miércoles, 6 de junio de 2018

Editorial





El fracaso


Todos lo hemos padecido, en mayor o menor medida, todos reconocemos que en varios planes de vida las cosas no han salido como esperábamos, que la ruta que habíamos trazado para ser felices y adinerados se truncó y se rompió por el hilo más delgado: nosotros. Vienen entonces las reflexiones positivas: “Si te caes 7 veces levántate 8”, “El fracaso es la oportunidad de reinventarte”, etcétera, lugares comunes de aquellos que ven en los descalabros los escapes a su realidad. En Desencuentros nos consideramos expertos en el fracaso, consideramos tener un vasto currículum de reveses que al menos nos dan para escribir una historia, sin moraleja o sin enseñanza, por la pura catarsis. 
Nuestro propósito para 2018 es llegar a ser el mejor blog de toda la Internet, también lo fue en 2017, justo en la recta final  se nos chingó la rodilla y nos refugiamos en la bebida,  pero hemos vuelto del fondo del abismo, su colaboración, querido lector,  es indispensable para no volver a fracasar.

lunes, 4 de junio de 2018

Tributos particulares

(SEGUNDA PARTE)


-¿Así de mal está la situación?- dijo Patricia cuando se percató de las botellas regadas en el piso del cuarto de Clementino.
Clementino asintió sin prestarle mucha importancia al comentario. Colocó las bolsas del supermercado en el piso, en una parte libre de otras botellas, se quitó el suéter; extrajo una caguama de una de las bolsas, busco el destapador, lo encontró, le dio uso y un vapor frio escapó de la botella. Tomo un vaso, lo lleno, cuidando que no se produjera mucha espuma, y lo ofreció a Patricia. Clementino comenzó a beber directo del envase. “solo tengo un vaso”, dijo a manera de disculpa; Patricia encogió los brazos, como para expresar su conformidad.
En las bocinas del minicomponente comenzó a escucharse Whiskey River. Clementino fue a sentarse en el piso a un lado del sofá-cama recargándose en la pared.
-¿Cómo se encuentra Alex?- Clementino pregunto más por cordialidad que por interés.
-Lo mismo de siempre, ya sabes: a veces no nos toleramos, hay días buenos, los hay malos… a veces quiero reventarle la cabeza con lo que sea que tenga a la mano y hay días en que no quiero despegarme de él, eso pasa, sobre todo, los domingos, cuando amanecemos abrazados y me hace sentir protegida.
-¿Cómo es eso? ¿Cómo puedes amar y odiar a la misma persona según el día de la semana?- pregunto Clementino intrigado.
-No lo sé, supongo que es parte del paquete. No todos los días pueden ser soleados, tiene que haber de todo, sin embargo, al final del día, cuando se nos pasan las ganas de destrozarnos, recuerdas porque estás con esa persona- Patricia sonó convencida de sus palabras, pero algo le hizo pensar a Clementino que no lo estaba tanto.
-No lo sé, parece triste…
-Lo es, pero, a la par, no lo es. Creo que es la parte que no te dicen, que el amor esta lleno de zonas grises, victorias a medias, sabores agridulces, etcétera.
-¿Cuál es la razón que recuerdas al final del día para estar con Alex?
El vaso de Patricia tenía la mitad de cerveza, lo bebió de un trago tras la pregunta de su interlocutor. Inmediatamente, pidió a Clementino que lo rellenara; éste, estaba por levantarse para servirlo cuando Patricia lo interrumpió “quédate sentado, voy para allá”. Se levantó de la silla y fue a sentarse a lado de Clementino, quien le ofreció la cerveza tamaño familiar; ella tomo el envase por encima de la mano de él, como dirigiendo la operación; lentamente comenzó a empinar la botella sobre el borde del vaso de cristal que sostenía en la otra mano hasta que el líquido llego al punto de casi derramarse.
Patricia bebió dos tragos y coloco el vaso sobre sus piernas extendidas; luego, como si estuviera cansada o aburrida, recargo la cabeza sobre el hombro de Clementino y restregó suavemente su rostro sobre su brazo, como un cachorrito que busca cariño. Para Clementino era más sencillo advertir las señales con algo de alcohol en sus manos, así que levanto el brazo y rodeo la espalda de Patricia con él. Ella levanto el rostro y lo miro fijamente, como esperando una invitación; él agacho un poco la cabeza para sincronizar las miradas; entonces ella lo beso, fue un beso largo y profundo, con premura. Un beso honesto.
Patricia soltó el vaso para tomar con ambas manos el rostro de Clementino; la cerveza se le regó por encima del vestido y lo traspaso hasta llegar a las medias. La mujer se exalto debido a la frialdad e interrumpió el beso, levanto el vestido hasta quitárselo y se puso de pie para quitarse las medias de licra, “¿tienes papel?”, pregunto; Clementino la miro, solamente vistiendo las bragas y el sostén, negros ambos, entonces respondió, “no lo necesitas. Ven.”. Patricia se acercó un poco, el hombre se arrodillo frente a ella y comenzó a lamer el líquido de los muslos; al principio, ella se sintió incomoda, pero al poco rato comenzó a disfrutarlo.
La lengua de Clementino pronto rumbo al norte de la anatomía de Patricia y se detuvo en el pubis, cubierto aún por la tela de algodón; rodeo con sus manos el trasero de la mujer y lo apretó y masajeo hasta que se encontró con el borde de la prenda, lo tomo con todos sus dedos y lo bajo hasta la altura de los tobillos. Entonces, Clementino arremetió con la nariz contra la vulva y comenzó a olfatearla, como un sabueso antinarcóticos. Sentía los vellos rasguñándole el rostro, pero lejos de desistir, Clementino abrió la boca y extendió la lengua lo más que pudo. Patricia, que para ese momento soltaba gemidos cortos, separo ligeramente las piernas, a manera de bienvenida.


