viernes, 12 de enero de 2018

Editorial





El fracaso


Todos lo hemos padecido, en mayor o menor medida, todos reconocemos que en varios planes de vida las cosas no han salido como esperábamos, que la ruta que habíamos trazado para ser felices y adinerados se truncó y se rompió por el hilo más delgado: nosotros. Vienen entonces las reflexiones positivas: “Si te caes 7 veces levántate 8”, “El fracaso es la oportunidad de reinventarte”, etcétera, lugares comunes de aquellos que ven en los descalabros los escapes a su realidad. En Desencuentros nos consideramos expertos en el fracaso, consideramos tener un vasto currículum de reveses que al menos nos dan para escribir una historia, sin moraleja o sin enseñanza, por la pura catarsis. 
Nuestro propósito para 2018 es llegar a ser el mejor blog de toda la Internet, también lo fue en 2017, justo en la recta final  se nos chingó la rodilla y nos refugiamos en la bebida,  pero hemos vuelto del fondo del abismo, su colaboración, querido lector,  es indispensable para no volver a fracasar.

EN DOS DÍAS


“Se busca perrito caliente que me quiera locamente”
-Romeo y Julieta.  Jarabe de palo.

Esta es una historia breve. En la introducción usualmente se cuenta la forma en que se conocen los protagonistas, ese primer acercamiento que da pauta a que todo comience, pero en esta ocasión habremos de saltarnos esa parte. ¡Qué más da como se hayan conocido! Si fue un encuentro casual de la manera menos original del mundo o si por el contrario fue de esas veces que el destino te pone en el lugar y en el momento adecuado. ¿Para qué indagar o romantizar?, la gente aunque no lo creamos, continuamente se la pasa conociendo a otra gente; un extraño en el asiento del metro o aquel que está formado atrás de ti podría convertirse en tú próximo compañero de aventuras o una buena anécdota de tú vida.

Pasemos de lleno al desarrollo de la historia comenzando por el día uno, la primera cita. Ese día ambos protagonistas estuvieron creándose expectativas el uno del otro y también los invadían diversas inquietudes “¿vendré muy arreglada?”, se preguntaba ella, “¿se enojara si llego diez minutos tardes?”, se preguntaba él. De todo el inmenso número de pensamientos que esa noche albergaban, había algo en lo que ambos coincidían; los dos querían pasársela bien, ambos iban a la espera de disfrutar la compañía del otro, no necesariamente tenía que ser de una manera sexual, podría ser sólo con la compañía, a veces una buena platica reconforta más que el sexo.

Ella llegó primero, temía no dar rápido con la dirección, diez minutos después llegó él; se sonrieron, a ella le gustó su mirada y a él le gustó su cabello. No hubo mucho esfuerzo para que las cosas fluyeran, la plática se dio sola “¿un café?” preguntó él, “no, mejor algo menos formal” contestó ella, así que atendiendo a la sugerencia de su acompañante, él la condujo a un bar tres cuadras de donde estaban para continuar con la plática y las risas.

No se sabe con exactitud cuál fue el factor que detonó los siguientes acontecimientos, pudo haber sido el alcohol o el simple hecho de que esa noche ambos iban con la disposición de ser felices; pero el punto fue que decidieron continuar la velada en casa de él, estando completamente conscientes de lo que eso significaba.

Al entrar a la casa ella se sintió como una intrusa en unas ruinas que no entendía qué son o qué fueron, pero que se encontraba profanando, miró los pocos muebles que había, su guitarra, su bicicleta, tratando de descifrar la historia de cada uno de esos objetos y la relación con su dueño, sin embargo, esa sensación fue breve, ya que él rápidamente le dio confianza para adentrarse en su hábitat, ofreciéndole cerveza e invitándola a sacar comida del refrigerador.

