentro ese momento exacto en mis recuerdos. Ya no sé, quizá simplemente era cierto.
La segunda vez que mi mamá perdió el cabello, todo fue tan rápido, tan oscuro y mi memoria lo resume en sólo tres actos: en el primero ella está vomitando, hincada en el baño, con la luz apagada, yo la enciendo, ella voltea y me dice que todo está bien; en el segundo, ya no tiene cabello, se mira en el espejo con una enorme cicatriz en su vientre hinchado, sonríe diciendo que parece negrito de África; en el tercero está acostada en su cama, se escucha mi canción, con la que siempre me dormía la primera vez que perdió el cabello, me abraza y me canta la primera estrofa, me suelta; yo me levanto y toco la cabecera con mis baquetas, entonces entra él y me dice que deje mi escándalo, que mi mamá necesita descansar. Después de ese día no la volví a ver.
Desde entonces estuve con la abuela. Pasaron los días. Él venía muy pocas veces a verme y en una de sus visitas, de no más de diez minutos, me trajo un walkman, todos los casetes de mi mamá y un par de baquetas nuevas. Sólo me dijo que ella me las mandaba, que ahora eran mías. La abuela lloraba gritando, que por cuidarme, no cuido a su hija; a él se le quebró la voz por unos segundos. No quise escucharlo más, me coloqué los audífonos y corrí tan rápido que en un instante ya estaba en el patio. La noche comenzó a apoderase de todo, inclusive de mí y del rock a todo volumen. Mi corazón latía tan rápido, sólo podía llorar, pero en un instante paré de golpe, entonces vi las estrellas de noviembre y parecían brillar más que nunca. En ese momento creía firmemente que mamá seguía viva, pues las estrellas como ella seguían brillando. Me quedé mirándolas, mientras la batería estallaba en mis oídos y el bajo retumbaba en mi estómago. Ella tenía que estar viva.
Ahora ya no me deslumbran las estrellas, trato de no verlas, porque cuando la inmensa energía irradiada por una supernova nos cautiva, sólo significa que ha muerto años luz atrás. Menos toco la bataca, pues la abuela administraba demasiado bien el dinero que él me mandaba y nunca lo desperdició en tontas clases de ruido. También controló casi todo mi tiempo, así que en  secundaria, no iba a clases, para aprender a tocar la guitarra y fumar atrás de los salones. Para segundo año, la abuela aceptó que entrara a la rondalla, mientras no descuidara mis tareas. Creo que lo permitió porque a la familia se le pasó la lástima por mí. La abuela dejó de cuidarme y defenderme todo el tiempo, entonces me convertí en el jodido hijo del dominio público: todos tenían el derecho de regañarme, pero sin la obligación de darme algo, pues no eran mis padres. De cualquier forma nunca tuve que pedirles nada. Él me regalaba lo que yo pedía en cada navidad y quinientos pesos para mi cumpleaños. Así que la navidad pasada me mandó mi guitarra eléctrica, mi “negra”, y el amplificador. Nos volvimos inseparables, por eso mi negra va a un lado mío, entre la ventana que muestra la noche y yo. Aunque en vez de púas me mandó un par de baquetas, él lo recordó: en nuestra banda yo era el baterista. En ese instante me sacó de onda, y esa navidad, el sonido de una batería volvió a estallar en mi cabeza. Supongo que por eso estoy en este autobús, tratando de sentirme unido a él, imbécilmente quizá, después de ocho años.
Sé que es una razón estúpida. Pero supongo que soy estúpido. Porque desde el funeral de mi mamá no volví a tomar unas baquetas. Tampoco me acerqué a verla en el ataúd, sólo me paré detrás de las cortinas. Le di lástima a la abuela, me rescató de esa tela gris: aún recuerdo su rostro rodeado de canas y el resto de su cabello café detrás de sus orejas, sus ojos cristalinos mirándome; ésa fue la última vez que me cargó, yo le dejé el hombro empapado y entonces regresamos a casa. Al llegar, sólo miré por la ventana hacia la calle. La abuela fumó en silencio toda la tarde en la cocina. Se hizo de noche. Vi que él llegó, bajó con una maleta de su carro negro. Entró a la casa, trató de no verme y habló más de diez minutos con la abuela. Yo seguí en la ventana, con la cara fría y el walkman con la cinta atorada. De cualquier forma no escuché lo que decían. Él se me acercó, me abrazó y se fue. Quise correr tras él, pero sólo toqué el vidrio con las baquetas. La abuela me las quitó y me dijo que odiaba ese ruido, regresó a la cocina y yo volví a la ventana. Él no se detuvo por mí, ni siquiera volteó, subió a su auto y arrancó. Con la cara helada y sin cerrar los ojos, pasó, el sol apareció. Y yo, tan estúpido, pensé que no iba a salir hasta que yo pudiera dormir. De nuevo el llanto de niño estúpido, que ahora no vale nada.
En la camionera, la abuela se despidió de mí. Me abrazó tan fuerte que pensé que sería eterno. Esta vez ella mojó mi hombro y yo la cargué por un minuto. Me sonrió y dijo que todo estaría bien. Entonces me dieron ganas de llorar, pero no lo hice. La abuela con todo su cabello canoso, me envió lejos para que yo no la vea sin pelo, para que no volviera a vivir lo mismo. Mis tíos le insistieron que era tarde, que me dejara ir ya. La abuela sólo se detuvo para decirme que dejara de fumar o fumara lights. Supongo que recordó que me quitó mis baquetas.
  Mamá siempre dijo que la noche me pertenecía; el sol no saldría si yo no dormía, pues las noches son de las estrellas como yo, como nosotros. Y yo le creía, de verdad le creía, así que cerraba los ojos para que volviera a ser de día, porque además así comenzaban nuestros sueños y terminaban en un gran concierto de rock, más que mágico. Pero el sol sale cada madrugada pese a que yo siga despierto y mire por la ventana, con el walkman a todo volumen. Aun así, a veces me aferro a sus palabras aunque el amanecer me alcance sentado de camino a ninguna parte, sin que yo cierre los ojos y el sol simplemente salga somnoliento de entre las noches frías de noviembre y las estrellas que se desvanecen entre un cigarro y otro.


