jueves, 29 de mayo de 2014

Editorial


Los Objetos

No se crea que en Desencuentros pasamos por un bache creativo, o que nos absorbió la rutina laboral y la desidia del burócrata, todo lo contrario, estos meses han sido de intenso debate en el consejo editorial sobre los siguientes pasos a dar en este esfuerzo literario, harto valioso y de calidad comprobada, aunque, en honor a la verdad, no le encontrábamos cuadratura al círculo ni sabíamos si esto de escribir y discutir sobre “temas importantes”, venía a cuento, quizás es mejor hacer que escribir.


En lo que concluimos el debate, este mes, o este día, o esta vez, decidimos hablar sobre los objetos, o cosas, esos artilugios que nos facilitan la vida cotidiana, aquellas posesiones efímeras que adquieren un valor no sólo de uso, sino sentimental y afectivo,  esas que nos definen y nos caracterizan y que nos hacen decir “mis cosas” en un ejercicio de apropiación que dista de ser metafórico,  qué sería de un miope sin sus lentes, qué sería de un músico sin su guitarra, qué sería de Peña Nieto sin su teleprompter.  Nos rodeamos de piezas temporales, diseñadas en su mayoría para necesidades inventadas y pasajeras que se convierten en el elemento central de nuestros anhelos y esfuerzos: ahorrar para el iphone, para los lentes o para el sombrero si se es hipster. Aquello de facilitar la vida encuentra su punto más alto en las TV ofertas, que en el momento preciso ofrecen la solución a ese problema que tanto nos aqueja.  Así las cosas, o mejor dicho esas las cosas, en Desencuentros queremos estrenar nuestra nueva computadora  e invitarlos a escribir una bonita reseña, anécdota o remembranza sobre ese vínculo tan especial que usted mantiene con su oso de peluche, su pantalón favorito, su camisa de viernes, el reloj que le dio su abuelo, la playera generacional de su familia o sus tenis de marca, ande cosifique, acá lo entendemos.



El fondo de la botella


Ahora que veo el fondo de la botella

caigo en cuenta de una verdad olvidada,

una cruel y absoluta,

no hay consuelo ahí, solo una mentira,

solo un placebo

que por la mañana perderá su efecto,

no hay nada ahí, solo un vacío.


Ahora que veo el fondo de la botella

me identifico con ese recipiente de cristal,

estoy quedándome vacío o ya lo estoy,

he perdido la certeza.


Ahora que miro el fondo de la botella

hago una lista mental

de sitios a los que quisiera regresar

y otros que quisiera conocer.


También lamento un par de amores

perdidos, jubilados, echados de menos

y mientras vacío la botella

a tragos de cinco segundos
descubro que no quiero llegar al final.


Pero si de algo estoy seguro

es que ahora que miro el fondo de la botella

ya estoy ebrio y el amanecer


no será condescendiente conmigo.




Clementino Diógenes
México, D.F Mayo 2014



Cuatro agujeros


Lo vio todo.


Será una leyenda, cruzará los planos de la realidad y la fantasía, serán levantados los coliseos llenos de paroxismo y mentadas de madre.

Emergerán miles de gladiadores,  un demonio, un príncipe, una sombra 
oscura  y muchos más.

Librará la interminable batalla entre el bien y el mal, con sus espectros, adefesios y engendros de las tinieblas.

Su nombre causará terror en el corazón de sus adversarios, confianza en sus aliados  y alegrías en sus seguidores.

Ganará el amor de las mujeres, la idolatría de los niños y la admiración de los hombres, será  famoso en inmortal.

Vio su propio esfuerzo, lleno de sudor, lesiones, rostros de dolor en sus adversarios, sangre, flashes de cámara, monedas y vasos de cerveza.

Pudo ver, cual rey, el manto de su imponencia, su propia capa.
Sólo hacía falta un detalle, pues todo esto no lo puede lograr un simple Rodolfo, pues Rodolfo, “Ruddy” es un nadie, uno más en la fila. Se necesita algo más, un algo que haga que Rodolfo pierda su identidad, ganando otra, sólo que nueva y fantástica.

La historia debía ser respetada y reclamó un objeto ancestral de ceremonia, peculiar y propia de un país como este, con cuatro agujeros, dos para ver, uno para respirar y uno más para poder gritar: una máscara.