Ambos estaban desinhibidos y cuando eso sucede la gente tiende a mostrarse tal cual es y algunos más valientes muestran sus heridas, él tenía una muy grande y dolorosa, ella notó que aún estaba fresca, quiso curársela pero no supo cómo, temía que al tocarla pudiera doler aún más, así que hizo lo que mejor sabe hacer; fingir, fingió que estaba bien, que no le dolía verlo sufrir, fingió que ella no tenía heridas, cuando está llena de cicatrices; sólo pudo besarlo en un intento de calmar los dolores de ambos y como buen analgésico, el beso hizo su efecto. El trató de desnudarla para verla realmente y conocer también sus heridas pero sólo logró quitarle la ropa, y aunque ella trato por todos los medios de que no la viera tal cual es, cuando la tuvo en sus brazos alcanzó a ver en sus ojos sombras de los monstruos que lleva por dentro, esos que la asechan con frecuencia.

“Quédate” dijo él, “no puedo” contestó ella. Sí podía, pero no quería, empezaba a sentirse vulnerable, en cualquier momento sus monstruos se podían escapar.

Él salió a despedirla dándole tres besos seguidos en la boca y durmió solo, recordando el olor de su pelo y el calor de su cuerpo. Ella se fue temerosa y angustiada y durmió sola, preocupada por el futuro.

Los días siguientes pasaron; se querían ver, eso estaba claro, pero no lograban coincidir en tiempos hasta que una semana después lo hicieron.

Era la segunda cita y el lugar fue en casa de él. Ella desde antes de llegar sentía un malestar de esos que le dan cada que sus monstruos se sueltan de sus cadenas. Cuando llegó con él ya era inevitable esconderlos, estaban afuera y él los pudo ver con toda la claridad del mundo, ahí estaban, completamente expuestos sus miedos e inseguridades en formas monstruos, él se espantó, era lógico que sucediera, pero no se fue, se quedó con ella, hasta que poco a poco los volvió a encadenar.

Hubo un momento de paz, sus monstruos ya estaban domados y aunque la herida de él seguía abierta y fresca, esa noche no dolía tanto. Se volvieron a besar, esta vez no había alcohol de por medio, así que el efecto analgésico fue aún mayor y duró más tiempo, haciendo que se olvidaran de cualquier herida o cualquier monstruo. “quédate” pidió él, “sí” contesto ella.

Esta vez se quedó y ambos conocieron otra fase de ellos mismos, por ejemplo que él suele tener los pies fríos y ella la piel caliente, que él no ronca y duerme bonito sin casi moverse y que ella por el contrario no sabe dormir en pareja, pues lleva mucho tiempo durmiendo sola.

A la mañana siguiente sonó el despertador, él lo apagó mal humorado y abrazó a ella contra su pecho, le gustaba cómo se sentía su piel junto a la de él “cinco minutos más” dijo, pero no fue así, si acaso sólo fueron dos minutos más los que se quedaron abrazados y él se levantó, le gustaban las mañanas aprisa; ella se vistió torpemente y cuando terminó, él ya la estaba esperando en la puerta, se le hacía tarde para el trabajo, ahí parado dándole el sol en la cara ella percibió lo que le parecieron algunos monstruos de él, pero no quiso averiguar ni hacer ruido para despertarlos, no tenía ganas de conocerlos estando aun adormilada.

A esa mañana le faltaron besos, tiempo o tal vez sólo un buen café cargado. Se despidieron con un beso y un “me llamas” dicho casi al mismo tiempo. Ninguno de los dos, se ha vuelto a llamar.

Igual que no hubo introducción en esta historia, tampoco hay un desenlace, tal vez haya un día tres en donde se despierten sin prisa o tal vez ambos ya se olvidaron; a lo mejor las heridas son muy dolorosas y los monstruos muy poderosos y eso les impide buscarse, o tal vez sólo sea que a él no le gusta pensar en el futuro y a ella le cuesta vivir en el presente.

Dos días es poco tiempo para conocer todas las heridas o todos los monstruos de una persona, también lo es para mostrarse todo lo que ellos se mostraron y más aún es un breve tiempo para enamorarse. Ahora ambos forman parte de un capítulo de la vida del otro, se contaran cómo anécdota entre sus amigos de más confianza o se tendrán como un bonito secreto, no se sabe con exactitud, en la vida, algunos personajes aparecen en diversos capítulos, se van y vuelven a aparecer, aunque sea sólo en dos páginas.
 


Lic. Sandoval

Atizapán de Zaragoza, Estado de México.

