viernes, 9 de marzo de 2018

Tributos Particulares

(PRIMERA PARTE)


El despertador sonó puntual a las cinco de la madrugada, el foco de la habitación estaba apagado, sin embargo, se iluminaba a medias por la luz del baño que se filtraba por el marco en el que debería haber una puerta. Clementino se encontraba resacoso; los últimos vestigios de licor regado en el piso a medio secar, disputaban el primer lugar por el aroma más fuerte en el ambiente al cenicero repleto de colillas. Era un día como cualquier otro, aunque no se sintiera como tal lo era, después de todo, puedo jurar que cada día, en alguna parte del mundo, a alguien le rompen el corazón, no nos enteramos de esos casos por la lejanía y el anonimato. Ocurre lo mismo con todas las tragedias, las idealizamos como algo muy remoto hasta que un día despiertas y te enteras de que lo que creías que no te podría ocurrir a ti, te está ocurriendo.

En ese clima despertó Clementino, aturdido aun por el contenido de la botella para que le alcanzó, con los labios resecos y una jaqueca que amenazaba con no desaparecer el resto del día; pero tenía un plan infalible: seguir bebiendo y postergar la resaca indefinidamente, hasta que se le pasara la sed o hasta que lo que sentía dejara de hacerlo miserable, lo que pasara primero. Sin embargo, la senda del alcohólico requiere recursos económicos para sostenerse, es lo que separa a un borracho funcional de los teporochos que mendigan la morralla sobrante de los godínez, eso y que los primeros no se conforman con Tonayan. Así que, a pesar de la escasez en intenciones de laborar, se vio obligado a levantarse de su sofá-cama, tambalearse mientras se vestía los pantalones, ir a lavarse la cara, a pesar del frío, y los dientes. Tomó la mochila, bajó las escaleras y tardó unos instantes en decidir si estaba demasiado ebrio para conducir la bici o si mejor tomaba taxi. Optó por taxi.

La mañana pasó lenta y fue de esas difíciles en las que el universo o el azar, decide que te tocará lidiar con la colección más extraña de personajes al tenerlos como clientes. Son personas imposibles, que creen que por comprar un atole o una torta de tamal tienen el derecho del mundo a tratarte con aire de superioridad. Clementino pensó alguna vez llamarlos “godínez glorificados” pero rechazó su propia propuesta debido que ese concepto encajaría mejor en las zonas de Santa Fe o La Condesa, no en El Centro. Al final, su hermana sugirió un título más apropiado: “son una bola de pendejos que creen que están en su casa y que puede mandar”. Pero esa mañana, le tocó el premio mayor, Clementino se sacó la rifa sin comprar boleto, pues le tocó también lidiar con quienes en la familia llaman “los fugitivos del Fray Bernardino”, los vagabundos y mendigos más desesperantes del área; dichos personajes merecen su propio relato, así que no ahondaré en el tema. A las 10:30 se vaciaron los botes de atole y las teleras se esfumaron.

Más tarde, antes de regresar a su cuarto de azotea, Clementino compró una botella de Coldstream en una vinatería, una ginebra corriente que es un sustituto casi aceptable del Tanqueray cuando la crisis apremia. Bebió más de la mitad, con muchos hielos y agua mineral, antes de reunirse con Manuel en el centro.

Antes de salir, Clementino se acicaló a medias: abrió el grifo del agua del lavabo y enjuago su rostro; corrigió, a su parecer, las imperfecciones de su peinado, cepillo sus dientes, se puso un abrigo, bebió de un trago la última ronda de ginebra para que le dio tiempo y se arrojó a la aventura.

Se encontró con Manuel en una taquería. Los tacos eran decentes y el local se encontraba cerca de la zona de bares. Mientras cenaban y Clementino le contaba un resumen de lo ocurrido, un bolero con aspecto de vagabundo se acercó para ofrecer sus servicios. Primero les ofreció la caja de toques, mientras golpeaba entre si ambos extremos metálicos de los cables; ambos dijeron que no; el hombre, sin perder el optimismo, ofreció darle grasa a sus zapatos; Manuel consideró que era momento de darle servicio a sus botas y aceptó. El vagabundo-bolero o bolero-vagabundo inició labores, extendió un banquito de plástico que quien sabe donde guardaba; subió, primero, un pie de Manuel en su cajón y con una esponja lo llenó de jabón.

-¿Sí sabes que te la pudiste seguir cogiendo, verdad?- fue la primera opinión que Manuel expresó, mientras el bolero continuaba con su actividad.

