domingo, 29 de mayo de 2011

La Espera

Tantas cosas que me faltan por conocer y me arriesgo por esto. Mi madre me ha dicho más de una vez que cuando los niños se duermen tarde les pueden pasar cosas malas, el padre Benjamín siempre nos recuerda que en la noche es cuando resurgen todos los pecados, sobre todo en la misa que no es la de los niños, todo es más amenazante en esa misa pero, es la única en la que dan un poco de vino con la hostia y me gusta como sabe.

Son casi las 4 de la mañana y empiezo a comprobar lo que dice mi mamá, la cabeza me duele y los ruidos en la obscuridad de la casa simplemente no los puedo explicar, no sé si son bichos o ratones o fantasmas o monstruos, pero sé que esos ruidos de día no se escuchan.

Quiero cerrar los ojos y dormir pero no puedo quedarme con la duda ni un día más. Les pregunté a Gustavo y a Christian si ellos sabían qué pasaba cuando se acababa la noche, me dijeron que nunca lo habían visto, que si seguíamos dormidos era por algo. No sé que esperar, dicen que cuando un día termina y comienza el otro, el mundo se destruye y se recompone de nuevo. Bueno, yo quiero ver eso.

Los ojos me están punzando, tengo mucho sueño y la cabeza me duele, me levanto cada media hora a tomarme un vaso de agua, el ir a orinar es lo que me mantiene despierto. Espero que Dios no me castigue por lo que voy a hacer, develar un secreto como éste es lo que debió sacar realmente a Adán y Eva del paraíso, lo bueno que nosotros ya no estamos ahí, estaría arriesgando demasiado.

Pasa media hora más y los ruidos ya son insoportables, hay sombras todavía más obscuras que la noche y se mueven sin motivo en el patio, podría asegurar que hace unos minutos escuche mi nombre. Salir al baño sin prender la luz es ya de por si un acto de heroísmo, atinarle a la taza sin mojar a los lados es un acto de habilidad.

Si mi madre se despierta estoy muerto, aparte de que tal vez arriesgaría la vida de ella. Estoy haciendo historia, por lo menos mi historia, si le jalo al baño voy a despertarla, mi esfuerzo habrá servido para nada.

¿Y cuándo vea que pasa, qué voy a hacer?, supongo que no soy el primero en experimentar, pero tampoco sé que ha sido de los otros, todo es muy incierto.

Son las 5 de la mañana, puedo sentir que con el paso de las horas todo se vuelve más frío, ¿a dónde se irá toda la obscuridad?, cuando uno enciende la luz, la obscuridad se concentra fuera de donde llegan los rayos del foco, pero ahí se queda, ¿de día a dónde se van todas las sombras?

Son las 5:45 de la mañana, si me despierto a las 7 para ir a la escuela a las 8, y a esa hora ya hay luz, quiere decir que lo que pase tiene que pasar por ahí de las 6 de la mañana. Otra vez tengo ganas de orinar, pero el agua ya no tiene nada que ver, algo me ésta picando la nuca, mejor no voltear.

Estoy decidido, si lo voy a hacer, lo voy a hacer como se debe, me pongo el suéter de cuadros para quitarme el frío y me subo a la azotea, voy a ver como se acaba el mundo.

Sólo tengo que esperar un poco más, brinco de vez en cuando para que se me quite el frío, y de repente ahí está: La luz roja y amarilla, el cielo en diferentes tonos de azul, creo que me voy a quedar ciego, pero tendré algo que platicarle a Gustavo y a Christian, veo como cambia el mundo, escucho como cantan los gallos de mi vecino, veo como nace el sol. La espera valió la pena. Observo como las casas se pintan de colores, como los cerros se tiñen de verde y gris y café, caigo muerto, cierro los ojos y me despido del mundo que descubrí, del sol que vi nacer, me voy a donde van las sombras.


No sé cuánto tiempo pasa pero, los gritos de mi madre me despiertan, al parecer tengo otra oportunidad y no la voy a desperdiciar en obediencia, contesto a su llamado y creo que está llorando, ella no sabe de mi logro, ni que hoy estoy más vivo.