Tania Plata
Durango

Publicado originalmente en: Malcriadas Miniatura, Nitro/Press


viernes, 18 de marzo de 2016

Semana Santa

Escogimos Tepetongo porque a nuestro parecer es el mejor balneario de México, nada que ver con las nacadas de la playa en el Zócalo donde todos los gordos y prietos se van a dar sus baños de pueblo y agua puerca, Michoacán  con su clima benévolo y su aire limpio ofrece mejores opciones para una familia como la nuestra, que no es grande, pero tampoco pequeña, que no es adinerada pero tampoco pobre y que siempre se ha preciado de tener  buen gusto en sus vacaciones. Me chocan los chilangos son bien nacos,  todo ensucian y llenan de caca y basura. Nosotros no,  venimos de Veracruz con nuestros valores bien aprendidos, humildes pero conscientes, nada de andar tirando la basura en la calle, para eso llevo yo mis bolsas del super. Debo reconocer que este año nos costó más trabajo el ahorro, es que ya somos 10 en esta casa y los cimientos y los dineros no aguantan tanto cuarto ni tanta escalera de caracol, es curioso, pero a veces me parece que vivimos en un laberinto, cuando quiero ir a mi cocina y me equivoco de escalera, termino en el cuarto de mi sobrino. Pero bueno, le decía vecina que nos vamos a Tepetongo y que casi no juntamos para las vacaciones,  desde que está la cosa esa Uber  ya no nos va bien con el taxi, mi marido se aplica y a duras penas saca 500 diarios, pero trabaja desde bien temprano, se cansa bastante y gasta  mucho en gasolina. Yo antes en semana santa estrenaba traje de baño y sombrilla pero este año llevare los viejos, mis nietos se bañarán en su trucita que la verdad pasa muy bien por traje y no comeremos en restaurantes, puros sándwiches, arroz y huevos duros que llevo, no se crea nos daremos nuestros lujitos, mi marido ganó una apuesta y tenemos una reja de cocas, mi consuegra junto de su pensión y coopero para unos bombones que pensamos asar en una fogata a la luz de la luna, le digo sencillitos pero llenos de detalles nuestros días de descanso. Sólo espero que no se llene mucho, ya ve que la gente es tan así, que no respeta y para decirlo claro es bien atascada, alguna vez fuimos a la Ola en Chapultepec pero no se imagina, llenísimo, el agua toda miada, los refrescos bien caros y la gente bien naca ahí toda amontonada. Usted no sale, que triste, tanto chingarse trabajando en el puesto de quesadillas y ni un descanso, ¿su marido es bien borracho verdad?, afortunadamente el mío me salió bien trabajador, feo pero trabajador y ya ve, en esta casa todos trabajamos, usted se para las chingas sola, ni cómo ayudarle. Yo creo que es necesario darse esos descansos, sino se va a morir usted bien joven,  dígale a su marido que deje de chupar y que la lleve a pasear aunque sea al Zócalo,  a lo mejor a usted si le gusta la playa que ponen y se mete a bañar. Pero bueno la dejo, que nos vamos mañana temprano y no he puesto los huevos a cocer, Tepetongo no me va a fallar, le digo, yo me considero una persona que sabe apreciar lo que ve y vive,  por eso sé que esta Semana Santa nos vamos a divertir mucho en familia , ya después que sea lo que Dios quiera.
Raziel Jacobo Correa Alvarado
CDMX  2016