-Probablemente… pero habría resultado contraproducente. ¿No crees?

-No entiendo cómo.

-Me refiero a que si hubiera seguido teniendo sexo con ella, a la larga, solo me estaría haciendo daño a mí mismo; es decir, después de tres meses, creo que ya estoy lo suficientemente comprometido emocionalmente como para disociar el sexo del cariño.

-Creo que la cagas y te enamoras demasiado rápido…

-¿Qué te digo? No puedo evitar que mi glande se conecte directamente con el corazón.

-Tus pendejadas…

-Tiene razón tu valedor, carnal- interrumpió el bolero sin dejar de desempeñar su labor- te la tienes que seguir dando. No te voy a mentir, al rato voy a ir por una morra que chambea en el talón aquí cerca, y, al chile, no me pide nada. Sabe que tengo ruca y una morrita de dos años, pero cada que paso por su esquina quiere que me vaya con ella al hotel, pero, pues, no siempre se puede porque tengo que chingarle para llevar la leche a la casa. Pero, eso si, luego le doy, aunque sea, unos cincuenta varitos para que tenga para comprarse algo para cenar, aunque luego me meta en pedos con mi señora porque no me salen las cuentas.

-Oye… pero cuando van al hotel, ¿te cobra?- preguntó Clementino divertido, intuyendo, de antemano, la respuesta.

-No te voy a mentir, carnal, me caes chingón. Al chile, sí; aunque luego no me lo quiere recibir. Es muy orgullosa en ese aspecto.

-¿Pero a final de cuentas te lo recibe?- cuestiono Clementino, como un verdugo que deja cavar la propia tumba a un condenado a muerte.

-Con mucho trabajo. Luego siento que le apena- respondió el bolero con un halo de ingenuidad estacionado en su mirada.

-No me lo tomes a mal, pero creo que para ella solo eres un cliente más- sentenció Clementino condescendiente.

-¡Carnal, estas chavo! ¡Todos somos el cliente de alguna morra, y quien te diga lo contrario está pendejo!- respondió el bolero haciendo una pausa en su labor con la bota de Manuel como para dar énfasis a su punto de vista.

Clementino considero que esa era una manera interesante de ver las cosas, así que pidió al hombre con facha de vagabundo que se lo explicara. Entonces, dicho personaje comenzó a explicar su punto de vista con la mayor claridad posible de la que era capaz. Mientras lo hacía, sus ojos se abrieron mas, como si un momento de lucidez se apropiara de su ser y pareció como si eso lo extasiara.

-Carnal, los hombres estamos condenados a pagarles tributo a las mujeres por lo que sea que nos brinden; llámese sexo, amor, desprecio, ternura, el odio más profundo, la tristeza más inconsolable, comprensión. Ya tu sabrás que es lo que te está dando tu morra. Y nosotros les retribuimos con lo que podemos; muchas veces lo que les damos es proporcional al afecto que les tenemos. Yo, por ejemplo, a mi puta le doy sus cincuenta varitos, por que es lo que vale para mí; pero a mi esposa le doy el resto y mucho más, le di una hija que es lo que quería y un padre para la niña. También le doy mi amor, aunque luego le tenga que poner sus putazos para que no se me salga del corral, pero la amo; y aunque discutamos y su familia no me quiera, ni la mía a ella, es el amor de mi vida.

Ahora, tu caso es mucho más grave, tú le sigues pagando a tu ex y ni siquiera estás consciente de eso. Le estás pagando con tu sobriedad y, más aún, le estas dando tu tranquilidad mental, porque, mientras tu estas aquí, intentando descubrir que hiciste mal, ella a lo mejor esta con alguien mas pasándola chingón o sentada en su casa viendo una película. Por eso estoy de acuerdo con tu valedor, ya que sigues pagando el precio por algo, lo menos que podrías hacer es disfrutarlo- en cuanto dejó de hablar, el bolero volvió a su estado normal, su rostro se apagó. La lucidez lo había abandonado y reanudó su tarea.

Quizás fuera el Cold Stream que Clementino se bebió horas antes, pero encontró totalmente lógico aquel monologo. Si hubieran estado en un bar, Clementino le habría invitado un trago, pero en una taquería, se ofreció a invitarle una orden de suadero, sin embargo, el bolero declinó la oferta debido a que tenía como quince años sin comer carne. Clementino volvió a quedar perplejo, por segunda vez en la noche. Antes de retirarse, el Bolero les ofreció de nuevo la caja de toques; ambos amigos declinaron la oferta y el tipo se marchó con un dejo de desilusión en el rostro.