Enero 2018

miércoles, 4 de enero de 2017

Editorial


Hablemos de nosotros: 
Desencuentros comenzó como aquellas ideas que surgen en  las azoteas de edificios viejos, entre amigos y charlas irrelevantes donde cada uno de los participantes se arrebataba la palabra para ensanchar el ego, está de más decir, o mejor si decirlo, que los amigos éramos dos  y que en un principio Desencuentros fue el cauce natural y sencillo para detonar nuestras planes inmediatos: escribir y publicar, darle disciplina  a la creatividad, someter nuestros textos a la opinión de los demás y ensayar una especie de taller virtual donde aquello que íbamos narrando mejorara a fuerza de enmendar errores y pulir aciertos. Aquello era por supuesto, una tarea de ratos libres y en tiempos no definidos, creativo pues, respetando la vida del burócrata que ambos llevábamos. Funcionó a medias, eso de crear un blog con una identidad propia y con un tema específico por mes por pura inercia nos colocó en el terreno de las ideas novedosas  y si, al paso del tiempo se constató lo que pensamos en la azotea: todos tenemos algo que contar, basta que exista un canal que los aliente y que respete eso que quieren transmitir. Tras 5 o ¿son 6? años interrumpidos y con los altibajos propios de los baches creativos, los periodos vacacionales,  las disputas amistosas, las preocupaciones de los asalariados y el tiempo que se nos va; retomamos Desencuentros bajo las mismas premisas pero con la esperanza de que funcione a completas. Este mes no tendremos un tema específico, recibiremos y publicaremos los textos que quieran compartirnos. Colaboren con nosotros.


Atentamente el H. Consejo Editorial

En este momento

-No hay nada- decía inocentemente.

Parecía que resonaban las piedras en que estaban parados. Era un hecho, no había nada. El ruido que se percibía apenas, llegaba a ser tan insistente que se convertía en tiempo. ¡Qué intenso y permanente es el tiempo! Se pasa uno la vida corriendo tras de él sin saber que no existe. Así los dos pensaban.

No era una noche cualquiera, se disponían a acuartelar las veredas que rodeaban la casa, el pueblo era un lugar muy seguro entonces. Damián le decía a Fidel que a la abuela Inés se le había aparecido el diablo una vez y que ella no temía a nada, de hecho, solía contarlo de manera desinteresada sólo cuando la gente le preguntaba:

-Fui pa’ San Miguel por leña y en eso salió un julano muy catrín vestido de negro que me quiso espantar. Le dije “quítate cabrón”- contaba sin congoja la abuela Inés.

Cuando Damián se quedó parado al lado del jacarando, una intempestiva y solitaria idea le dio un escalofrío que recordó hasta unos días después. Esa idea no era espontánea pues obedecía a una serie de pensamientos que se encontraban de moda en aquel pequeño pueblito abandonado por el tiempo. Se había comentado que era de dementes salir de noche porque, además del frío, nada había qué hacer después de las diez. Los hermanos Salgado no eran conocidos por pensar como todos, más aún, su pensamiento era un accesorio necesario sin el cual existir era una maquinaria solamente.

Bastantes eran las oleadas de frío que los circulaban. Fidel se asomaba hacia el camino del árbol que llora para buscar algo –pasatiempo inconsciente que le causaba cierto goce- del cual no despegaba la vista. Él nunca sabía nada. Esa noche, ni Fidel ni Damián sabían qué habían salido a encontrar, por eso, cuando Damián pensaba esas ideas tontas le parecía que hacía lo propio.

Por ratos, intercambiaban la única mantita que llevaban, pues los retazos de tela que cosía Mamá Rita sólo alcanzaron para una sola. A veces, el frío es un instante que nos tiembla en los huesos y que hay que aprisionar con el cuerpo para que no se escape y nos recuerde que se va a ir; el frío nos va a abandonar dejándonos al desnudo. Eso pensaba Damián.

- ¿Tú crees que hay gente desnuda en este momento?