-Creo que nunca me lo habías hecho así- Patricia sonó algo sorprendida, mientras se reacomodaba sobre el sofá-cama y buscaba una cobija con la cual cubrir los cuerpos desnudos de ambos del aire que se colaba por la puerta abierta.
-¿Qué?- Clementino no sabía a qué se refería.
-Esta noche me has hecho el amor, generalmente contigo es, o sexo divertido o rudo. Hoy ha sido más que eso. No sé si debiera preocuparme o celebrarlo.
-¿De que depende?
-De si estabas conmigo o si pensabas en tu ex mientras lo hacías…
-Sabes que te quiero, pero no de esa forma. Lo siento.
-Entonces me preocupare- dijo ella con evidente decepción.
-¡No lo hagas!
-¿Por qué no debería hacerlo?
-Porque eres la única mujer en la que confió y quizás eso es más valioso.
-¿Qué tienes tú con todo ese tema de la confianza?
-Así me educaron.
-No entiendo…
-Mi anciano papi no me dejaba tener amigos cuando era niño, decía que no debía confiar en nadie.
-Eso es perturbador.
-Lo es, también decía que, en el dado caso de que tuviera un amigo, no debía dejarlo entrar a mi casa.
-Bueno, quizás lo dijera por que algún culero le hizo alguna mala jugada…
-Ese es el punto, últimamente, creo que el culero era él.
Patricia soltó una risotada.
-Ahora entiendo porque estás tan jodido- dijo ella- pero esa no es manera de hablar de los difuntos.
-Sabes que lo quiero, a pesar de todo; pero la muerte, no borra los actos cometidos en vida.
-¡Eso que ni qué!- dijo Patricia confusa- ¿Podemos brindar por tu anciano papi?- agrego tímidamente.
Clementino se levantó del sofá-cama, levanto el vaso de cristal del suelo, lo lleno de cerveza, se lo extendió a Patricia. Entonces, Clementino choco el envase con el vaso que sostenía ella y dieron un trago largo.
-¿Te digo algo sin que te molestes?
Clementino asintió, con el ánimo de quien sabe que lo que le digan lo va a encabronar.
-Creo que, si juegas bien tus cartas, puedes seguir acostándote con tu ex- dijo ella, como alguien que acaba de descubrir el hilo negro.
Clementino, como lo intuyó, se encabrono, pero no dijo nada, solo hizo una mueca de hartazgo.
Patricia, al ver su reacción, reanudo la conversación.
-¿Por qué no lo intentamos nosotros?
-¿A que te refieres?- pregunto Clementino fingiendo no saber a lo que se refería.
-Tu y yo, algo serio.
-Solo si estas dispuesta a que deje de confiar en ti…
-¿Por qué habría de ser así?
-Bueno, en primera, no quisiera que me reventaras la cabeza con nada…-Patricia interrumpió a Clementino con una risotada, luego él continuo- hablando en serio, jamás podría volver a confiar en ti porque siempre estaría esperando el putazo; o sea, esperando a que llegase alguien más a ofrecerte algo que no puedo darte. ¿Sabes a que me refiero, no?
-Lo entiendo. ¿Puedo preguntar algo mas?
-Pregunta.
-¿Qué tiene ella… qué tiene ella que no tenga yo? ¿Qué es lo que hace que estés así, tan desolado?
-No lo sé, para ser honesto. Si debo hacer una hipótesis, diré que es como el tesoro escondido, es decir, si tú la vez caminando por la calle, quizás no te llame tanto la atención, pero si la miras con detención es hermosa, aunque no sé hasta qué punto su belleza coincida con los cánones socialmente aceptados actualmente. No espera que uno pague las entradas al cine y las palomitas, ni quiere ser la damisela en peligro, es autónoma, pero no puedo decirte el resto, porque eso me lo reservo para mis adentros.
-Entiendo…- dijo, aunque Patricia, realmente, no entendía- ahora, bésame de nuevo, como hace rato.
Clementino lo hizo y la faena volvió a comenzar.

>(continuará)


Elvis Castillo
Cuauhtémoc, Ciudad de México 2018


miércoles, 30 de mayo de 2018

Gatos mamones, perros violentos

Pedro se declaraba neutral en la guerra entre perros y gatos, lo dejaba claro desde el principio. No quería entrar en controversia con los vecinos por tonterías, menos a unos días de haber llegado, le importaba ser discreto dar una buena primera impresión, llevarse moderadamente bien sin llegar a ser el mejor amigo de todos, y sobre todo no dar pie a que se corrieran rumores de él. Sin embargo el tema estaba de moda y tenía que tomar una postura. 

En todas las ciudades del mundo civilizado la preferencia por los gatos crecía mientras que la imagen de los perros vivía su peor momento en la historia: el bozal y la correa eran obligatorios, los países nórdicos - que son los más avanzados del mundo- habían implementado con éxito un impuesto canino que otros países, principalmente los subdesarrollados, tenían urgencia por copiar.

-Los perros son violentos y cochinos -decían los del frente pro felinos- son un peligro para los gatos, los niños pequeños, y un foco de infección, igual que sus dueños.

-Todo esto es muy injusto - alegaban los amantes de los perros- los animales no tienen la culpa de su instinto, los accidentes pasan, nosotros no tenemos nada contra los gatos ni contra cualquier otro animal pero, sus dueños son insoportables.

-Sí, es un asunto delicado. Yo por eso no tengo mascotas - respondía Pedro para finalizar la cantaleta de ambos bandos.

Los vecinos se excusaban diciendo "no te creas, yo tampoco me lo tomo tan en serio" o "solo tengo dos gatos", pero coincidían en que el vecino del 8 era por mucho el más radical, un ermitaño al que afortunadamente veían poco, había que andarse con cuidado al hablar con él del asunto, pues se negaba incluso a castrar a sus gatos. Se le calculaban cinco bastante cabrones, sin freno, que actuaban en pandilla, todo el edificio era su territorio. Se colaban a los departamentos para robar comida, sacaban la basura de los botes, bajaban la ropa de los tendederos, se orinaban en los pasillos, sometían a los otros gatos y molestaban a los perros encadenados. No tardaron mucho en colarse al departamento de Pedro.

Fue de madrugada, Pedro escuchó ruidos en la cocina y salió sigiloso del cuarto. La luz del refrigerador abierto iluminaba a la pandilla que devoraba en el suelo el queso y el jamón. ¿Cómo le hicieron para abrir el refrigerador y luego la jamonera? Pedro no pudo más que sentir respeto y admiración por la inteligencia de esas criaturas y los dejó terminar de comer antes de que encendiera la luz. Los espantó con una escoba fingiendo enojo y los gatos huyeron por la ventana abierta. Él recordaba haberla dejado cerrada.

La admiración por la pandillita de gatos se volvió coraje la tercera vez que entraron, Pedro no los vio porque fue por la tarde, cuando estaba "trabajando", pero al llegar la casa era un desmadre, los gatos se comieron hasta las verduras y se cagaron en la alfombra de la sala. Tenía que ponerles un alto.

- A mi no me venga con chismes, conozco bien a mis gatos, son traviesos pero muy limpios solo cagan en el arenero. Seguro fueron otros, ahora ya todo mundo tiene gatos sin tomarse la molestia de educarlos- dijo el vecino del 8, asomando solo la mitad del cuerpo por la puerta entreabierta, como queriendo impedir que Pedro viera el interior . 