La siguiente parada fue un bar de mala muerte en la calle de Regina; sin embargo, hubo una escala obligada en una vinatería en donde compraron una botella de ron que bebieron, por turnos y sin diluir camino al bar. Cuando llevaban poco más de la mitad, y tenían ganas de orinar, se detuvieron en un parque para hacer lo debido. Era el centro histórico, así que, luego de que la orina se escurrió por la pared, llegó al piso empedrado y se distribuyó entre los surcos de la superficie, dibujando cuadrados y rectángulos de piedra. Luego, ambos se sentaron en una banca de metal. Los turnos de beberle a la botella de ron se reanudaron.
-Te caló lo que dijo el bolero, ¿cierto?- dijo Manuel, mientras miraba hacia el cielo y con el brazo le ofrecía la botella a Clementino.

-¿A que te refieres?- Clementino dio un trago largo y la regresó a su amigo.

-¡Que a lo mejor tu morra estaba cogiendo con otro!- Manuel acepto la botella, empino el codo y dio un sorbo corto.

-No, eso no. Me caló la posibilidad de que tuviera razón en todo lo demás.

Manuel volvió a beber, esta vez el trago duro siete segundos y devolvió el licor a Clementino.

-Güey, es solo su manera de ver las cosas. Cada quien tiene derecho a una perspectiva de las cosas.

-Pero su perspectiva me pareció inapelable…

Clementino se percató de que en la botella quedaba material para un solo trago y decidió conservarlo, como si de ese trago dependiera la continuidad de la conversación.

-Está chida, la neta, pero creo que es equivocada; yo creo que lo que uno debe hacer es ir con una morra y cantársela derecho, ya sabrá ella si le entra o no.

-En eso te equivocas, uno nunca elije a la mujer, sino todo lo contrario. Me lo enseño mi anciano papi.

-Quizás él sea el responsable de tus fracasos amorosos.

-Lo he considerado, sin embargo, también me parece inapelable la forma en la que racionalizo el tema: para él, básicamente, una primera cita es como ir a una entrevista de trabajo. Es decir, uno se presenta con la mejor versión de sí mismo, aunque sea fingida, realza sus virtudes y minimiza sus deficiencias; esquiva las preguntas capciosas y, ante todo, demuestra optimismo.

-Eso suena, incluso, deprimente.

-Lo sé, pero creo que es verdad; uno debe mostrar lo mejor que tiene y esperar lo mejor. Así que, la próxima vez que tú, mi amigo, tomes la mano de una muchacha y camines a su lado, le acaricies el cuerpo y le hagas el amor, debes estar consciente de que, para entonces, ella ya te estudió escrupulosamente, te catalogó y decidió hasta donde llegará contigo, ya decidió si eres material para una relación formal o si eres como la comida chatarra, que no nutre pero que quita el antojo. Sin embargo, y esto es algo tan maravilloso de ellas, son tan misericordiosas que no dejan que sepas todo esto para que te sientas bien contigo mismo, para que te sientas parte del proceso, para que vivas con la idea de que la sedujiste o qué sé yo.

-Creo que les das demasiado poder, pero bueno, tu sabes lo que haces- dijo Manuel mientras se levantaba de la banca y estiraba los pies- ¿Podemos ir al bar?

Clementino asintió, bebió el resto del ron, se levantó, estiro las piernas también y reanudaron la marcha.

El resto de la noche siguió su curso natural. Al siguiente día, ambos amanecieron en el piso del cuarto de azotea de Clementino sin recordar muy bien cómo llegaron y con una resaca del tipo de la que todos los borrachos viven con la esperanza de no tener que sufrir por que saben que un par de esas podrían convencerlos de no volver a beber.


Elvis Castillo
Cuauhtémoc, Ciudad de México 2018


martes, 13 de febrero de 2018

Editorial





El fracaso


Todos lo hemos padecido, en mayor o menor medida, todos reconocemos que en varios planes de vida las cosas no han salido como esperábamos, que la ruta que habíamos trazado para ser felices y adinerados se truncó y se rompió por el hilo más delgado: nosotros. Vienen entonces las reflexiones positivas: “Si te caes 7 veces levántate 8”, “El fracaso es la oportunidad de reinventarte”, etcétera, lugares comunes de aquellos que ven en los descalabros los escapes a su realidad. En Desencuentros nos consideramos expertos en el fracaso, consideramos tener un vasto currículum de reveses que al menos nos dan para escribir una historia, sin moraleja o sin enseñanza, por la pura catarsis. 
Nuestro propósito para 2018 es llegar a ser el mejor blog de toda la Internet, también lo fue en 2017, justo en la recta final  se nos chingó la rodilla y nos refugiamos en la bebida,  pero hemos vuelto del fondo del abismo, su colaboración, querido lector,  es indispensable para no volver a fracasar.