Julio Cervantes Ortega
Tlalnepantla de Baz, Edomex
Mayo de 2011

jueves, 26 de mayo de 2011

Miedo a los barrancos

-Siempre le he tenido miedo a las alturas. Esa sensación de calambres en la panza y en las piernas, de vértigo en la nuca y detrás de las orejas, no sé, simplemente no puedo lidiar con ella, pero de cierta forma me agrada y creo que por eso persigo inconscientemente esa sensación en todo lo que hago.
- Ni es tan raro como crees. El vértigo es nuestra defensa natural contra la atracción que ejerce la Tierra, lo sentimos por instinto. Es una fuerza en nuestro interior que se opone a la fuerza de gravedad, a la atracción natural de la Tierra sobre nuestros cuerpos. Sin ese freno nos dejaríamos morir de golpe contra el suelo como moscas atraídas por la trampa de luz, como autómatas, sin resistencia, sin emoción, sin dignidad, sin el placer que nos causa superar el miedo.
- Me gusta cómo hablas, tienes una teoría para todo ¿verdad? Una explicación para todo, palabras para todo, pero ¿sabes?, eres un cobarde para vivir.
 
Un breve silencio, por un momento sólo escucharon sus mutuas respiraciones por el teléfono. Y nuevamente ella tomó la iniciativa.
-Si estuviéramos, ella y yo, colgadas de un barranco, a punto de caer y sólo pudieras salvar a una, ¿qué harías? ¿A quién salvarías?

Otra pausa, un momento de evidente duda en él y luego respondió con voz pretendidamente firme.
-A ti. Creo que a te salvaría a ti definitivamente.
-Mentiroso. Lo dices porque estás hablando conmigo, porque en este momento sólo yo existo para ti, porque quieres que perdone tu ingratitud y tu cobardía, o tal vez sólo quieras otra oportunidad para demostrarte a ti mismo que ahora sí te atreverás. No me mientas, no es necesario. Desconfío de los hombres desde antes de conocerte, todos me han demostrado ser unos cobardes. No te guardo rencor.
- Ya te expliqué lo que pasó. Además no miento, preferiría salvarte a ti, porque te amo.
- ¿Si? Entonces dime ¿qué le responderías a ella si te hiciera la misma pregunta que yo? Dime.
- Celos, mejor tú responde, ¿a quién salvarías del precipicio, a tu esposo o a mí?
- A mi marido, por supuesto.
- Lo dices sólo para molestarme.
- No. En el fondo es buena persona y no lo odio tanto, ni le guardo tanto rencor como parece, acepto la parte que me toca de nuestro fracaso, la mayor parte, de hecho. Salvarlo sería una forma de redimirme, de lavar mis culpas.
- Así que me dejarías morir para expiar tu remordimiento, no suena congruente, no suena como algo que haría alguien con una persona que dice amar.
- No te atormentes ni te confundas. Es verdad que preferiría salvarlo a él, pero eso no cambia mis sentimientos. Imagina esta situación más parecida a nuestra vida: Estamos los cuatro, -tú mi marido ella y yo- colgando del acantilado, a unos metros de la muerte sin esperanzas de salvarnos ¿sabes lo qué haría? No me importaría lo que le pase a él. Me aferraría a tu cuerpo con mis brazos, con mis uñas, con mis piernas, con mi boca, con mis dientes, para apresurar la caída, para arrastrarte conmigo al abismo y morir juntos, con nuestros cuerpos atravesados por la misma piedra filosa, compartiendo el último aliento en el fondo del barranco. Me olvidaría de mi miedo a las alturas y de la discreción. ¿Estarías dispuesto a hacer lo mismo?
 