- Conozco a sus gatos, no es la primera vez que se meten a mi departamento.

- Le repito, ¿cómo sabe que son los míos?, me molesta mucho que la gente venga a levantarle falsos a mis gatos solo porque son un poco juguetones.

- Mire, yo no tengo nada contra los gatos, contra ningún animal solo le estoy pidiendo que..

- ¡Ahh! ya salió el peine- interrumpió el vecino del 8.

-¿A qué se refiere?

- Es usted uno de esos estúpidos amantes de los perros.

- ¿Qué?, yo ni siquiera tengo mascotas.


- Pues eso es lo que dicen esos idiotas "yo no tengo problema con ningún animal" y terminan azuzando a sus bestias para torturar inocentes gatitos. ¡Un estúpido y un sádico! eso es lo que es.

Sin mediar más palabras Pedro sujetó al vecino por el cuello de la playera mugrosa. Del interior de su pantalón sacó una pistola y se la puso en la cara.

-Se lo advierto, pedazo de pendejo, no sabe lo que soy capaz de hacerle si sus pinches gatos vuelven a entrar a mi casa.

Le dió un culatazo en la nariz y lo empujó. El sangrante vecino cayó de nalgas dentro del departamento, la puerta se abrió y Pedro pudo ver muchos gatos, eran muchos más de cinco escondiéndose debajo de los sillones y los cuartos.

Santo remedio, ningún gato se volvió a meter en el departamento de Pedro, el edificio entero se preguntaba qué habría pasado ¿Qué les habría hecho el nuevo vecino a los gatitos del 8 para que ya no les permitieran salir y el vecino decidiera castrarlos? Se corrieron rumores de que tal vez Pedro era zoofílico. ¿A qué se dedicará? Sabrá dios, decían, pero definitivamente dejaron de dirigirle la palabra, pues no se puede confiar en un hombre soltero que no sea capaz ni de tener una mascota.

Romeo Valentín Arellanes
Chimalhuacán, Estado de México
Mayo2018




lunes, 28 de mayo de 2018

La bruja en patineta

No sé con certeza quien fue el que miró a quien esa primera vez, pero la tarde en que nos encontramos en la ciudad, quedé completamente flechado o como decía mi maestro de ética: ensimismado.

Y es que no era para menos, era una princesa hipster. Su hermoso cabello rojizo en tono caoba, su vestimenta muy ad hoc a su edad, con colores llamativos y que dejaba lucir su esbelta figura moldeada como de cera. Calzaba unas botas color marrón. Sobre el piso una singular patineta muy bien diseñada con tonalidades fluorescentes.

Fue inmediata la atracción, sentí un golpe, de esos como cuando llega una repentina ola por la espalda y te azota y te sacude como un trapo.

A pesar de mi fuerza de voluntad, que no puedo decir que era la gran cosa, sucumbí ante la mirada de aquellos hermosos ojos verde esmeralda.

La seguí por algunas calles, no pude alcanzarla a mi paso, ella iba montada en su veloz patineta, tuve que correr y en el primer semáforo en rojo, le pregunté:

—¿Por qué vas tan aprisa?

Volteó y sonrió, ni así bajó la velocidad. Ante mi ánimo de conocerla, seguí corriendo como loco. La gente me miraba con asombro. No me importaba, bien sabía lo que quería, y mi objetivo era ella.

Corrí a más no poder. A pesar de la incomodidad de mi traje Slim fit y mis zapatos de vestir, pude alcanzarla nuevamente.

—Dime cómo te llamas.

—Alcánzame y lo sabrás.

Aceleró y seguí tras de ella, mejor dicho tras su patineta, la cual no necesitaba impulso alguno. Parecía turbina.

Por fin se detuvo. Me encontraba hecho una sopa, mi barba que con tanto cuidado arreglaba cada mañana, se encontraba llena de sudor, mi moño de color azul pastel parecía estopa de mecánico, mis zapatos eran un asco, mi traje parecía chicharrón, mis lentes de pasta habían sobrevivido, sin embargo, lo conseguí, me miró a los ojos con una hermosa sonrisa, me dejó ver la blancura de sus dientes, parecidos a la espuma del mar.

—Soy Eugenia.

—¡Hola!; yo soy Morgan. Contesté.

—ya lo sabía. Tu apellido es… Alanís.

Quedé asombrado, ante tal adivinación, pero no le di mucha importancia.

Después de ese día ya nada pude hacer, ese fue el principio del fin.

A pesar de mis ocupaciones; me las arreglé para verla, casi a diario.

Al mes de conocernos, nos hicimos novios. Era el colmo de nuestra relación, a ella no le gustaba viajar en auto, siempre utilizaba la patineta. Terminé comprando una bicicleta italiana de fibra de carbón con la finalidad de viajar a la par, al final de cuentas terminé junto con ella sobre la patineta. Íbamos al cine, al teatro, a comer, a cenar, siempre montados en la veloz tabla de cuatro ruedas. Era un hecho que a todo lugar que llegábamos la gente nos miraba con extrañeza, como si fuéramos delincuentes. Llegaría a la conclusión de que a veces se hacen tonterías cuando se está enamorado.

Cierta noche después de asistir a una obra teatral, había caído un aguacero, le pedí abordáramos un taxi, el tráfico era terrible, se negó, me pidió subiéramos a la patineta, me pidió la sujetara por la cintura con fuerza, enseguida se impulsó, era increíble la velocidad que desarrollaba esa pequeña tabla, automáticamente encendió unas pequeñas luces de led con tonalidades rojas, azules y verdes. Maniobraba con maestría, cruzaba avenidas, rebasaba autos, motocicletas, en fin parecía un sueño. Mi rostro, en ese momento sentía cada brisa nocturna, cada elemento, cada partícula de aire fresco. Cerré mis ojos, una sensación maravillosa se apoderó de todo mí ser, no sé

cuánto tiempo transcurrió, pero al abrir los ojos, nos encontrábamos en la calle donde se situaba su casa.

Me invitó a pasar. Accedí. El interior de la casa estaba lleno de muebles antiguos, además de cuadros muy hermosos. Eugenia entró a su recamara y me pidió que la esperara. Inmediatamente de una recamara contigua, salió una simpática dama muy elegante, a pesar de su madurez, se veía muy guapa, tenía, ojos color verde esmeralda, iguales a los de Eugenia.

—Hola, ¿y tú quién eres? Preguntó la mujer

—Soy Morgan, novio de Eugenia

— ¡A que chamaca!, ya no me platica nada, no sé nada de ella, era tan diferente de niña, todo me contaba. Ahora todo me oculta.