Segundo intento


A mí nadie me hace pendeja, seré joven e inexperta pero la vida me ha enseñado que nada pasa por que sí, yo conozco a los hombres y sé lo mentirosos y manipuladores que son. Cuando conocí a Santiago pensé que era diferente, al menos no se parecía ninguno de los chicos con los que había salido, él no usa camisas desabotonadas a medio pecho, ni relojes enormes, ni le gusta salir a antros; a decir verdad, es un poco aburrido y francamente no le creo eso de sentirse medio intelectual, pero algo en su mirada me atrajo y cuando salimos por primera vez me la pase bien y me gustó cómo me trataba.
Fue natural que nos intrigáramos y quisiéramos conocer más, aún recuerdo la primera vez que nos besamos, esa noche fue la primera, la segunda, la tercera, la cuarta y de plano entramos al limbo de los tocamientos y los besos incalculables.
No todo fue romance, por supuesto, nuestros pasados se hicieron presentes en anécdotas o descuidos de la memoria que nos hicieron cambiarnos los nombres, o recordar cosas que no habíamos hecho juntos, pero nos enamoramos y yo con mis miedos y él con los suyos nos entregamos al sinfín de significados. Pero a mí nadie me hace pendeja, desde el principio sospeche de sus planes, siempre tuve la duda de sus verdaderas razones para quererme y motivos para estar conmigo, él contestaba que lo suyo era un acercamiento cauteloso, sin prisas pero sin pausas, alegaba no sentir la voracidad ni el arrebato de su juventud y concluía mencionando que estaba listo para el amor pero sin presiones ni planes a futuro, preferible crear un presente continuo, en resumen, que lo que yo saque en claro es que él me utilizaba para no estar solo mientras llegaba o buscaba algo mejor, alguien que perteneciera a su mundo y se acoplara a las largas horas de café y  el análisis concienzudo de películas aburridas, lentas y de preferencia en blanco y negro, que desesperación.
Yo que me entregue con las dudas normales, pero sin ánimo de utilizar, yo que vi en él a la persona distinta que podía salvarme de mi vida desenfrenada, yo que rompí mis prejuicios e ideas preconcebidas y me entregue en cuerpo y alma a lo nuestro, yo que deje mi vida anterior y renuncie a las viejas amistades y las constantes borracheras, yo que decidí que por primera vez no usaría al hombre frente a mí. Pero no, era como  los demás, no paso la prueba mínima de hacerle tres preguntas que en apariencia fueran sobre temas inconexos pero que en el fondo arrojaran datos concretos sobre su agenda, tampoco pasó la prueba de tener una contraseña imposible en el celular, como todos los hombres escogió su fecha de nacimiento y fue muy sencillo entrar a sus mensajes para  revisar una por una las conversaciones que mantenía con sus “amiguitas”, así me enteré que hablaba con su ex novia y con tres compañeras del trabajo, no pude soportar su cobardía, su falta de amor propio y su necesidad de buscar cariño y reconocimiento en las demás.
Con cada una de ellas generaba una personalidad distinta donde la única constante era él como víctima de las circunstancias y el desamor, donde él había dado todo de manera sincera y el destino le había pagado con el fracaso, que mierda de persona, pobre ingenuo. Jamás le creí, siempre estuve alerta, escuchando y observando todo con atención y sin perder detalle, pobre iluso, jamás imaginó que yo escribía en una libreta todas las anécdotas que contaba y después en las noches revisaba dónde caía en incongruencias, jamás supo que en todo momento notaba cuándo mentía y cuando decía la verdad, a veces no era necesario saberlo, era suficiente con enfrentarlo para que cayera en entredichos y se delatara.
En suma, un pusilánime y un mentiroso que jamás aceptó su culpabilidad y su falta de respeto a nuestro amor, pero merecido lo tengo, siempre lo supe, fue mi error, debí sospecharlo desde el momento en que embotado por el alcohol me dijo entre las sabanas: Te amo, nada más falso, su celular brillaba con mensajes de las amigas.  Y a mí nadie me hace pendeja, pero llevo semanas sin saber qué hace y con quién platica, este cabrón ya cambió su contraseña. 

Raziel Jacobo Correa Alvarado
CDMX 2018

viernes, 12 de enero de 2018

EN DOS DÍAS


“Se busca perrito caliente que me quiera locamente”
-Romeo y Julieta.  Jarabe de palo.