Se hizo llamar: El Murciélago II




Don Leopardo A.
Naucálpan, Estado de México

jueves, 15 de mayo de 2014

Pies azules



He buscado tanto
que ni los tesoros llevaban oro
 “Hoy me dejare”, Carlos Ann



Hoy es uno de esos días en los que el frío de la nuca no desaparece, el hormigueo en los pies y el sudor en las manos sólo seden ante unas zapatillas nuevas. No hay nada más satisfactorio que la sensación de “nuevo” en los pies, es mejor que un orgasmo, no, el orgasmo es mejor cuando mis pies lucen plateados, con un tacón de quince centímetros y con una delgada correa aferrándose al esmalte de mis uñas. Pero estos lilas, que combinan con los puntos de mi coordinado interior azul, están hechos específicamente para buscar el amor. 

Me veo en el espejo, pero la habitación se impone a mí, la pared está aferrada al blanco, lo bueno es que las cajas de zapatos la tapizan y entonces ese bienestar vuelve a mi nuca, a mis manos y a mis pies. Termino de abrochar el vestido, pero los botones se ven muy justos, casi obligados a permanecer. Por muy negro que sea el atuendo, la carne no reduce bajo un color opaco, pero no importa mis pies lilas se ven sexis. Me cambio inmediatamente el vestido, por otro, por uno más corto, por uno azul marino. Me impongo en el reflejo, todo está de maravilla, me veo azul con lila y aun parece que rondo en los veintes. Cierro la puerta. La casa queda sucia, no me interesa, mañana regaré las plantas, sacudiré el polvo de los muebles y aspiraré los pelos del gato de los sillones. Es que hoy tengo una cita y llevo mis zapatillas lilas, las más nuevas, no me queda tiempo para otra cosa.

Me gusta escuchar la fuerza del eco de mis pisadas por la calle y ver en mi sombra el movimiento, al ritmo de mi andar, el cabello sujetado con una coleta y tres pasadores negros. A veces recuerdo a Fernando, en los días como hoy que estoy segura en encontrar el amor. Es que Fernando por más amoroso, delicado, con esos ojos de niño y sonrisa seductora, jamás aprendió a quitarme los zapatos, él no es el indicado. Mi madre puede recitar misa, una y otra vez, de lo estúpida que soy, de lo mucho que Fernando me ama, de la soledad que me acompaña a los treinta, de que los zapatos nunca llenaran mi cama y que el gato, mi pequeño Mimin, tarde que temprano morirá. Ella qué sabe, nunca fue sexi, siempre ha usado zapatos de viejita. Mi abuela sí conocía el placer de las buenas zapatillas, ahora entiendo todos sus intentos por utilizarlas hasta el final: metía sus lindas zapatillas al congelador, con bolsas de agua en el interior. Así cualquier estilo, casi cualquier número, lo tenía a sus pies. Al grado que en los últimos años, a pesar del dolor de sus rodillas y la andadera, se reusó a usar zapatos de tela y nunca dejó de pintarse las uñas y calzar seximente con sandalias juveniles. 

Lo único que tiene un final súbito son las calles como ésta, que precisamente topa con la cafeterita de los buenos encuentros. Donde las pláticas comienzan hablando de los días bonitos como este, continúan con el viento de otoño y en la siguiente conversación hablamos de lo linda que soy, que mi sonrisa es la más bella, que mi cabello es hermoso y que no hay otra mujer como yo. Esas mentiras necesarias, las encuentro aquí, en la boca de compañeros de cama, que sustituyen perfectamente al amor de Fernando. Entro, saludo a la cajera, me siento al fondo, a un lado de la cocina, un poco oculta, sin ventana y con un sillón para mi solita. El mesero me trae lo de siempre, té de yerba buena y un par de galletas con mermelada. Me gusta llegar dos horas antes de una cita previa, no sé, es que me encanta verme los pies por debajo de la mesa cada vez que cambio la página de un libro cualquiera y mirar hacia adelante, desde el fondo, a todos los que llegan y a veces intercambiar ideas, teléfonos y risitas, o rehusar compañía de hombres en búsqueda.

Ya casi es la hora. Pido otro té, más galletas y fresas bañadas en chocolate, pues son mis instrumentos de coqueto antes de ponerle un pie en cima a quien espero. Sacudo un poco el vestido, que por más que intento, los pelos del gato no se esfuman. Ese Mimin deja claro que soy suya. Llega Carlos, puntual como siempre. Esta es la cuarta cita, entonces ya superamos el clima y continuamos, eso sí, en que soy muy bella, en que este libro bueno, en que sólo pensamos el uno en el otro y que después de darnos de comer, fresas y galletas en la boca caminaremos brazados por toda esa larga calle, hasta mi casa. Instintivamente, subo mi pie en la rodilla de Carlos. Con la punta de sus dedos lo acaricia y va subiendo por mi pantorrilla, así delicado, ahora con toda su mano y con toda su mirada en mis ojos, sonríe devorándome en un sola galleta. Estoy lista para ir a casa. 

