domingo, 2 de octubre de 2011

La Fraternidad


Éramos cinco, cada uno decidido a demostrarle al otro que aquello no era juego, enfrascados en una batalla más, otra ceremonia dedicada al Dios Baco de los perdedores. Todos burócratas de segunda, formados siempre en el escalafón hacia el ansiado ascenso que jamás llegaba, trajes brillosos de tanto uso, contentos con portar uno que otro accesorio de marca, el cinturón Hugo Boss, la corbata Armani, el reloj Swatch, comprados a crédito y en pagos interminables. Altaneros, soeces,  egocéntricos, ocultos tras capas de soberbia y pedantería, empecinados en mostrar orgullo y aplomo, brindando con el compañero enemigo y disfrutando aquello que tenia muy poco de reunión entre camaradas y si mucho de disputa. Nos conocimos en la universidad, cuando podría decirse que aun éramos promesa,  al menos de nuestras familias, que ponían mucho de su parte para creernos tipos inteligentes y diferentes, capaces de enmendar la larga carrera de errores familiares. Nos acercó la bebida, cosa común en esos ambientes,  pseudo-estudiantes capaces de dejar la vida en una botella con tal de demostrar hombría y aguante, largas borracheras en donde la felicidad era tomarse al mundo y mandar al carajo la realidad.  De todo aquello sólo quedo la anécdota, tipos que vagaban en la mediocridad de reunirse a contar logros pasados e historias carentes de interés para cualquiera, las mismas de siempre repetidas como mantra de nuestro vicio: el día en que uno………aquella vez en que……..todas esas botellas que nosotros…….Ceremonia de pocos, soledad compartida si es que puede existir el término, beber con el otro sin prestarle atención, cada uno encerrado en su trago y sus demonios. Nos turnábamos el recorrido al refrigerador en busca de cervezas entre burlas y apremios, éramos mediocres si, pero capaces de sacudirnos la desidia y emerger de nuestras corazas con tal de ser el más bebedor,  pobre de aquel que intentara dormir o decir basta no puedo más, el reto residía en demostrarnos que aquella empresa aun estaba a nuestra altura, fraternidad de perdedores, amigos del exquisito arte de matarse poco a poco, libar entre iguales era la única catarsis que buscábamos, una batalla más entre nosotros, un rito más de nuestra hermandad, bebimos hasta el final, como debe hacerse,  hasta que no pudimos más, hasta dejar el vaso sin terminar, hasta descubrir que no había respuesta y la felicidad nos tendría que esperar. 
Raziel Jacobo Correa Alvarado
México D.F.

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