La ventisca que los rodeaba a ratos se fue por unos minutos largos. Fidel lo miró fijamente como si no lo mirara. Así quedó dando paso a un momento sereno que clavó en esa historia, ese tiempo, un acontecimiento que difícilmente se percibe. Cuando uno habla, se estremecen las cuerdas vocales y se escapa el sentido, lo que uno siente al hablar es que pasa, y se va. Ambos dieron paso a ese momento, el momento en que éste se hizo palpable, tuvo lugar: la mirada, el silencio, la pregunta y el pensamiento. De manera retroactiva y sin eslabones, cuando uno se pregunta hay una cadena de sucesos que camina en el tiempo. Eso es. Cuando Damián y Fidel salieron aquella noche a encontrar nada, por la vereda del arroyo de Valleluz, hallaron lo que buscaban: nada. Lo tenían entonces.

Habían pasado cerca de dos horas y ya la última voz había callado en el pueblo. Damián se cansó de esperar respuesta, prefirió llenar el vacío con otra pregunta que no recordó por mucho tiempo. Fidel no era bueno con las palabras, todo lo contrario. Salía a escuchar lo que los grillos decían porque le parecía entenderlos mejor que a su gente. Esa noche no había grillos. El cielo de Valleluz era como ningún otro, profundo.

Estaban todos dormidos ya y no había mucho qué decir, salvo ideas que emergían con el aliento de la noche, ideas que eran nada pero que pesaban y a Damián le causaban gran inquietud. Sobrevino a esa calma una conversación cualquiera: el ajonjolí ya estaba en los costales, Delfino trajo queso de cincho para cenar, murió don Bernache hace dos días, y demás; todo eso cabía en la noche.

Lo que a Damián le inquietaba no eran los cuerpos desnudos ni el frío que pudiera calarles en esta noche. En realidad se inquietaba por algo más, pensar el tiempo. Todo lo que puede ocurrir en un mismo instante, ese mismo instante de todos y de nadie, el instante en que ocurre el mundo y que no nos pertenece salvo cuando damos cuenta de él. El tiempo es un todo, de nadie.


Damián preguntaba y Fidel escuchaba, los cubría el mismo aire, el mismo sonido, el mismo instante. Así es el tiempo, una vereda, un árbol que llora, una manta de trozos de tela. 

Arianna B. C. A.

Paraguas

Tenía 7 años, los paraguas para niñas estaban de moda y todas queríamos tener uno, había azules con bolitas de color blanco, rosas con estrellas café, lilas con florecillas rosas y otros diseños, que en realidad no eran la gran cosa pero todas queríamos tener uno porque, según nosotras, eso nos daba clase y categoría…
Recuerdo que mi hermana mayor tenía el suyo, se lo había ganado por buenas calificaciones, pero no me lo prestaba porque, en cambio a mí, me castigaron por subirme al mesa-banco en la escuela a gritar ¡Juan Pablo, segundo, te quiere todo el mundo! Y la maestra Teresita con sus sesenta y tres años, sus pocas intenciones de jubilarse y el típico carácter de una solterona amargada, me jaló de una oreja y me llevó a la dirección donde llamaron por teléfono a mi mamá para darle la queja de que a la maestra ya la tenía hasta la madre.

-¡Bueno tú ya ni la chingas, la vez pasada tocaste la campana de los temblores y  todos tus compañeros salieron gritando porque pensaron que estaba temblando! Me reprendió mi madre en casa. ¡Ponte a lavar los trastes, estas castigada y ni chilles porque te rompo el hocico!

Un día fuimos a comer a la casa del jefe de mi papá, estaban celebrando el cumpleaños de la hija menor del ingeniero que cumplía diez años. Era una casa fría y alfombrada con un enorme jardín donde solíamos recolectar los ciruelos que caían de los árboles, lo más divertido era el baño porque tenía un jacuzzi y canastas con pétalos de rosas aromáticas en pequeñas repisas colocadas en las cuatro paredes.
Mi madre solía ponerme siempre vestidos, el de aquel día era blanco con un gran moño rojo a la espalda y en el cabello, dos coletas que atrapaban mis risos negros con listones de organza rojos. Aquella tarde entré al baño porque realmente tenía ganas de hacer pipí. Cuando logré satisfacer aquella necesidad, lentamente me acerque al lavabo para lavarme las manos; tomé uno de los pequeños jabones para olerlo y cuando estuve a punto de acercarlo a mi nariz, se abrió la gran puerta de madera pesada, detrás de ella entraron tres niñas morenas con uno de aquellos paraguas en mano cada una. La más grande ordenó a las otras dos que vigilaran la puerta, las niñas salieron del baño y la hija del ingeniero Juárez se acercó a mí oído y me preguntó si quería su paraguas.