Caminamos. Yo bajo su brazo y él contándome una y mil historias. Su cabello me encanta: despeinado, corto y en continuación con su estilizada barba. Carlos es especial. Me gusta su piel blanca, sus dedos finos y el olor del viento por su cuerpo. El tacón de pies lilas suena por toda la tarde, así como debe de ser una cita perfecta. Sonrío recordando a Fernando, para él este sonido no valía nada, ni siquiera valoraba que mi sostén y mis zapatillas coordinaran, él no entendía nada. Es que el hombre perfecto es aquel que me lleve a un orgasmo sin zapatillas y Fernando no es ese hombre. Él jamás pudo sacarme un milímetro los colores de mis pies, tan simple que es, pero él no tuvo la capacidad de lograrlo, así de poco sensible es al “maravilloso” de Fernando. 

Llegamos a mi casa. Mimin está en la puerta esperando entrar. Carlos y el gato se ven fijamente. Subo los tres escalones de la entrada, Carlos me espera abajo. Saco las llaves de mi bolso, Mimin se acaricia en mis pies lilas, ronronea, él puede ver que mi ropa interior combina sutilmente con mis sexis zapatillas lilas. Antes de girar las llaves y entrar en mi vida, espero, espero las palabras que abran la puerta. Volteo, sonrío y los ojos iluminados de Carlos me alumbran la tarde casi noche.

Me encanta tu vestido, te ves hermosa en él, combina exquisitamente con tus ojos. ¿Cómo puede decirme semejante cosa? ¿Qué está ciego? ¿Cómo es que no vio los detalles: la pulsera lila, el labial lila, el bolso lila, mis pies lilas con tacón de quince centímetros? Es un insensible cómo todos los demás, casi un idiota. ¿Por qué un simple vestido, por qué no unos sexy pies, por qué no me puede ver? Cierro la puerta con Carlos del otro lado. Las escusas sobran, con un eterno dolor de cabeza, basta para dejar de ver al bellísimo de Carlos, qué desperdicio, parecía perfecto.

Tiro el coordinado por debajo del lavabo del baño. Las zapatillas ya están en una caja tapizando la pared. Después de una ducha fría y de cenar en compañía del Mimin, pinto mis uñas de rojo, mañana es día de sandalias cómodas, con tiras abrazando mis piernas, así como el gato se me abraza en las noches. Por hoy no necesito más que eso para dormir.

Despierto, sin Mimin, sin Carlos, sin cita. Tendré que ser suficiente para mí. Hoy me dedicare a mentirme un rato, me contaré que el día es bonito, que el aire no es para tanto, que me veo más delgada, que mi pelo se ve igual de lindo que siempre, que las sandalias lucen espectacularmente sexis en mis pies. Quizá continúe con una mala película en el cine, después coma algo en medio del centro comercial, donde no van hombres solos y no tendré que reusar ni compartir ideas con nadie. Después, voy a deleitarme en los aparadores de zapatos y compré un par de zapatillas, porque me faltan unas azules, que terminen con el frio de mi nuca, el hormigueo en mis pies y la sudoración de mis manos…


miércoles, 14 de mayo de 2014

Artículos personales


La primera vez que compré unos condones tenía alrededor de 16 años, me sudaron las manos y me temblaron las piernas nada más de entrar en la farmacia. Eran otros tiempos, no se hablaba abiertamente de sexo con los padres, de hecho, creo que todo lo que sabía de sexo lo había visto en la tele, en algunas revistas, o lo sabía por amigos y por una que otra plática de orientación en la Secundaria. Rebeca y yo sabíamos lo mismo del tema, o sea casi nada, pero al menos teníamos una cosa clara: si queríamos acostarnos necesitábamos usar condón para evitar embarazos, comprarlos era mi obligación de hombre como tantas otras que tuve después. De seguro nadie me miraba, pero yo sentía que todos los clientes de la farmacia clavaban sus ojos inquisidores en mí. Ahora me siento un poco como aquella vez, como un adolescente, pierdo el tiempo en los anaqueles mirando el precio de las vendas, de los jarabes para la tos, de los enjuagues bucales, de los rastrillos, de los cotonetes, en vez de ir directo al mostrador y preguntarle al dependiente si tiene lo que busco. Recuerdo que el vendedor apareció detrás de mí: “Buenas tardes AMIGO, ¿qué buscabas?”, quedé mudo por unos segundos, mientras él se aguantaba la risa. Mi nerviosismo era tan evidente como la virginidad en mi cara, era obvio que quería unos condones ¿Qué otro producto haría sentir pena a un adolescente en una farmacia? Tal vez una prueba de embarazo, pero nunca fui yo a comprar alguna, las compró Rebeca cada vez que las necesitamos.