Esta es una historia breve. En la introducción usualmente se cuenta la forma en que se conocen los protagonistas, ese primer acercamiento que da pauta a que todo comience, pero en esta ocasión habremos de saltarnos esa parte. ¡Qué más da como se hayan conocido! Si fue un encuentro casual de la manera menos original del mundo o si por el contrario fue de esas veces que el destino te pone en el lugar y en el momento adecuado. ¿Para qué indagar o romantizar?, la gente aunque no lo creamos, continuamente se la pasa conociendo a otra gente; un extraño en el asiento del metro o aquel que está formado atrás de ti podría convertirse en tú próximo compañero de aventuras o una buena anécdota de tú vida.

Pasemos de lleno al desarrollo de la historia comenzando por el día uno, la primera cita. Ese día ambos protagonistas estuvieron creándose expectativas el uno del otro y también los invadían diversas inquietudes “¿vendré muy arreglada?”, se preguntaba ella, “¿se enojara si llego diez minutos tardes?”, se preguntaba él. De todo el inmenso número de pensamientos que esa noche albergaban, había algo en lo que ambos coincidían; los dos querían pasársela bien, ambos iban a la espera de disfrutar la compañía del otro, no necesariamente tenía que ser de una manera sexual, podría ser sólo con la compañía, a veces una buena platica reconforta más que el sexo.

Ella llegó primero, temía no dar rápido con la dirección, diez minutos después llegó él; se sonrieron, a ella le gustó su mirada y a él le gustó su cabello. No hubo mucho esfuerzo para que las cosas fluyeran, la plática se dio sola “¿un café?” preguntó él, “no, mejor algo menos formal” contestó ella, así que atendiendo a la sugerencia de su acompañante, él la condujo a un bar tres cuadras de donde estaban para continuar con la plática y las risas.

No se sabe con exactitud cuál fue el factor que detonó los siguientes acontecimientos, pudo haber sido el alcohol o el simple hecho de que esa noche ambos iban con la disposición de ser felices; pero el punto fue que decidieron continuar la velada en casa de él, estando completamente conscientes de lo que eso significaba.

Al entrar a la casa ella se sintió como una intrusa en unas ruinas que no entendía qué son o qué fueron, pero que se encontraba profanando, miró los pocos muebles que había, su guitarra, su bicicleta, tratando de descifrar la historia de cada uno de esos objetos y la relación con su dueño, sin embargo, esa sensación fue breve, ya que él rápidamente le dio confianza para adentrarse en su hábitat, ofreciéndole cerveza e invitándola a sacar comida del refrigerador.

Ambos estaban desinhibidos y cuando eso sucede la gente tiende a mostrarse tal cual es y algunos más valientes muestran sus heridas, él tenía una muy grande y dolorosa, ella notó que aún estaba fresca, quiso curársela pero no supo cómo, temía que al tocarla pudiera doler aún más, así que hizo lo que mejor sabe hacer; fingir, fingió que estaba bien, que no le dolía verlo sufrir, fingió que ella no tenía heridas, cuando está llena de cicatrices; sólo pudo besarlo en un intento de calmar los dolores de ambos y como buen analgésico, el beso hizo su efecto. El trató de desnudarla para verla realmente y conocer también sus heridas pero sólo logró quitarle la ropa, y aunque ella trato por todos los medios de que no la viera tal cual es, cuando la tuvo en sus brazos alcanzó a ver en sus ojos sombras de los monstruos que lleva por dentro, esos que la asechan con frecuencia.

“Quédate” dijo él, “no puedo” contestó ella. Sí podía, pero no quería, empezaba a sentirse vulnerable, en cualquier momento sus monstruos se podían escapar.

Él salió a despedirla dándole tres besos seguidos en la boca y durmió solo, recordando el olor de su pelo y el calor de su cuerpo. Ella se fue temerosa y angustiada y durmió sola, preocupada por el futuro.

Los días siguientes pasaron; se querían ver, eso estaba claro, pero no lograban coincidir en tiempos hasta que una semana después lo hicieron.

Era la segunda cita y el lugar fue en casa de él. Ella desde antes de llegar sentía un malestar de esos que le dan cada que sus monstruos se sueltan de sus cadenas. Cuando llegó con él ya era inevitable esconderlos, estaban afuera y él los pudo ver con toda la claridad del mundo, ahí estaban, completamente expuestos sus miedos e inseguridades en formas monstruos, él se espantó, era lógico que sucediera, pero no se fue, se quedó con ella, hasta que poco a poco los volvió a encadenar.