Me quedé sorprendido, no sabía que decir, pero me atreví:

— ¿Es usted mamá de Eugenia?

—No, soy Margarite, abuela de Eugenia; su madre falleció hace algunos años, desde entonces la he cuidado, ha sido como mi hija, aunque ella no me trata como su madre.

—Qué pena, no lo sabía, es que Eugenia no me platica muchas cosas. Agregué:

—No seas impaciente, ya sabrás todo de ella, no comas ansias, a veces las cosas llegan cuando menos las esperas.

Tragué saliva y aclaré tratando de ser cordial:

—Señora, se ve usted muy joven

—Eso me lo han dicho muchas veces, pero ¿sabes algo? La gente dice cosas para sentirse bien o para tratar de hacer sentir bien a los demás, pero me doy cuenta que tú eres sincero, me caes bien Morgan, que bueno que estarás con Eugenia para toda la vida—

Tragué saliva, se me hizo un gran nudo en la garganta, se me fue el habla y mi vista se nubló.

Ella me aclaró:

—No te espantes, no es para tanto, no tienes porqué ponerte así. Pelaste tremendos ojos que parecías búho. Bueno Morgan me ha dado mucho gusto conocerte y mejor me voy porque si sale Eugenia y me ve aquí, se arma en grande, cuídate y cuídala, la van a pasar bien, ya veras, por cierto preparé una bebida deliciosa, receta de familia, a base de cacao, albahaca, rosa de castilla, hueso de mamey y piloncillo, te serviré un vaso—

Le di un sorbo, luego otro, hasta terminarla, jamás me imaginé que hubiese una bebida tan exquisita. Después, sin decir adiós desapareció súbitamente, escuché el sonido de la puerta de la recámara al cerrarse.

No pasó ni un segundo cuando Eugenia salió muy sonriente.

—Hola, ya llegué, escuché que platicabas con mi abuela, seguramente ya se quejó de mí. ¿Vedad?

—No, para nada, por cierto es muy agradable y muy guapa

—Ah, ¿te gustó?

Contesté:

—No dije eso, solo dije que es muy guapa, sabes que tú eres lo más importante para mí y no tienes que pensar mal

Me miró con malicia, pero a pesar de todo sonrió y me dio un beso.

Esa noche, me sentí muy cansado, soñé con Margarite, me llevaba a un lugar mágico, lleno de luces de incandescentes con colores pastel, me habló de la inmortalidad y de la trascendencia energética y dimensional del hombre.

Me dijo que había encontrado la vida eterna y que si yo la deseaba también la obtendría.

Sus ojos brillaron y lanzó unas carcajadas que me hicieron despertar. Me encontraba empapado de sudor.

Mi vida con Eugenia continuó maravillosamente, eran fiestas, antros, cocteles, cenas, reuniones, en fin, una actividad nocturna incesante; comencé a excederme con el alcohol y la comida; mi vientre comenzaba a abultarse en exceso, dejé de tomar agua y me dediqué a beber energizantes y refrescos endulzados, a comer frituras y pastelillos ricos en carbohidratos.

La parte más notoria en mi persona fue la de la falta de higiene, mi barba descuidada se hizo común, mis trajes llenos de residuos de comida o bebida, mi talla Slim Fit se transformó en XL, mis zapatos desaseados y mi rostro de desvelo y cansancio; llegaba tarde a diario y comencé a tener problemas con el ingeniero Gilberto, mi jefe.

Mi empleo era bueno en ese call center, daba el soporte técnico al sistema digital de llamadas telefónicas, así que era necesaria mi presencia desde temprana hora, pero a causa de mis aventuras nocturnas con Eugenia comencé a fallar.

Y vaya que si fallé, perdí mi empleo.

Eugenia seguía encantada, nunca la vi cansada, ni con sueño, ni fastidiada, en cambio yo traía en mi rostro unas oscuras e inmensas ojeras, parecía oso panda.

Se me acababa el dinero y mis ánimos ya no eran los mismos. Perdí a mis amigos. Comencé a tener problemas con mi manera de beber.

Un domingo por la mañana desperté sobre una banqueta, me encontraba totalmente enlodado, alcoholizado y empapado de tequila, no me reconocía. Lo más triste de todo es que Eugenia no sé encontraba conmigo.

Llegué a casa, otro conflicto más con mis padres. Esa tarde me dormí y no desperté sino hasta el lunes.

No sabía nada de Eugenia y me fui a buscarla a su casa. Me abrió Margarite, me dijo que Eugenia no había regresado desde el sábado.

Me preocupé, Margarite me ofreció la “bebida deliciosa”, la ingerí de un sorbo, luego otro y otro, hasta perderme.

Me quedé dormido en el sillón, sentí muy cerca de Eugenia, me beso, miré sus ojos color verde esmeralda, percibí su inconfundible aroma. Luego sentí como si voláramos en su patineta, veía claramente la inmensidad de las luces multicolores, sentí el aire frío que chocaba en mi rostro. Nunca me había sucedido algo semejante.

Me desentendí de mi exterior, a diario, en casa de Eugenia, ingería de la “bebida deliciosa”, ya no podía estar sin degustar de esos fantásticos sabores.

No podía distinguir entre mi realidad y mi fantasía, algunas veces caminaba sin saber a dónde dirigirme, mi madre me recluyó en un centro de rehabilitación juvenil, pensando quizás que consumía drogas, pues mi condición de inconciencia denotaba la falta de razón.

En el centro de rehabilitación me tuvieron amarrado por días, una madrugada llegó Eugenia, mi princesa hípster, me liberó, me devolvió la vida, me llevó a toda velocidad en su patineta luminosa, cruzamos el cielo nocturno y yo la abrazaba con todas mis fuerzas, estaba seguro que nada nos separaría jamás.

Perdí la conciencia, si es que algún día la tuve, perdí, creo yo, mi dignidad y mi orgullo.

Era muy temprano, cuando desperté me encontraba completamente sucio, no haré descripciones asquerosas, pero pueden deducirlo al decirles que había moscas a mi alrededor; me encontraba encima de algunos trapos llenos de tierra en aquel terreno baldío. A mi lado había una patineta, la tomé, di por hecho que se trataba de la de Eugenia y que me conduciría de nuevo a las interminables parrandas. Me equivoqué. Salieron de un callejón media docena de adolescentes desalineados. Me han puesto una santa golpiza. Cuando abrí los ojos, me encontraba en la Cruz Roja, después me enteraría, por dicho de un socorrista, que había estado al borde de la muerte, nadie se explica, cómo regresó mi pulso. Tenía puesta una descolorida bata de algodón y a mi alrededor dos hileras de cuatro camas cada una. Me entró una angustiante sed, me levanté medio mareado y comencé a beber de un líquido transparente de una jarra de cristal que se encontraba sobre una mesita.