Durex, fue la primera marca que compré porque su publicidad me parecía buena, pero al poco tiempo cambié a Trojan, que son más cómodos y mejor lubricados, claro que ya para entonces no me daba pena sino orgullo ir a comprar condones y tener mi marca de confianza. Ahora ya ni los usamos, tiene años que los dejamos, en algún momento nos dimos cuenta que los condones no eran tan indispensables como te hacen creer en la tele y en la escuela, es más cómodo prescindir de ellos y el temor a un embarazo va desapareciendo cuanto más creces, pero llegan otras preocupaciones. Tal vez ahora también pueda prescindir de la crema para las hemorroides, tal vez es mentira que si no la usas a los primeros síntomas inevitablemente te tendrán que abrir el ano con un bisturí en algún momento… bueno la publicidad puede ser exagerada, pero mis síntomas son reales, la maldita comezón y el ardor ahí están y de alguna forma debo remediarlo y es más fácil tragarse la pena con el boticario que con el doctor por más que el doctor sea un profesional y el que atiende la farmacia un trabajador cualquiera. La diferencia es que sólo uno de ellos hurgará en tú ano.


Ahora la edad juega a mi favor, hay un sinfín de cosas “vergonzosas” que uno puede necesitar en una farmacia cuando ya no se es joven y los tenderos no acostumbran burlarse de los mayores. Algo está mal en la sociedad cuando da más pena comprar ungüentos contra las almorranas y condones que cigarros o pastillas para dormir o supongo que a nadie le gusta dar pie para que un extraño se imagine tu ano o tu pene… bueno, tal vez hay gente a la que sí le gusta, pero a mí no. O Tal vez simplemente estoy siendo infantil porque mientras más envejecemos padecemos o padeceremos malestares vergonzosos y eso es natural ¿Cuántos de los clientes presentes comprarán algún medicamento que no andarán pregonando que utilizan? ¿Cuántos llevarán pañales para adultos, cuántos comprarán antibióticos para enfermedades venéreas, cuántos más con hemorroides habrá aquí? ¿Y qué tal cuando necesite algo realmente grave, como una diálisis o insulina de por vida? Tal vez sea Rebeca la que tenga que venir a comprármelas porque yo no me podré ni levantar de la cama ¿Y si es ella la que lo necesita?... Es cierto, estoy siendo infantil mi estúpida almorrana es un juego de niños… ¿Y qué tal cuando necesite ya usar Viagra? ¿De viejo seguiré siendo igual de penoso o me dará orgullo presumir que todavía tendré una vida sexual activa? Sólo espero tener para entonces suficientes canas, suficientes arrugas que justifiquen la impotencia y usar la pastilla con una mujer que no sea Rebeca, de preferencia una más joven que ella. ¿Qué se sentirá estar con otra mujer?, ¿tendré que volver a usar condones?

-Buenas tardes caballero, dígame, ¿en qué le puedo ayudar?