Hubo un momento de paz, sus monstruos ya estaban domados y aunque la herida de él seguía abierta y fresca, esa noche no dolía tanto. Se volvieron a besar, esta vez no había alcohol de por medio, así que el efecto analgésico fue aún mayor y duró más tiempo, haciendo que se olvidaran de cualquier herida o cualquier monstruo. “quédate” pidió él, “sí” contesto ella.

Esta vez se quedó y ambos conocieron otra fase de ellos mismos, por ejemplo que él suele tener los pies fríos y ella la piel caliente, que él no ronca y duerme bonito sin casi moverse y que ella por el contrario no sabe dormir en pareja, pues lleva mucho tiempo durmiendo sola.

A la mañana siguiente sonó el despertador, él lo apagó mal humorado y abrazó a ella contra su pecho, le gustaba cómo se sentía su piel junto a la de él “cinco minutos más” dijo, pero no fue así, si acaso sólo fueron dos minutos más los que se quedaron abrazados y él se levantó, le gustaban las mañanas aprisa; ella se vistió torpemente y cuando terminó, él ya la estaba esperando en la puerta, se le hacía tarde para el trabajo, ahí parado dándole el sol en la cara ella percibió lo que le parecieron algunos monstruos de él, pero no quiso averiguar ni hacer ruido para despertarlos, no tenía ganas de conocerlos estando aun adormilada.

A esa mañana le faltaron besos, tiempo o tal vez sólo un buen café cargado. Se despidieron con un beso y un “me llamas” dicho casi al mismo tiempo. Ninguno de los dos, se ha vuelto a llamar.

Igual que no hubo introducción en esta historia, tampoco hay un desenlace, tal vez haya un día tres en donde se despierten sin prisa o tal vez ambos ya se olvidaron; a lo mejor las heridas son muy dolorosas y los monstruos muy poderosos y eso les impide buscarse, o tal vez sólo sea que a él no le gusta pensar en el futuro y a ella le cuesta vivir en el presente.

Dos días es poco tiempo para conocer todas las heridas o todos los monstruos de una persona, también lo es para mostrarse todo lo que ellos se mostraron y más aún es un breve tiempo para enamorarse. Ahora ambos forman parte de un capítulo de la vida del otro, se contaran cómo anécdota entre sus amigos de más confianza o se tendrán como un bonito secreto, no se sabe con exactitud, en la vida, algunos personajes aparecen en diversos capítulos, se van y vuelven a aparecer, aunque sea sólo en dos páginas.
 


Lic. Sandoval

Atizapán de Zaragoza, Estado de México.

Enero 2018

miércoles, 4 de enero de 2017

Editorial


Hablemos de nosotros: 
Desencuentros comenzó como aquellas ideas que surgen en  las azoteas de edificios viejos, entre amigos y charlas irrelevantes donde cada uno de los participantes se arrebataba la palabra para ensanchar el ego, está de más decir, o mejor si decirlo, que los amigos éramos dos  y que en un principio Desencuentros fue el cauce natural y sencillo para detonar nuestras planes inmediatos: escribir y publicar, darle disciplina  a la creatividad, someter nuestros textos a la opinión de los demás y ensayar una especie de taller virtual donde aquello que íbamos narrando mejorara a fuerza de enmendar errores y pulir aciertos. Aquello era por supuesto, una tarea de ratos libres y en tiempos no definidos, creativo pues, respetando la vida del burócrata que ambos llevábamos. Funcionó a medias, eso de crear un blog con una identidad propia y con un tema específico por mes por pura inercia nos colocó en el terreno de las ideas novedosas  y si, al paso del tiempo se constató lo que pensamos en la azotea: todos tenemos algo que contar, basta que exista un canal que los aliente y que respete eso que quieren transmitir. Tras 5 o ¿son 6? años interrumpidos y con los altibajos propios de los baches creativos, los periodos vacacionales,  las disputas amistosas, las preocupaciones de los asalariados y el tiempo que se nos va; retomamos Desencuentros bajo las mismas premisas pero con la esperanza de que funcione a completas. Este mes no tendremos un tema específico, recibiremos y publicaremos los textos que quieran compartirnos. Colaboren con nosotros.


Atentamente el H. Consejo Editorial

En este momento

-No hay nada- decía inocentemente.