Al probar es líquido, me supo a la “bebida deliciosa”, esa que tanto extrañaba, esa que elaborara Margarite. Me regresó la calma. Se apareció ella, y me gritó:

—Qué haces levantado, acuéstate, no puedes andar levantado—

La miré y le dije:

—Eugenia, mi amor, que bueno que viniste por mí, te he extrañado tanto, ven me has hecho tanta falta, creí que nunca más volvería a verte, ahora si nadie nos va a separar, ni Margarite, ni mi familia—

Me abalancé sobre ella, la sujeté con todas mis fuerzas, sentí como se agitaba su corazón, pero comenzó a gritar, llegaron dos doctores y otros enfermeros, me sujetaron, escuché que decían:

—Se ha vuelto loco, jálenle los brazos o va a matar a la enfermera—

Sentí algunos piquetes en mi antebrazo, me tranquilicé, se me cerraron los ojos.

Después de ese trágico incidente mi vida volvió a la calma, no sé con exactitud, cuanto tiempo pasó pero me pasaba la mayor parte del tiempo dentro de la casa, era tan amplia, y con tantas recamaras, que descansaba a pierna suelta, luego no sabía si era de noche o de día.

Dormía cuando entró Margarite agitada y gritando:

—Morgan, Morgan, asómate a la ventana, ahí va Eugenia, rápido—

Abrí la ventana, respiré el fresco aire, en la inmensidad de la noche, volaba una hermosa patineta multicolores, encima de ella, efectivamente, iba Eugenia, con un tipo que no era yo. Solté una lágrima.

Margarite, me miró con sus hermosos ojos y me dijo —anda, toma la “bebida deliciosa”—

No te aflijas, las cosas suceden por alguna extraña razón, sonrió y se dirigió a su recamara.


Javier Arroyo Arellanes
Ciudad de México 2018

viernes, 9 de marzo de 2018

Tributos Particulares

(PRIMERA PARTE)


El despertador sonó puntual a las cinco de la madrugada, el foco de la habitación estaba apagado, sin embargo, se iluminaba a medias por la luz del baño que se filtraba por el marco en el que debería haber una puerta. Clementino se encontraba resacoso; los últimos vestigios de licor regado en el piso a medio secar, disputaban el primer lugar por el aroma más fuerte en el ambiente al cenicero repleto de colillas. Era un día como cualquier otro, aunque no se sintiera como tal lo era, después de todo, puedo jurar que cada día, en alguna parte del mundo, a alguien le rompen el corazón, no nos enteramos de esos casos por la lejanía y el anonimato. Ocurre lo mismo con todas las tragedias, las idealizamos como algo muy remoto hasta que un día despiertas y te enteras de que lo que creías que no te podría ocurrir a ti, te está ocurriendo.

En ese clima despertó Clementino, aturdido aun por el contenido de la botella para que le alcanzó, con los labios resecos y una jaqueca que amenazaba con no desaparecer el resto del día; pero tenía un plan infalible: seguir bebiendo y postergar la resaca indefinidamente, hasta que se le pasara la sed o hasta que lo que sentía dejara de hacerlo miserable, lo que pasara primero. Sin embargo, la senda del alcohólico requiere recursos económicos para sostenerse, es lo que separa a un borracho funcional de los teporochos que mendigan la morralla sobrante de los godínez, eso y que los primeros no se conforman con Tonayan. Así que, a pesar de la escasez en intenciones de laborar, se vio obligado a levantarse de su sofá-cama, tambalearse mientras se vestía los pantalones, ir a lavarse la cara, a pesar del frío, y los dientes. Tomó la mochila, bajó las escaleras y tardó unos instantes en decidir si estaba demasiado ebrio para conducir la bici o si mejor tomaba taxi. Optó por taxi.

La mañana pasó lenta y fue de esas difíciles en las que el universo o el azar, decide que te tocará lidiar con la colección más extraña de personajes al tenerlos como clientes. Son personas imposibles, que creen que por comprar un atole o una torta de tamal tienen el derecho del mundo a tratarte con aire de superioridad. Clementino pensó alguna vez llamarlos “godínez glorificados” pero rechazó su propia propuesta debido que ese concepto encajaría mejor en las zonas de Santa Fe o La Condesa, no en El Centro. Al final, su hermana sugirió un título más apropiado: “son una bola de pendejos que creen que están en su casa y que puede mandar”. Pero esa mañana, le tocó el premio mayor, Clementino se sacó la rifa sin comprar boleto, pues le tocó también lidiar con quienes en la familia llaman “los fugitivos del Fray Bernardino”, los vagabundos y mendigos más desesperantes del área; dichos personajes merecen su propio relato, así que no ahondaré en el tema. A las 10:30 se vaciaron los botes de atole y las teleras se esfumaron.

Más tarde, antes de regresar a su cuarto de azotea, Clementino compró una botella de Coldstream en una vinatería, una ginebra corriente que es un sustituto casi aceptable del Tanqueray cuando la crisis apremia. Bebió más de la mitad, con muchos hielos y agua mineral, antes de reunirse con Manuel en el centro.

Antes de salir, Clementino se acicaló a medias: abrió el grifo del agua del lavabo y enjuago su rostro; corrigió, a su parecer, las imperfecciones de su peinado, cepillo sus dientes, se puso un abrigo, bebió de un trago la última ronda de ginebra para que le dio tiempo y se arrojó a la aventura.

Se encontró con Manuel en una taquería. Los tacos eran decentes y el local se encontraba cerca de la zona de bares. Mientras cenaban y Clementino le contaba un resumen de lo ocurrido, un bolero con aspecto de vagabundo se acercó para ofrecer sus servicios. Primero les ofreció la caja de toques, mientras golpeaba entre si ambos extremos metálicos de los cables; ambos dijeron que no; el hombre, sin perder el optimismo, ofreció darle grasa a sus zapatos; Manuel consideró que era momento de darle servicio a sus botas y aceptó. El vagabundo-bolero o bolero-vagabundo inició labores, extendió un banquito de plástico que quien sabe donde guardaba; subió, primero, un pie de Manuel en su cajón y con una esponja lo llenó de jabón.

-¿Sí sabes que te la pudiste seguir cogiendo, verdad?- fue la primera opinión que Manuel expresó, mientras el bolero continuaba con su actividad.