Romeo Valentín Arellanes
México, DF. Mayo 2014


Historia de un final feliz


Sabía que algo pasaba entre nosotros, llevaba semanas, meses sin tocarme, sin buscarme siquiera, me dormía desnuda a su lado muy a pesar de ser tan friolenta y vivir en una casa helada; desde que se despertaba hasta que dormía, él tenía sus ojos puestos en su celular, había madrugadas que me despertaba y lo veía ahí, haciendo “no sé qué” en su pendeja BlackBerry que ganó en una rifa del trabajo hace 3 meses. 
Desde que lo obtuvo y aprendió a usarlo, el celular se lo tragó, lo absorbió ya no platicábamos, ya no nos veíamos a los ojos, él contestaba con monosílabos “sí, no, no sé, ¿qué? Si quieres, me da igual, tú decide” Me volví loca de escuchar sonar esa madre cada segundo, no sabía si quien le escribía era su jefe, sus amigos o la vieja que se cogía. Pero los días que pasábamos juntos, se escuchaban más teclas y sonidos de notificaciones que respiraciones.
Supuse que después de 5 años de matrimonio y 15 de novios, él comenzaba a tener una relación con alguien más, me parecía ilógico que él no quisiera coger en tanto tiempo, una vez, mientras yo se la chupaba, levanté la mirada hacía él y el muy imbécil tenía el celular en la mano, ilusamente le pregunté que si me estaba tomando una foto, pasaron varios segundos y me preguntó ¿Qué dijiste? Sin siquiera voltear a verme. En ese momento me volví loca, creo incluso, que tuve unos de esos desdoblamientos astrales –diría mi abuelita- del coraje, me vi flotando sobre la cama, viéndome debajo, yo estaba en cuatro chupándosela y él, sin hacerme el mínimo caso, clavado en su puto aparato.  
Sentí caliente la panza de odio, me puse rabiosa, histérica, como una verdadera loca, salvaje, violenta, ofendida como nunca me había sentido -ésta es la última vez que me ignora este pendejo– pensé y apreté mi mandíbula, sentí cómo de las muelas hasta mis dientes frontales le atravesaban el pito al cabrón infeliz de mi marido; un chorro de sangre me llenaba la boca, y desde arriba, desde el techo donde yo flotaba, totalmente fuera de mí, veía crecer a nuestro alrededor, un charco de sangre, mientras él, sin soltar el teléfono gritaba y se retorcía de dolor.
Yo me sentía satisfecha, el sabor de nuestras sangres en mi boca se mezclaba y eso me daba tanta tranquilidad, paz, me hacía feliz saber que aunque él intentara separarse de mi boca, pegándome en la cabeza y cara, sería la última vez que me vería más que a su teléfono. Me golpeó hasta que me aparté de él, sí, con su pito en mi boca; creo que me desmayé, al menos eso sentí en el último golpe que me dio y de inmediato sentí un vacío en la panza, como si de flotar en el techo hubiera hecho caída libre hasta reincorporarme en mi cuerpo. 
Y ahí estaba yo, de nuevo en cuatro, viendo cómo mientras yo le hacía una mamada el no dejaba de ver quién sabe qué madre en su aparato. Me levanté de la cama, entré al baño y de ahí me fui a dormir a la sala, esa noche… además de imaginar castrarlo, pensé en irme al día siguiente. Sólo esperaría a que Andrés se fuera al trabajo.
Esa noche no podía dormir, entre mi coraje y agotamiento mental, logré dormitar unos minutos; me desperté con frío, caminé a la recámara por una cobija, ahí estaba él y su maldito objeto sobre su panza, lo tomé despacito para no despertarlo y corrí de nuevo a encerrarme en el baño. Pensé en destruirlo, aplastarlo, lanzarlo por la ventana, ahogarlo en la tina, tirarlo a la basura pero de pronto… lo confirmé… ¡bip, bip! Un mensaje en la pantalla, de parte de una tal Betsy “ya te dormiste papi, me dejaste toda caliente” … silencio, hubo silencio dentro de mí, finalmente había comprobado lo que ya suponía ¿dolor? No. Sólo recuerdo haber sentido alivio, fue como saber que esta relación ya no sufría más, que nos habíamos desconectado del respirador que nos mantenía vivos, pero en estado vegetativo, ya llevábamos años muertos y más fríos que la taza del baño donde me había sentado a leer y ver sus mensajes.
Esa noche, quizás al notar mi ausencia en la cama, él dejó sin contraseña o se durmió profundamente mientras texteaba con Betsy, quien por cierto, después del mensaje le envió un video, la calidad no era muy buena, pero la que se masturbaba del otro lado sí –debo confesarlo- mientras yo veía el video ya no sentía coraje, ni celos, ni dudas, al contrario sentí una gran excitación, llevaba meses sin tener un orgasmo provocado por mi marido y ahora la tal Betsy, era responsable de la mayor lubricación que había tenido en mucho tiempo.

 -Mándame más- le escribí.
-¡Papi! ¿te desperté?- Contestó
Sin dudarlo le escribí –Mándame otro video, hoy no me dejes dormir-

Casi 5 minutos después llegó otro video, ya se había quitado el bra, tenía unas tetas preciosas, no era tan linda de la cara, me enseño el culo, pensé que no era su mejor parte –sabía que no podía ser perfecta, la muy pendeja- Dije en voz alta -Andrés siempre prefirió escotes que nalgas- le calculé unos 23 años, pelirroja, más gorda que flaca, diría yo.
La tal Betsy, sus videos y mensajes, lo había logrado, de pronto ya no sentía frío, sólo tenía ganas de tocarme y sin pensarlo, me llevé el celular entre mis piernas, tenía tanto tiempo que Andrés no me tocaba, que podía sentir haciéndolo a través del objeto ése, que minutos antes había pensado en destruir.
Mi encuentro con el celular de mi marido y su amante, no fue para nada silencioso y despertamos a Andrés, quien de un golpe abrió la puerta del baño y al descubrirme con su teléfono casi totalmente dentro de mí, escurriendo, no dudó un minuto en saltar sobre mí, besándome como la primera vez, me cargó, me llevó a la cama y sin darnos cuenta, nos redescubrimos, sentí sus manos y su piel distinta, su lengua, se había transformado por una ajena que yo nunca había probado, sentí cómo nos volvimos a enamorar; sin pensarlo, volvimos a la vida, gracias al gran regalo que hace 3 meses se había sacado en la rifa de la oficina. Ahora, ya tenemos otras prácticas y costumbres, con más aparatos, más personas, pero podemos decir que lo que parecía el final de nuestro matrimonio, lo fue, pero feliz.
 