-Tengo dos. Me dijo.

Mi delgado cuerpecito quedó contra la pared donde el contenedor del papel de baño me lastimaba la piernita derecha, quedé paralizada y casi muda asentí con la cabeza, lenta y temerosamente.

- Tienes que dejarte besar y no gritar. Me ordenó.

La niña se fue acercando cada vez más a mí, con sus manos abrazó mi espalda y con un halito sabor a chicle de fresa, me besó de tal manera que no podía respirar, su lengua entraba en mi boca con un vigor asfixiante. De repente dejó de besarme y se agachó llevando sus manos a mis zapatitos rojos de charol, sus dedos fueron subiendo poco a poco, apenas rosando mis calcetas hasta llegar a mis calzoncillos de algodón blanco con holanes azules. Al llegar al resorte metió su mano derecha en ellos y diciendo “eres mi novia” sobó suavemente mi pequeña vulva. Cuando finalmente se detuvo, utilizó ambas manos para bajar mis calzones que sentí húmedos, llevó sus labios a mi clítoris y con la lengua procedió de la misma manera que en mi boca. Mi respiración era casi nula, quería hacer más pipi, con los dedos tenía ganas de arrancarme el vestido blanco, no podía gritar ni de placer, ni de miedo, ella me había advertido que no lo hiciera.
Sabía que aquello era malo, que después de eso Dios me castigaría, que mi madre lo sabría todo en cuanto la mirara a los ojos… De repente se escuchó el seguro de la puerta, volteamos al mismo tiempo para darnos cuenta de que el hermano mayor de la niña nos miraba desde hacía rato.

-¡Tortillas!, ¡Tortillas! Nos gritaba, yo no sabía qué era eso. La hija del ingeniero se levantó corriendo y del cuello tomó al hermano.

-¿Qué estas mirando asqueroso, pedazo de…? ¡Lárgate de aquí o le diré a mi padre que espías a mamá mientras se ducha!

- Maldita mañosa, si le dices eso a mis padres, yo le diré de tus mañas.
Rápido me levanté los calzones, me acomodé el vestido blanco, lavé mis manos y fui donde mi madre.


Dirán que estoy loca pero recuerdo a Rosita como mi primer amor ocasional.  

-Aby Lee-

jueves, 1 de septiembre de 2016

L@s Ex




Un amigo que estudió sociología publicó en su muro de Facebook algo muy interesante: que la generación nacida entre 1980s y 1990, es incapaz de mantener una relación seria. L@s chavorruc@s de hoy - decía- estamos llenos de contradicciones, renegamos de la adultez, de nuestros padres y de los más jóvenes, pero al mismo tiempo le copiamos el atuendo a los más chavos y estamos frustrados porque a nuestra edad nuestros padres ya lo habían conseguido TODO.
¿Qué pareja va a soportar a alguien así? Los comentarios no se hicieron esperar: unos culparon al mercado, que generalmente tiene la culpa de todo, otros a las pinches viejas caprichosas, otras a los pendejos hombres que siguen siendo bien machitos pero más vanidosos,  un arrepentido se culpó a sí mismo, alguien más al egoísmo, a la post modernidad, hubo incluso quien habló de  "la incapacidad del ser humano para reconocerse en la otredad".
En lo que la mayoría de los treintones coincidimos - al menos los colaboradores de Desencuentros y el H.Consejo Editorial - es en que hemos llegado a esta la edad más bonita de la madurez, frustrados y acumulando más ex parejas que amigos sinceros. Incluso aquellos felizmente casados, entoloachados, juntados, repegados, cargamos  una historia de desamor y ruptura para compartir este mes.