-Probablemente… pero habría resultado contraproducente. ¿No crees?

-No entiendo cómo.

-Me refiero a que si hubiera seguido teniendo sexo con ella, a la larga, solo me estaría haciendo daño a mí mismo; es decir, después de tres meses, creo que ya estoy lo suficientemente comprometido emocionalmente como para disociar el sexo del cariño.

-Creo que la cagas y te enamoras demasiado rápido…

-¿Qué te digo? No puedo evitar que mi glande se conecte directamente con el corazón.

-Tus pendejadas…

-Tiene razón tu valedor, carnal- interrumpió el bolero sin dejar de desempeñar su labor- te la tienes que seguir dando. No te voy a mentir, al rato voy a ir por una morra que chambea en el talón aquí cerca, y, al chile, no me pide nada. Sabe que tengo ruca y una morrita de dos años, pero cada que paso por su esquina quiere que me vaya con ella al hotel, pero, pues, no siempre se puede porque tengo que chingarle para llevar la leche a la casa. Pero, eso si, luego le doy, aunque sea, unos cincuenta varitos para que tenga para comprarse algo para cenar, aunque luego me meta en pedos con mi señora porque no me salen las cuentas.

-Oye… pero cuando van al hotel, ¿te cobra?- preguntó Clementino divertido, intuyendo, de antemano, la respuesta.

-No te voy a mentir, carnal, me caes chingón. Al chile, sí; aunque luego no me lo quiere recibir. Es muy orgullosa en ese aspecto.

-¿Pero a final de cuentas te lo recibe?- cuestiono Clementino, como un verdugo que deja cavar la propia tumba a un condenado a muerte.

-Con mucho trabajo. Luego siento que le apena- respondió el bolero con un halo de ingenuidad estacionado en su mirada.

-No me lo tomes a mal, pero creo que para ella solo eres un cliente más- sentenció Clementino condescendiente.

-¡Carnal, estas chavo! ¡Todos somos el cliente de alguna morra, y quien te diga lo contrario está pendejo!- respondió el bolero haciendo una pausa en su labor con la bota de Manuel como para dar énfasis a su punto de vista.

Clementino considero que esa era una manera interesante de ver las cosas, así que pidió al hombre con facha de vagabundo que se lo explicara. Entonces, dicho personaje comenzó a explicar su punto de vista con la mayor claridad posible de la que era capaz. Mientras lo hacía, sus ojos se abrieron mas, como si un momento de lucidez se apropiara de su ser y pareció como si eso lo extasiara.

-Carnal, los hombres estamos condenados a pagarles tributo a las mujeres por lo que sea que nos brinden; llámese sexo, amor, desprecio, ternura, el odio más profundo, la tristeza más inconsolable, comprensión. Ya tu sabrás que es lo que te está dando tu morra. Y nosotros les retribuimos con lo que podemos; muchas veces lo que les damos es proporcional al afecto que les tenemos. Yo, por ejemplo, a mi puta le doy sus cincuenta varitos, por que es lo que vale para mí; pero a mi esposa le doy el resto y mucho más, le di una hija que es lo que quería y un padre para la niña. También le doy mi amor, aunque luego le tenga que poner sus putazos para que no se me salga del corral, pero la amo; y aunque discutamos y su familia no me quiera, ni la mía a ella, es el amor de mi vida.

Ahora, tu caso es mucho más grave, tú le sigues pagando a tu ex y ni siquiera estás consciente de eso. Le estás pagando con tu sobriedad y, más aún, le estas dando tu tranquilidad mental, porque, mientras tu estas aquí, intentando descubrir que hiciste mal, ella a lo mejor esta con alguien mas pasándola chingón o sentada en su casa viendo una película. Por eso estoy de acuerdo con tu valedor, ya que sigues pagando el precio por algo, lo menos que podrías hacer es disfrutarlo- en cuanto dejó de hablar, el bolero volvió a su estado normal, su rostro se apagó. La lucidez lo había abandonado y reanudó su tarea.

Quizás fuera el Cold Stream que Clementino se bebió horas antes, pero encontró totalmente lógico aquel monologo. Si hubieran estado en un bar, Clementino le habría invitado un trago, pero en una taquería, se ofreció a invitarle una orden de suadero, sin embargo, el bolero declinó la oferta debido a que tenía como quince años sin comer carne. Clementino volvió a quedar perplejo, por segunda vez en la noche. Antes de retirarse, el Bolero les ofreció de nuevo la caja de toques; ambos amigos declinaron la oferta y el tipo se marchó con un dejo de desilusión en el rostro.

La siguiente parada fue un bar de mala muerte en la calle de Regina; sin embargo, hubo una escala obligada en una vinatería en donde compraron una botella de ron que bebieron, por turnos y sin diluir camino al bar. Cuando llevaban poco más de la mitad, y tenían ganas de orinar, se detuvieron en un parque para hacer lo debido. Era el centro histórico, así que, luego de que la orina se escurrió por la pared, llegó al piso empedrado y se distribuyó entre los surcos de la superficie, dibujando cuadrados y rectángulos de piedra. Luego, ambos se sentaron en una banca de metal. Los turnos de beberle a la botella de ron se reanudaron.
-Te caló lo que dijo el bolero, ¿cierto?- dijo Manuel, mientras miraba hacia el cielo y con el brazo le ofrecía la botella a Clementino.

-¿A que te refieres?- Clementino dio un trago largo y la regresó a su amigo.

-¡Que a lo mejor tu morra estaba cogiendo con otro!- Manuel acepto la botella, empino el codo y dio un sorbo corto.

-No, eso no. Me caló la posibilidad de que tuviera razón en todo lo demás.

Manuel volvió a beber, esta vez el trago duro siete segundos y devolvió el licor a Clementino.

-Güey, es solo su manera de ver las cosas. Cada quien tiene derecho a una perspectiva de las cosas.

-Pero su perspectiva me pareció inapelable…

Clementino se percató de que en la botella quedaba material para un solo trago y decidió conservarlo, como si de ese trago dependiera la continuidad de la conversación.

-Está chida, la neta, pero creo que es equivocada; yo creo que lo que uno debe hacer es ir con una morra y cantársela derecho, ya sabrá ella si le entra o no.

-En eso te equivocas, uno nunca elije a la mujer, sino todo lo contrario. Me lo enseño mi anciano papi.

-Quizás él sea el responsable de tus fracasos amorosos.