Por rABYa
140514
 
 

jueves, 8 de mayo de 2014

Mi Maquina de Coser

Singular artefacto con una antigüedad como de 80 años, mi padre la compró  para mi madre más o menos en el año de 1940 y ya era usada, su marca es Singer, de pedal, con un herraje y una  maquinaria muy fuerte como eran las cosas antiguas, su mueble, sin embargo, se encuentra muy deteriorado por el paso del tiempo y las polillas que se comen de a poco la madera. Este querido objeto tiene una historia muy bella ya que fue la herramienta de trabajo de mamá. Las dos trabajaron muy duro para ayudar al sustento familiar, habiendo una gran prole en la familia (7 hijos y 2 primos que vivieron un tiempo con nosotros), el salario de un campesino como mi padre no alcanzaba para cubrir las necesidades. Hubo ocasiones en el pueblo en  las que se les oía  trabajar hasta muy noche a la luz de un  quinqué, sobre todo cuando se acercaba la fiesta patronal y las muchachas querían lucir sus mejores galas, ó cuando había fiestas escolares, ellas elaboraban los trajes típicos, los disfraces de animalitos, las faldas de adelitas y los pantalones de revolucionarios, tanto trabajaban para la comunidad que a veces no tenían tiempo de realizar los nuestros, en alguna ocasión daba inicio el programa y ellas apuradas terminaban nuestro vestuario uno o dos números antes del que nos tocara bailar.

También  acompañó a mamá criar a sus hijos, cuando se sentaba a coser jalaba con un mecate la hamaca del nene, muchas veces mamá tubo que reponer piezas de los vestidos porque el bebé gateando se acercaba y  se hacía pipí en ellas, también nos amarraba un extremo de una tira de tela de la cintura y otro extremo de la pata de la máquina para que no nos alejáramos. Más de una ocasión sus pequeños se montaban en la máquina para jugar al caballito. Recuerdo que cuando yo tenía como 3 años me paraba enfrente de la máquina y mamá para entretenerme me cantaba y enseñaba canciones de Cri-cri, me gustaba pedir canciones de todos los animalitos que se me ocurrían y cuando no se acordaba o no las sabía mamá las inventaba.

Hace tiempo no había en el pueblo más escuelas que el jardín de niños y la primaria; mi madre no quiso que sus hijos pasáramos las penurias que vive la gente del campo y aunque mi padre era un hombre muy recio de carácter logró convencerlo de buscar oportunidades de superación en otro lugar.  Pues bien, un buen día los hijos tuvieron que partir  unos a estudiar en un internado en la ciudad de Oaxaca  y mi hermana al internado de Tamazulapan. Solo quedé yo con mis padres, porque soy la shocoyota (más chica de la familia), aunque fue en tiempo corto, mamá decidió probar suerte en el DF  y ahí venimos con nuestra escasa ropa en una caja de cartón, el corazón lleno de ilusiones y una férrea determinación a afrontar los problemas de vivir en una ciudad. Primero mi madre y yo vivimos en casa de un paisano y su esposa, ellos no tenían hijos y me toleraban bastante bien, mis hermanos vivían con unos tíos pero afrontaron varios problemas, después rentamos un departamento y la familia, al fin, otra vez se reunió, aunque mi padre continuó trabajando en el campo y desde ahí seguía contribuyendo en nuestra manutención. Los hijos iban creciendo, los gastos también y mi madre añoraba a su gran compañera; la máquina de coser que se había quedado en el pueblo, buscando una solución para traerla (en esa época viajábamos en tren o camión de pasajeros y no era posible traer ese tipo de muebles) se contactó con un transportista que traía la fruta que se produce en el pueblo y se trajo su maquina en un camión de redilas. A partir de ahí volvieron a ser grandes compañeras, siguieron elaborando bellas prendas. Mi madre fue modista empírica de muchas personas y cuando se agotaba ese tipo de trabajo, conseguía trabajo de maquila. Me atrevo a describir a este artefacto como alguien con alma y sentimiento porque así lo siento, en la actualidad cuando me acerco  a ella le hablo con cariño, la acaricio, si alguien me descubre haciendo esto  dirá que estoy loca pero no me importa yo sigo con mi ritual, la limpio, le aplico  aceite y coso aunque sea un dobladillo o una costura sencilla.