Recuerden que todo el que lo desee puede participar comentando y mandándonos su historia, cuento, relato  dedicado a las y los ex al corrreo cuentosalrevez@gmail.com

ATENTAMENTE


“...nunca hay suficientes líneas para hacerte comprender,
cómo te quiero...”
No puede ser. Jeans.


Muy seguramente estoy exagerando, no hay motivos para llorar así, ni para bloquearte del Facebook, ni para querer poner una bomba molotov afuera de tu casa, al fin de cuentas solo éramos amigos, aunque tu bien sabes que no, los amigos no se besan ni se mandan mensajes diciéndose "amor" como lo hacíamos nosotros.
Tu frase de "no quiero echar a perder las cosas y que termine la amistad" por un momento te la creí, pero cuando vi todo el interés que ponías en otra persona, caí en la cuenta de que tu frase solo era un pretexto para tenerme ahí para ti sin tenerte yo a ti, ¿no crees que hubiera sido más fácil que me hubieras dicho la verdad? Que me dijeras que te interesaba alguien más, que yo no era tu tipo para una relación seria. Cada que recuerdo todas esas veces en las que me dijiste que no querías andar con nadie, que así te sentías bien, me dan ganas de volver al plan original de poner una bomba molotov afuera de tu casa. Pero bueno, tus motivos tendrás para no haber querido andar conmigo y si con ella, aunque sinceramente no los encuentro lógicos; nos llevábamos bien, disfrutábamos el tiempo juntos (el poco que me dabas) y sexualmente ni hablar, éramos perfectos; tal vez ella sea más a fin contigo, tal vez sea mejor que yo... No, la verdad no creo, yo era todo lo que podías pedir: bonita, divertida y comprensiva, yo pude haber hecho mil y un cosas por y para ti, incluso aprender a cocinar; sé muy bien que también tenía muchos monstruos y tú eras un experto en despertarlos, ya sabes, hablarte borracha de madrugada y mi mal humor, pero bueno te quería.
Siempre es útil tener una loca que haga cualquier cosa por verte reír, tú la tenías, pero no la quisiste, quisiste otra cosa, ¿qué? No sé, pero ella lo tenía.
Siempre te dije que yo estaba loca y no me creías, te voy a ser sincera, en verdad si iba a poner afuera de tu casa esa bomba molotov, nada grave no te asustes, no pensaba lastimarte, sólo pretendía dañar la puerta, romper algunos vidrios y quizás que ese bonito auto blanco también sufriera algunos desperfectos; la iba a poner en la mañana cuando te fueras, así que esperé hasta que salieras, pero cuando lo hiciste saliste con ella, se besaron y se fueron en ese carro blanco, ahí los planes cambiaron porque me di cuenta que  esta historia no se trataba de ti y de mi viendo tele en tu cuarto ni de tu y yo mandándonos mensajes de buenos días, esta historia no era sobre nosotros, sino sobre ustedes, que detrás de ese beso que se dieron había una historia de amor que no conocía y que no quería conocer y mucho menos participar con un papel secundario, cuando yo estoy acostumbrada a ser la protagonista. Esa era su historia de amor, no la mía; por eso el plan cambio a uno más simple, a que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto por fin me necesites... Obvio no, es broma, se me hace raro hablarte así de solemne y cursi, cuando tú y yo no somos así. Los poemas del buen Benedetti los dejo para mi verdadera historia de amor, esa que se está formando en este mismo instante en alguna parte del mundo y tal vez aun no la haya notado por estar distraída pensando en ti; pero bueno, el verdadero plan ahora es liberarte o más bien liberarme, dejarte ir feliz con ella en el auto blanco, tal vez ahora que encuentres esta carta pegada a tu puerta si me creas que estoy loca. No te espantes, me alejaré de ti; sé que querías que siguiéramos siendo amigos y tal vez algún día lo logremos, pero hoy no, hoy si te veo seguiré teniendo ganas de aventarte una bomba molotov, pero tal vez después, en algunos cuantos años, si nos encontramos por la vida pueda darte un abrazo sincero, pero hoy no; ten me paciencia después de todo en algún momento me quisiste, ¿no?, eso solías decirme. Atentamente: tu exloca.


Lic. Sandoval.
Atizapán de Zaragoza, Estado de México