Él no supo qué contestar y creyó que lo más prudente era cambiar el tema e ir al grano.
-Entonces ¿tenemos una cita? ¿Cuándo puedes escaparte?
- Dímelo tú. Ya sabes que nunca te he negado nada y que siempre me las arreglo. Además, fuiste tú quien faltó a la última cita. Eres tú el que juega conmigo, el que titubea para cruzar el límite, el que tiene miedo de soltarse…

 
Romeo Valentín Arellanes
Tlalnepantla de Baz, Edomex
20 de abril de 2011


Murió de Miedo

  Orestes Pereyra, general Revolucionario en algún momento, de la poderosa División del Norte, reposaba en el cajón negro de caoba con el rostro descompuesto en una mueca de terror.  Todo aquel que se acercara a su lecho mortuorio coincidía en mencionar lo obvio: que Orestes parecía asustado aun transcurridas 18 horas de su paso por el paredón de fusilamiento. La impresión debió dejar honda huella en el alma frágil y atormentada del general. El contacto con la muerte, tras muchas batallas, no lo preparó para el espectáculo de asistir a su propia defunción. Así lo sentía antes de morir, como si el fusilamiento fuera una cita a presenciar la propia muerte,  el único acto protocolario de naturaleza militar al cual jamás quiso asistir,  cuando le tocaba decidir la suerte del enemigo en el paredón, siempre, sin excusa, mandó a un subalterno a cumplir la orden de arriba, los fusilaba si, pero evitaba estar presente y sobre todo evitaba escuchar el fusilamiento tapándose los oídos en el instante mismo en que tronaban las armas.  Era el sonido de la muerte, la irremediable muerte que tronaba sin descanso en aquellas épocas tan inciertas, para él, para el pueblo y para todo aquel que se enrolaba en esa guerra del carajo y que no se sabía en que iba a parar. Cavilaciones de un sentenciado, disparates de la mente para distraerse y olvidar la suerte tan perra que por un lado entregaba victorias y por el otro frustraba la gloria entregándolo en bandeja al enemigo. 

Horas antes de la ejecución los soldados encargados de llevarla a cabo practicaron el tino disparándole a un mezquite viejo frente a la celda del general, quien tendido sobre su catre, respingaba de terror a cada disparo. No les importó, cruzaron apuestas sobre hacia dónde caería el cuerpo, la mitad opinaba que para atrás, la otra mitad que hacia delante, mientras él, apuraba una comida magra de café y pan duro y sudaba frío, preocupado, quien sabe por qué, en donde carajos había dejado su sombrero que, quien sabe por qué, necesitaba justo en ese momento para taparse la cabeza. Si alguien llegara a preguntarle que se sentía saberse con el destino resuelto, él sabría darles la respuesta perfecta: miedo y coraje,  las batallas eran nada comparadas con saberse en manos del enemigo y que la vida misma dependiera de su decisión. Y si le preguntaran miedo  a qué, ahí si que no sabría que responder, quizás a ya no ser , no sentir, no ver, pero más que otra cosa, a la impotencia de no poder hacer nada, él, que se enfrento de frente y sin temores a la artillería Orozquista, él, que durante la toma de Torreón mató a cincuenta federales, él, que ahora se tronaba los dedos y contaba los segundos de los minutos de las horas y repasaba a cada momento las pocas oraciones que se sabía. Y si le preguntaran coraje por qué, ahí  si que  sabría decir porque estaba tan encabronado: por no poder dirigir su propia ejecución, porque le arrebataran por muy estúpido que sonara, la última decisión de su vida, él que siempre se sintió con los huevos suficientes para enfrentar de cara a la muerte, hacia su rabieta final por la impotencia de no decidir como, cuando y donde enfrentarla .  Lo llamaron a las cuatro, pidió un rastrillo y una cobija, quería morirse con el rostro limpio y cobijado porque se le figuraba que después de muerto seguiría sintiendo el frío, temblando frente al paredón no quiso ser vendado,  pidió dar la espalda a los fusiles, al escuchar el martillar de los rifles le vino de nuevo el miedo de lo irremediable, no sintió nada más, la muerte le ahorro la pena de enterarse que cayó de lado, arruinando las apuestas de todos los que dispararon.

Raziel Correa Alvarado.
Atizapán de Zaragoza, Edomex
23 de marzo de 2011