viernes, 15 de marzo de 2013

Frustración en una tarde de teibol



Los tiempos han cambiado, extraño los días en que se podía entrar a cualquier congal sin la necesidad del IFE pero sobre todo, ahora que soy mayor de edad, echo de menos esa época en que estaba permitido fumar dentro de espacios cerrados y no existía la necesidad de pedirle salida a la mesera en turno para acudir al puesto de revistas o de dulces más cercano para adquirir un tabaco y echar una fumada; pienso en eso mientras en la entrada del congal Azteca nos hacen la revisión acostumbrada para medio asegurarse que no representamos ningún peligro. 
Una mujer joven de cuerpo envidiable que viste con pantalón blanco de licra, blusa rosa y un sujetador que enfatiza el volumen de los senos haciéndolos parecer perfectos, de cabellos rizados en tono rubio cobrizo y un rostro casi tierno, nos conduce al interior, es un amplio agujero iluminado por luces neón, en el centro hay una tarima, la pista de baile alargada tiene alrededor de cuatro tubos y en cada extremo escalinatas por las que las mujeres trabajadoras entran a escena; en esta ocasión nos asignan a la mesa que tiene marcado el número cincuenta con algún tipo de pintura fosforescente, nos parece bien, estamos situados a la orilla de la pista, por lo mientras están brindando su show Zafiro, Marlie, Ximena y Areli, están preciosas las cuatro mostrando sus cuerpos en el momento sexy del espectáculo, dicen por ahí que ninguna mujer es fea si la encuentras desnuda y vaya que por hoy estoy de acuerdo con tal aclaración.
Estoy acompañado por mi buen amigo -y en ocasiones también mecenas- Eduardo quien tiene la calentura acumulada y viene a relajarse un poco, por mi lado sólo busco ahuyentar un viejo fantasma, de nuevo, el mismo fantasma que siempre que viene y se anida en mi no tardo en comenzar a sufrir sus síntomas y después cuando me acostumbro a vivir de cerca se aleja sin articular palabra ni enviar señales de mejoría; no tengo ni un quinto en el bolsillo, mi amigo sí y rápidamente encuentra unas curvas en las cuales comenzar a gastar el presupuesto; en mis piernas se sienta una fémina intrascendente, no recuerdo su nombre ni las formas de su cuerpo y se despide indiferente de mí cuando le hago saber que no le voy a invitar un trago. Eduardo sigue entretenido con la misma flaquita de ojos grandes expresivos y piernas largas, yo admiro los espectáculos danzantes sobre la tarima. 
La flaca se ha ido, la vi desfilar entre las mesas envuelta en ese atuendo de edecán de pista de carreras, a mi me han visitado otras tres que se han despedido de la misma manera, comienzo a sentirme pésimo por no mantenerlas más de cinco minutos sobre mis muslos. Me distraigo un rato mirando la pasarela de siluetas incandescentes de vestuarios temáticos, hay una policía por ahí, una agente del FBI, está la colegiala cuarentona, la meretriz con lencería de encaje y corsé color vino, una incluso tiene el estampado del traje negro de Spider-man en su vestido; cuando presto atención de nuevo a la mesa Eduardo tiene sentada sobre él una morena nalgona que en su atuendo deja poco a la imaginación, y una chica alta, delgada, de cabello oscuro y tez blanca me está pidiendo permiso para hacerme compañía, se lo concedo, no es un acierto pues se parece al fantasma que intento ahuyentar; me dice su nombre artístico, intento recordarlo para este momento en el que trato de ser fiel a los hechos, lo olvido sin remedio, recuerdo sólo su verdadero nombre, al menos el que ella dijo que era pero no lo divulgaré por respeto, después de todo debe existir una ética, desvirtuada, quizás, pero ética al fin; conversa un rato conmigo, después de intercambiar cinco frases intento despacharla, estoy consciente de que es su trabajo conseguir una cuota de tragos para cobrar y que yo estoy prácticamente en banca rota, le hago saber que, por más agradable que sea y por más que me recuerde a alguien, no le voy a invitar una copa, claro, hago énfasis en que quisiera hacerlo pero que mantener su casi desnuda y breve anatomía cerca de mi es un lujo que no me puedo permitir hoy; esta advertida y aun así no amaga con levantarse, tampoco insiste en que le invite algo, no cometo objeción, dice que inspiro confianza y que el día esta flojo, que el lugar apenas comienza a llenarse y mientras no haya clientes no pueden reprenderla; vislumbro un vestigio de sinceridad en su voz, se lo agradezco; le pregunto porque es que todas cambian su nombre, responde que por seguridad o que al menos eso le han dicho pero que ella no le encuentra sentido pero es un requisito; pregunta si el nombre que le dije es verdadero, asiento y agrego que no tengo nada que ocultar, sonríe; noto su aroma, se parece al de… pero no digo nada, pero es tan parecido, tan sutil y fresco pero lo arruina el perfume que creo han de utilizar todas las putas; me cuenta algo de su vida, señala que la “puteria” debe venir de familia pues tiene una prima negra que se dedica a cometer visitas conyugales a hoteles de paso con desconocidos por una tarifa, señala que ella no puede hacer lo mismo pues le tiene pavor a las enfermedades que puedan pegarle de entrepierna a entrepierna y que de hecho, gana mejor que la prima sin la necesidad de ser penetrada, sin embargo, también hace “ese tipo de chambas” pero que elige detenidamente a sus clientes para no salir perjudicada, a esa compilación de clientes les llama cariñosamente “La lista A”. 
Un mesero se acerca a la mesa cuando la nalgona posada en mi acompañante se termina su bebida, ordenan otra ronda, de paso el tipo de chaleco negro y camisa blanca me hace la misma pregunta, niego con la cabeza, hubiera sido inútil hablar, el volumen de la música no habría permitido que mis palabras se entendieran, de cualquier modo, el tipo entiende lo básico y se inclina hacia la chica junto a mí y le susurra algo, ella asiente y hace un gesto con la mano juntando él índice con el pulgar, el mesero se marcha; cinco minutos después el DJ la anuncia en el programa; me dice al oído que en cuanto termine de bailar volverá para seguir platicando, algo me dice que no sucederá, le digo que la esperaré, sonríe, se levanta, se acomoda el vestuario, se inclina para darme un beso con los labios entre abiertos y es cuando noto su aliento, idéntico al de ella, a quien intento olvidar, quiero que el momento perdure, que permanezca por siempre o que al menos se prolongue por un momento más, no ocurre, se va y se pierde entre las luces neón con dirección a los camerinos. 
Cuando la vuelvo a ver esta sobre la base de madera bailando una canción de los primeros discos de Shakira desnudándose, se contonea sensualmente siguiendo el ritmo, entonces me dirige una mirada acompañada de una sonrisa que me provoca un suspiro. No regreso a la mesa, se detuvo en la cuarenta y siete y yo me quede con ganas de pertenecer a “La lista A”.

Clementino Diógenes
Distrito Federal, marzo de 2013 


 


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