-Lo he considerado, sin embargo, también me parece inapelable la forma en la que racionalizo el tema: para él, básicamente, una primera cita es como ir a una entrevista de trabajo. Es decir, uno se presenta con la mejor versión de sí mismo, aunque sea fingida, realza sus virtudes y minimiza sus deficiencias; esquiva las preguntas capciosas y, ante todo, demuestra optimismo.

-Eso suena, incluso, deprimente.

-Lo sé, pero creo que es verdad; uno debe mostrar lo mejor que tiene y esperar lo mejor. Así que, la próxima vez que tú, mi amigo, tomes la mano de una muchacha y camines a su lado, le acaricies el cuerpo y le hagas el amor, debes estar consciente de que, para entonces, ella ya te estudió escrupulosamente, te catalogó y decidió hasta donde llegará contigo, ya decidió si eres material para una relación formal o si eres como la comida chatarra, que no nutre pero que quita el antojo. Sin embargo, y esto es algo tan maravilloso de ellas, son tan misericordiosas que no dejan que sepas todo esto para que te sientas bien contigo mismo, para que te sientas parte del proceso, para que vivas con la idea de que la sedujiste o qué sé yo.

-Creo que les das demasiado poder, pero bueno, tu sabes lo que haces- dijo Manuel mientras se levantaba de la banca y estiraba los pies- ¿Podemos ir al bar?

Clementino asintió, bebió el resto del ron, se levantó, estiro las piernas también y reanudaron la marcha.

El resto de la noche siguió su curso natural. Al siguiente día, ambos amanecieron en el piso del cuarto de azotea de Clementino sin recordar muy bien cómo llegaron y con una resaca del tipo de la que todos los borrachos viven con la esperanza de no tener que sufrir por que saben que un par de esas podrían convencerlos de no volver a beber.


Elvis Castillo
Cuauhtémoc, Ciudad de México 2018


martes, 13 de febrero de 2018

Segundo intento


A mí nadie me hace pendeja, seré joven e inexperta pero la vida me ha enseñado que nada pasa por que sí, yo conozco a los hombres y sé lo mentirosos y manipuladores que son. Cuando conocí a Santiago pensé que era diferente, al menos no se parecía ninguno de los chicos con los que había salido, él no usa camisas desabotonadas a medio pecho, ni relojes enormes, ni le gusta salir a antros; a decir verdad, es un poco aburrido y francamente no le creo eso de sentirse medio intelectual, pero algo en su mirada me atrajo y cuando salimos por primera vez me la pase bien y me gustó cómo me trataba.
Fue natural que nos intrigáramos y quisiéramos conocer más, aún recuerdo la primera vez que nos besamos, esa noche fue la primera, la segunda, la tercera, la cuarta y de plano entramos al limbo de los tocamientos y los besos incalculables.
No todo fue romance, por supuesto, nuestros pasados se hicieron presentes en anécdotas o descuidos de la memoria que nos hicieron cambiarnos los nombres, o recordar cosas que no habíamos hecho juntos, pero nos enamoramos y yo con mis miedos y él con los suyos nos entregamos al sinfín de significados. Pero a mí nadie me hace pendeja, desde el principio sospeche de sus planes, siempre tuve la duda de sus verdaderas razones para quererme y motivos para estar conmigo, él contestaba que lo suyo era un acercamiento cauteloso, sin prisas pero sin pausas, alegaba no sentir la voracidad ni el arrebato de su juventud y concluía mencionando que estaba listo para el amor pero sin presiones ni planes a futuro, preferible crear un presente continuo, en resumen, que lo que yo saque en claro es que él me utilizaba para no estar solo mientras llegaba o buscaba algo mejor, alguien que perteneciera a su mundo y se acoplara a las largas horas de café y  el análisis concienzudo de películas aburridas, lentas y de preferencia en blanco y negro, que desesperación.
Yo que me entregue con las dudas normales, pero sin ánimo de utilizar, yo que vi en él a la persona distinta que podía salvarme de mi vida desenfrenada, yo que rompí mis prejuicios e ideas preconcebidas y me entregue en cuerpo y alma a lo nuestro, yo que deje mi vida anterior y renuncie a las viejas amistades y las constantes borracheras, yo que decidí que por primera vez no usaría al hombre frente a mí. Pero no, era como  los demás, no paso la prueba mínima de hacerle tres preguntas que en apariencia fueran sobre temas inconexos pero que en el fondo arrojaran datos concretos sobre su agenda, tampoco pasó la prueba de tener una contraseña imposible en el celular, como todos los hombres escogió su fecha de nacimiento y fue muy sencillo entrar a sus mensajes para  revisar una por una las conversaciones que mantenía con sus “amiguitas”, así me enteré que hablaba con su ex novia y con tres compañeras del trabajo, no pude soportar su cobardía, su falta de amor propio y su necesidad de buscar cariño y reconocimiento en las demás.
Con cada una de ellas generaba una personalidad distinta donde la única constante era él como víctima de las circunstancias y el desamor, donde él había dado todo de manera sincera y el destino le había pagado con el fracaso, que mierda de persona, pobre ingenuo. Jamás le creí, siempre estuve alerta, escuchando y observando todo con atención y sin perder detalle, pobre iluso, jamás imaginó que yo escribía en una libreta todas las anécdotas que contaba y después en las noches revisaba dónde caía en incongruencias, jamás supo que en todo momento notaba cuándo mentía y cuando decía la verdad, a veces no era necesario saberlo, era suficiente con enfrentarlo para que cayera en entredichos y se delatara.
En suma, un pusilánime y un mentiroso que jamás aceptó su culpabilidad y su falta de respeto a nuestro amor, pero merecido lo tengo, siempre lo supe, fue mi error, debí sospecharlo desde el momento en que embotado por el alcohol me dijo entre las sabanas: Te amo, nada más falso, su celular brillaba con mensajes de las amigas.  Y a mí nadie me hace pendeja, pero llevo semanas sin saber qué hace y con quién platica, este cabrón ya cambió su contraseña. 

Raziel Jacobo Correa Alvarado
CDMX 2018

viernes, 12 de enero de 2018

EN DOS DÍAS


“Se busca perrito caliente que me quiera locamente”
-Romeo y Julieta.  Jarabe de palo.

Esta es una historia breve. En la introducción usualmente se cuenta la forma en que se conocen los protagonistas, ese primer acercamiento que da pauta a que todo comience, pero en esta ocasión habremos de saltarnos esa parte. ¡Qué más da como se hayan conocido! Si fue un encuentro casual de la manera menos original del mundo o si por el contrario fue de esas veces que el destino te pone en el lugar y en el momento adecuado. ¿Para qué indagar o romantizar?, la gente aunque no lo creamos, continuamente se la pasa conociendo a otra gente; un extraño en el asiento del metro o aquel que está formado atrás de ti podría convertirse en tú próximo compañero de aventuras o una buena anécdota de tú vida.