Parecía que resonaban las piedras en que estaban parados. Era un hecho, no había nada. El ruido que se percibía apenas, llegaba a ser tan insistente que se convertía en tiempo. ¡Qué intenso y permanente es el tiempo! Se pasa uno la vida corriendo tras de él sin saber que no existe. Así los dos pensaban.

No era una noche cualquiera, se disponían a acuartelar las veredas que rodeaban la casa, el pueblo era un lugar muy seguro entonces. Damián le decía a Fidel que a la abuela Inés se le había aparecido el diablo una vez y que ella no temía a nada, de hecho, solía contarlo de manera desinteresada sólo cuando la gente le preguntaba:

-Fui pa’ San Miguel por leña y en eso salió un julano muy catrín vestido de negro que me quiso espantar. Le dije “quítate cabrón”- contaba sin congoja la abuela Inés.

Cuando Damián se quedó parado al lado del jacarando, una intempestiva y solitaria idea le dio un escalofrío que recordó hasta unos días después. Esa idea no era espontánea pues obedecía a una serie de pensamientos que se encontraban de moda en aquel pequeño pueblito abandonado por el tiempo. Se había comentado que era de dementes salir de noche porque, además del frío, nada había qué hacer después de las diez. Los hermanos Salgado no eran conocidos por pensar como todos, más aún, su pensamiento era un accesorio necesario sin el cual existir era una maquinaria solamente.

Bastantes eran las oleadas de frío que los circulaban. Fidel se asomaba hacia el camino del árbol que llora para buscar algo –pasatiempo inconsciente que le causaba cierto goce- del cual no despegaba la vista. Él nunca sabía nada. Esa noche, ni Fidel ni Damián sabían qué habían salido a encontrar, por eso, cuando Damián pensaba esas ideas tontas le parecía que hacía lo propio.

Por ratos, intercambiaban la única mantita que llevaban, pues los retazos de tela que cosía Mamá Rita sólo alcanzaron para una sola. A veces, el frío es un instante que nos tiembla en los huesos y que hay que aprisionar con el cuerpo para que no se escape y nos recuerde que se va a ir; el frío nos va a abandonar dejándonos al desnudo. Eso pensaba Damián.

- ¿Tú crees que hay gente desnuda en este momento?

La ventisca que los rodeaba a ratos se fue por unos minutos largos. Fidel lo miró fijamente como si no lo mirara. Así quedó dando paso a un momento sereno que clavó en esa historia, ese tiempo, un acontecimiento que difícilmente se percibe. Cuando uno habla, se estremecen las cuerdas vocales y se escapa el sentido, lo que uno siente al hablar es que pasa, y se va. Ambos dieron paso a ese momento, el momento en que éste se hizo palpable, tuvo lugar: la mirada, el silencio, la pregunta y el pensamiento. De manera retroactiva y sin eslabones, cuando uno se pregunta hay una cadena de sucesos que camina en el tiempo. Eso es. Cuando Damián y Fidel salieron aquella noche a encontrar nada, por la vereda del arroyo de Valleluz, hallaron lo que buscaban: nada. Lo tenían entonces.

Habían pasado cerca de dos horas y ya la última voz había callado en el pueblo. Damián se cansó de esperar respuesta, prefirió llenar el vacío con otra pregunta que no recordó por mucho tiempo. Fidel no era bueno con las palabras, todo lo contrario. Salía a escuchar lo que los grillos decían porque le parecía entenderlos mejor que a su gente. Esa noche no había grillos. El cielo de Valleluz era como ningún otro, profundo.

Estaban todos dormidos ya y no había mucho qué decir, salvo ideas que emergían con el aliento de la noche, ideas que eran nada pero que pesaban y a Damián le causaban gran inquietud. Sobrevino a esa calma una conversación cualquiera: el ajonjolí ya estaba en los costales, Delfino trajo queso de cincho para cenar, murió don Bernache hace dos días, y demás; todo eso cabía en la noche.

Lo que a Damián le inquietaba no eran los cuerpos desnudos ni el frío que pudiera calarles en esta noche. En realidad se inquietaba por algo más, pensar el tiempo. Todo lo que puede ocurrir en un mismo instante, ese mismo instante de todos y de nadie, el instante en que ocurre el mundo y que no nos pertenece salvo cuando damos cuenta de él. El tiempo es un todo, de nadie.


Damián preguntaba y Fidel escuchaba, los cubría el mismo aire, el mismo sonido, el mismo instante. Así es el tiempo, una vereda, un árbol que llora, una manta de trozos de tela. 

Arianna B. C. A.

