viernes, 23 de noviembre de 2012

Cosas que a nadie le importan



Estaba sentada en las rocas al lado de los carritos chocones. Veía la silenciosa y oxidada rueda de la fortuna. Pensaba en Lui. Trataba de imaginar cómo habrían sido las luces, los colores, los olores, los algodones de azúcar, las carcajadas, los gritos horrorizados, los besos, los peinados. 

Desde que partí le escribo una carta cada semana, aunque pareciera que en ese lapso de tiempo uno no tiene mucho que decir a mí siempre me ha pasado todo lo contrario. 

Aquí estoy, escribiéndote de nuevo, tratando de describirte la mejor postal de estos lugares que me he aferrado en visitar. Sitios que alguna vez estuvieron habitados y llenos de vida. Ahora, la repetición de sus silencios me recuerda la anatomía de mi antiguo hogar. 



Desde que volvimos a encontrarnos hace unos cinco años tras la muerte de tu hermano, me así a conservar ciertos hábitos. Entre las páginas de tus libros tenías tarjetas coleccionables de futbol europeo, tarjetas de presentación, fotografías, y recuerdo mucho la estampita de astroboy. Comencé a hacer lo mismo. Coloco entre las páginas del libro que me acompaña objetos que toman el lugar de lo que sería un separador. Tarjetas de restaurantes, boletos de cine, entradas a conciertos, panfletos de exposiciones, calcomanías psicodélicas; esos eran los momentos que enriquecieron la lectura de mi libro. Ahí estabas tú también, acompañándome en cada uno de ellos. Así te acordarás de qué estabas haciendo y sintiendo en ese momento de tu vida, también podrás reírte después de tus gustos tan ridículos, decías. 



Mientras las olas rompen en las rocas que rodean el parque huelo la niebla cargada de sal. Te escribo la última carta tratando de no olvidar el último sueño que me contaste. Llegaba a un lugar donde vendían empanadas de todos sabores. Y ahí, detrás del mostrador estaba ella, la chica güera, la empanadera. Ese fue un sueño que emocionó a Lui por un rato. Cada vez que encontrábamos un sitio donde vendieran empanadas yo buscaba a la güerita. Él decía que esas eran cosas que a nadie le importaban más que él. Después de cuatro otoños lejos de casa y la aparición de más arrugas en mi rostro y manos me doy cuenta de que mi afán por buscar estos lugares abandonados también son cosas que a nadie le importan, más que a mí. 



Mi lejanía sólo ha implicado pérdida, poca o mucha, pero la torpeza sólo implica eso, pérdida, en realidad no creo que uno consiga llevarse o salir con algo de más. Qué torpe he sido por haber dejado ir tanto. Qué torpe he sido con nuestra historia. 


Sólo espero que algún día deje de escribir torpemente. Te quiero. 


Eve Alcalá González
México DF, noviembre 2012 
http://palabrakamikaze.blogspot.com/



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