Pasemos de lleno al desarrollo de la historia comenzando por el día uno, la primera cita. Ese día ambos protagonistas estuvieron creándose expectativas el uno del otro y también los invadían diversas inquietudes “¿vendré muy arreglada?”, se preguntaba ella, “¿se enojara si llego diez minutos tardes?”, se preguntaba él. De todo el inmenso número de pensamientos que esa noche albergaban, había algo en lo que ambos coincidían; los dos querían pasársela bien, ambos iban a la espera de disfrutar la compañía del otro, no necesariamente tenía que ser de una manera sexual, podría ser sólo con la compañía, a veces una buena platica reconforta más que el sexo.

Ella llegó primero, temía no dar rápido con la dirección, diez minutos después llegó él; se sonrieron, a ella le gustó su mirada y a él le gustó su cabello. No hubo mucho esfuerzo para que las cosas fluyeran, la plática se dio sola “¿un café?” preguntó él, “no, mejor algo menos formal” contestó ella, así que atendiendo a la sugerencia de su acompañante, él la condujo a un bar tres cuadras de donde estaban para continuar con la plática y las risas.

No se sabe con exactitud cuál fue el factor que detonó los siguientes acontecimientos, pudo haber sido el alcohol o el simple hecho de que esa noche ambos iban con la disposición de ser felices; pero el punto fue que decidieron continuar la velada en casa de él, estando completamente conscientes de lo que eso significaba.

Al entrar a la casa ella se sintió como una intrusa en unas ruinas que no entendía qué son o qué fueron, pero que se encontraba profanando, miró los pocos muebles que había, su guitarra, su bicicleta, tratando de descifrar la historia de cada uno de esos objetos y la relación con su dueño, sin embargo, esa sensación fue breve, ya que él rápidamente le dio confianza para adentrarse en su hábitat, ofreciéndole cerveza e invitándola a sacar comida del refrigerador.

Ambos estaban desinhibidos y cuando eso sucede la gente tiende a mostrarse tal cual es y algunos más valientes muestran sus heridas, él tenía una muy grande y dolorosa, ella notó que aún estaba fresca, quiso curársela pero no supo cómo, temía que al tocarla pudiera doler aún más, así que hizo lo que mejor sabe hacer; fingir, fingió que estaba bien, que no le dolía verlo sufrir, fingió que ella no tenía heridas, cuando está llena de cicatrices; sólo pudo besarlo en un intento de calmar los dolores de ambos y como buen analgésico, el beso hizo su efecto. El trató de desnudarla para verla realmente y conocer también sus heridas pero sólo logró quitarle la ropa, y aunque ella trato por todos los medios de que no la viera tal cual es, cuando la tuvo en sus brazos alcanzó a ver en sus ojos sombras de los monstruos que lleva por dentro, esos que la asechan con frecuencia.

“Quédate” dijo él, “no puedo” contestó ella. Sí podía, pero no quería, empezaba a sentirse vulnerable, en cualquier momento sus monstruos se podían escapar.

Él salió a despedirla dándole tres besos seguidos en la boca y durmió solo, recordando el olor de su pelo y el calor de su cuerpo. Ella se fue temerosa y angustiada y durmió sola, preocupada por el futuro.

Los días siguientes pasaron; se querían ver, eso estaba claro, pero no lograban coincidir en tiempos hasta que una semana después lo hicieron.

Era la segunda cita y el lugar fue en casa de él. Ella desde antes de llegar sentía un malestar de esos que le dan cada que sus monstruos se sueltan de sus cadenas. Cuando llegó con él ya era inevitable esconderlos, estaban afuera y él los pudo ver con toda la claridad del mundo, ahí estaban, completamente expuestos sus miedos e inseguridades en formas monstruos, él se espantó, era lógico que sucediera, pero no se fue, se quedó con ella, hasta que poco a poco los volvió a encadenar.

Hubo un momento de paz, sus monstruos ya estaban domados y aunque la herida de él seguía abierta y fresca, esa noche no dolía tanto. Se volvieron a besar, esta vez no había alcohol de por medio, así que el efecto analgésico fue aún mayor y duró más tiempo, haciendo que se olvidaran de cualquier herida o cualquier monstruo. “quédate” pidió él, “sí” contesto ella.

Esta vez se quedó y ambos conocieron otra fase de ellos mismos, por ejemplo que él suele tener los pies fríos y ella la piel caliente, que él no ronca y duerme bonito sin casi moverse y que ella por el contrario no sabe dormir en pareja, pues lleva mucho tiempo durmiendo sola.

A la mañana siguiente sonó el despertador, él lo apagó mal humorado y abrazó a ella contra su pecho, le gustaba cómo se sentía su piel junto a la de él “cinco minutos más” dijo, pero no fue así, si acaso sólo fueron dos minutos más los que se quedaron abrazados y él se levantó, le gustaban las mañanas aprisa; ella se vistió torpemente y cuando terminó, él ya la estaba esperando en la puerta, se le hacía tarde para el trabajo, ahí parado dándole el sol en la cara ella percibió lo que le parecieron algunos monstruos de él, pero no quiso averiguar ni hacer ruido para despertarlos, no tenía ganas de conocerlos estando aun adormilada.

A esa mañana le faltaron besos, tiempo o tal vez sólo un buen café cargado. Se despidieron con un beso y un “me llamas” dicho casi al mismo tiempo. Ninguno de los dos, se ha vuelto a llamar.

Igual que no hubo introducción en esta historia, tampoco hay un desenlace, tal vez haya un día tres en donde se despierten sin prisa o tal vez ambos ya se olvidaron; a lo mejor las heridas son muy dolorosas y los monstruos muy poderosos y eso les impide buscarse, o tal vez sólo sea que a él no le gusta pensar en el futuro y a ella le cuesta vivir en el presente.

Dos días es poco tiempo para conocer todas las heridas o todos los monstruos de una persona, también lo es para mostrarse todo lo que ellos se mostraron y más aún es un breve tiempo para enamorarse. Ahora ambos forman parte de un capítulo de la vida del otro, se contaran cómo anécdota entre sus amigos de más confianza o se tendrán como un bonito secreto, no se sabe con exactitud, en la vida, algunos personajes aparecen en diversos capítulos, se van y vuelven a aparecer, aunque sea sólo en dos páginas.
 


Lic. Sandoval

Atizapán de Zaragoza, Estado de México.

Enero 2018