Pero regresemos a la historia de mi Singer, mis hermanos y yo terminamos nuestras carreras, los sueños de mis padres se cumplieron al vernos realizados a todos y cada uno de sus hijos;  y decidimos que ya habían trabajado demasiado mi madre y su máquina; que ya era tiempo de descansar y dedicarse a otro tipo de labores más sencillas. Pero ellas no pudieron separarse continuaron elaborando prendas para la familia, cortinas, sábanas, adornos, algunas camisas y algunas prendas para sus nietos; muchas veces mamá trató de enseñarme a coser y me cortaba las prendas que ella terminaba cosiendo porque yo no lo hacía, tal vez reacia a aprender por recordar las jornadas tan pesadas que las vi compartir.
Llegó el día que iba a casarme, con cuanto amor  elaboraron mi ajuar de novia, un vestido muy económico pero no por eso menos hermoso, cuando esperaba la llegada de mi primer hijo al fin me dio por aprender a coser y cuando recibí en la máquina las primeras lecciones y por fin aprendí a usarla  mamá dijo que  era para mi, aunque pensaba que sería mejor una de motor como la que ella siempre quiso tener , me prestó dinero para comprarla y llegó a casa una flamante Singer Facilita  con muchas funciones y que ha sido muy útil pero que uso solo para coser prendas de  casa o mi familia, después adquirí otras máquinas de coser (en total 3, creo que me aficioné a las máquinas de coser, porque cuando voy a algún almacén donde las venden me quedo viendo y admirándolas mucho rato) y fue así como dejé de usar la la vieja máquina.
Llegó el momento en que mi querida madre quiso regresar  a vivir al pueblo y se llevó todos sus muebles incluyendo mi máquina de coser. No fue posible que mamá se quedara sola en el pueblo pues mi padre ya había fallecido y ella tenía una edad muy avanzada, regreso al DF donde vivió tranquila y feliz hasta sus últimos días (95 años), siempre lamentó  no poder usar más la máquina ya que sus habilidades fueron disminuyendo.  
Sigo sintiendo esa máquina tan  mía, aunque la haya usado  poco tiempo, ella encierra mi historia familiar;  ahí  sigue en un lugar de mi casa al igual que otros objetos más antiguos que también guardan otras historias y que cuando estoy en ese lugar me encanta recordar aunque algunas no me tocó vivirlas sino escucharlas de mis progenitores y yo espero seguir contándolas a mis hijos y nietos para que sepan cuáles son sus raíces, ojalá se sientan tan orgullosos de ellas como yo.