Paraguas

Tenía 7 años, los paraguas para niñas estaban de moda y todas queríamos tener uno, había azules con bolitas de color blanco, rosas con estrellas café, lilas con florecillas rosas y otros diseños, que en realidad no eran la gran cosa pero todas queríamos tener uno porque, según nosotras, eso nos daba clase y categoría…
Recuerdo que mi hermana mayor tenía el suyo, se lo había ganado por buenas calificaciones, pero no me lo prestaba porque, en cambio a mí, me castigaron por subirme al mesa-banco en la escuela a gritar ¡Juan Pablo, segundo, te quiere todo el mundo! Y la maestra Teresita con sus sesenta y tres años, sus pocas intenciones de jubilarse y el típico carácter de una solterona amargada, me jaló de una oreja y me llevó a la dirección donde llamaron por teléfono a mi mamá para darle la queja de que a la maestra ya la tenía hasta la madre.

-¡Bueno tú ya ni la chingas, la vez pasada tocaste la campana de los temblores y  todos tus compañeros salieron gritando porque pensaron que estaba temblando! Me reprendió mi madre en casa. ¡Ponte a lavar los trastes, estas castigada y ni chilles porque te rompo el hocico!

Un día fuimos a comer a la casa del jefe de mi papá, estaban celebrando el cumpleaños de la hija menor del ingeniero que cumplía diez años. Era una casa fría y alfombrada con un enorme jardín donde solíamos recolectar los ciruelos que caían de los árboles, lo más divertido era el baño porque tenía un jacuzzi y canastas con pétalos de rosas aromáticas en pequeñas repisas colocadas en las cuatro paredes.
Mi madre solía ponerme siempre vestidos, el de aquel día era blanco con un gran moño rojo a la espalda y en el cabello, dos coletas que atrapaban mis risos negros con listones de organza rojos. Aquella tarde entré al baño porque realmente tenía ganas de hacer pipí. Cuando logré satisfacer aquella necesidad, lentamente me acerque al lavabo para lavarme las manos; tomé uno de los pequeños jabones para olerlo y cuando estuve a punto de acercarlo a mi nariz, se abrió la gran puerta de madera pesada, detrás de ella entraron tres niñas morenas con uno de aquellos paraguas en mano cada una. La más grande ordenó a las otras dos que vigilaran la puerta, las niñas salieron del baño y la hija del ingeniero Juárez se acercó a mí oído y me preguntó si quería su paraguas.

-Tengo dos. Me dijo.

Mi delgado cuerpecito quedó contra la pared donde el contenedor del papel de baño me lastimaba la piernita derecha, quedé paralizada y casi muda asentí con la cabeza, lenta y temerosamente.

- Tienes que dejarte besar y no gritar. Me ordenó.

La niña se fue acercando cada vez más a mí, con sus manos abrazó mi espalda y con un halito sabor a chicle de fresa, me besó de tal manera que no podía respirar, su lengua entraba en mi boca con un vigor asfixiante. De repente dejó de besarme y se agachó llevando sus manos a mis zapatitos rojos de charol, sus dedos fueron subiendo poco a poco, apenas rosando mis calcetas hasta llegar a mis calzoncillos de algodón blanco con holanes azules. Al llegar al resorte metió su mano derecha en ellos y diciendo “eres mi novia” sobó suavemente mi pequeña vulva. Cuando finalmente se detuvo, utilizó ambas manos para bajar mis calzones que sentí húmedos, llevó sus labios a mi clítoris y con la lengua procedió de la misma manera que en mi boca. Mi respiración era casi nula, quería hacer más pipi, con los dedos tenía ganas de arrancarme el vestido blanco, no podía gritar ni de placer, ni de miedo, ella me había advertido que no lo hiciera.
Sabía que aquello era malo, que después de eso Dios me castigaría, que mi madre lo sabría todo en cuanto la mirara a los ojos… De repente se escuchó el seguro de la puerta, volteamos al mismo tiempo para darnos cuenta de que el hermano mayor de la niña nos miraba desde hacía rato.

-¡Tortillas!, ¡Tortillas! Nos gritaba, yo no sabía qué era eso. La hija del ingeniero se levantó corriendo y del cuello tomó al hermano.

-¿Qué estas mirando asqueroso, pedazo de…? ¡Lárgate de aquí o le diré a mi padre que espías a mamá mientras se ducha!

- Maldita mañosa, si le dices eso a mis padres, yo le diré de tus mañas.
Rápido me levanté los calzones, me acomodé el vestido blanco, lavé mis manos y fui donde mi madre.


Dirán que estoy loca pero recuerdo a Rosita como mi primer amor ocasional.  

-Aby Lee-