Ameyalli 2014

Estado de México

martes, 6 de mayo de 2014

Tú y yo cruzando los mares

No, no se espante ni se asombre Amo, soy real, existimos los genios tal y como se dice en los cuentos para niños. No Amo, no me mire con lujuria, no me mal entienda, es usted muy guapo pero hay algo en las reglas de la magia que impiden los encuentros carnales entre nosotros y ustedes. ¿Sabe Amo?, yo alguna vez fui una mortal como usted, caminé por su mundo terrenal, ese donde no existe la magia o al menos no se cree en ella, ¿quiere que le cuente Amo?… todo empezó cuando tenía cinco años, a esa edad solo existía una cosa que deseaba con el alma: una alfombra voladora, así que escribí en un papel mi deseo, esperando cualquier momento encontrar un pozo, un duende o cualquier ser mágico que me lo concediera, pero en vez de eso jugando en la playa encontré una botella de cristal con un corcho a lado de ella, era muy curiosa para mí y fue ahí donde se me ocurrió la gran idea, meter mi deseo en la botella, taparla y arrojarla al mar esperando que alguien cumpliera mi deseo. Mi vida transcurrió sin que apareciera mi alfombra, pero empecé a soñar repetidamente con una cueva, en su interior había una lámpara de oro, joyas, diamantes, pieles y demás lujos. Veinte años después, en un viaje al mar, vi la cueva que aparecía en mis sueños, la curiosidad hizo que corriera a su interior y una vez dentro caminé hasta llegar a un hueco en el que solo podía entrar arrastrándome. Al final del hueco había un cuarto redondo, alumbrado por una hermosa lámpara de oro, ésta, la que usted encontró Amo, debajo de ella, levitando en el aire, una alfombra de un precioso color morado con bordados de oro; corrí hacia ellas y en cuanto toqué la lámpara la magia se hizo, mis pies, muñecas y cuello quedaron adornados por las más bellas joyas y mi vestido, como usted puede ver es de las más finas telas; es difícil explicar cómo se siente la magia, pero es eso: magia, y la sientes por todo tu cuerpo, a excepción del corazón, ese ya no lo sientes en ti, si no en la lámpara; verá Amo, la de la magia es la lámpara, los genios somos sus esclavos y ella toma la forma según el genio, ahora sé que la botella que encontré en la playa cuando era niña era el hogar de Pukha, un genio astuto que ama el mar y había conseguido lo que pocos genios consiguen: libertad. Nosotros solo podemos salir y entrar a nuestros objetos de magia a nuestro antojo, en el lapso que tardan los mortales en pedir sus deseos y como usted bien sabrá Amo, la ambición de los mortales es mucha y en poco tiempo los piden, limitando a los genios de esa pequeña libertad pasando cientos de años encerrados. No sé de qué artimañas se sirvió Pukha para prolongar indefinidamente ese tiempo, el punto es que cuando encontré su botella él estaba afuera y al cerrarla y arrojarla al mar con mi deseo adentro, la botella sintió la fe con la que lo pedí, y decidió cambiar de genio, pues el comportamiento de Pukha empezaba a ser demasiado arrogante para esclavo de una botella. Pobre Pukha, quien sabe cuántos mares cruzó para encontrar su botella, pero cuando lo hizo, ya no era su botella, ahora era mi lámpara, objeto que va más conmigo que con los salvajes modos de Pukha. Verá Amo, cuando un genio pasa demasiado tiempo fuera de su objeto mágico, va perdiendo su fuerza, tiene que meterse en algún momento para recuperarla, pero Pukha había sido ya rechazado, por eso esperó paciente el momento para volver a entrar. Él estaba ese día en la cueva. Cuando me convertí en genio se acercó a mí y me envolvió con su palabrería, diciéndome que me ayudaría a comprender y manejar la magia, me convenció de llevarlo conmigo dentro de la lámpara, pero una vez adentro me encadenó en una jaula, no sabe el tormento que pasé Amo, Pukha no podía matarme, hay algo entre genio y lámpara que me protege y sabía que si yo descubría cómo usar la magia, sería más fuerte que él. Pese a mi encierro observé muy bien a Pukha y pronto supe cuál era su debilidad: amaba el mar y la libertad. Pronto se aburrió de vivir encerrado en una lámpara, así que un día lo seduje, le hablé de mil planes juntos, él y yo cruzando el mar en mi alfombra voladora –él no podía montarla solo -, así que me soltó y mientras nos dábamos los besos más apasionados entre mil pieles finas, hice aparecer una enorme espada en mi mano, Pukha la vio reflejada en un jarrón de cristal antes de que yo pudiera usarla e hizo lo más sensato, escapar, llevándose parte de mis joyas. Supongo que ahora Pukha, solo tiene oro, pero no sé qué pueda hacer ese pobre hombre afuera, en cambio yo, tengo conocimiento Amo, la magia está hecha de ciencia y todo el tiempo que he estado adentro he aprendido, manejo la alquimia, la astrofísica y biología entre muchas otras ciencias ¡ahhh que no haría yo estando libre! Tal vez sería dueña del mundo con magia, riqueza y conocimiento, pero no se preocupe Amo, yo no ambiciono eso; una vida placentera cumpliendo deseos y viviendo en la lámpara es lo que yo quiero. ¿Ya sabe qué va a pedir Amo, aún no? No se preocupe, tómese su tiempo. Le propongo algo Amo. Este dije en forma de caracol que cuelga de mi cuello, era de Pukha, aquí están todas las hermosas esclavas que lo atendían, están Helena de Troya, Cleopatra, Frine y las más bellas mujeres de la historia en un ambiente paradisíaco dispuestas a atenderle, recuerde que no han visto a un hombre desde que Pukha no está, y de eso ya es bastante tiempo, si usted gusta puede entrar a hacerles compañía y cuando se relaje y sepa que pedir solo dígalo. Y no se preocupe Amo, esta gracia no será tomada como deseo, va por mi cuenta, entre aquí, no se arrepentirá, ¿Esta cómodo Amo, lo atienden bien? … Perdón amo pero... no lo escucho, en serio no lo oigo, ¡bah! Algún día lo oiré, mientras, ¿Dónde estás mi amor? sal hermosa, hay muchas cosas que hacer, ¡ah! ahí estas bonita, que hermosa alfombra, tu y yo, cruzando los mares.


Licenciada Sandoval
Estado de México. Mayo 2014