martes, 19 de febrero de 2013

La víspera

México, D.F. Septiembre de 1985. 
Mira en la ventana el cielo gris, extraña el azul y la pureza del aire. La ciudad se extiende como una enorme torre de Babel horizontal eternamente en construcción, es odiosa y agresiva. Clava la mirada impaciente en el reloj colocado arriba del pizarrón, como si con ello acelerara el final de la clase. Desde que llegó no ha habido un solo día en que no le den ganas de regresar a su pueblo, ¿pero qué sería de su vida si vuelve? “Tienes que estudiar –le aconsejaban-verás que al primer año te acostumbras a la capital”, pero es más difícil de lo creyó. Anda siempre con el dinero justo para sus gastos o menos. En la ciudad todos, hasta sus familiares, le quieren ver la cara buey y hacerle tranzas. La ciudad entera lo trata como un arrimado; en la escuela lo traen de su puerquito, la gente en la calle es grosera, atrabancada y sin consideración por el prójimo. Cada día, su corazón va acumulando un poquito más de odio y rencor hacia los chilangos. 
Termina la clase y sale apresurado, no le interesas socializar con sus compañeros ni escuchar sus burlas. Camino hacia la parada del chimeco, encuentra un billete de mil pesos tirado sobre la aparentemente solitaria banqueta, la cara de Sor Juana Inés de la Cruz en sepia es el primer rostro amable que ve en mucho tiempo a pesar de que tiene unos bigotes pintados. Sonríe ante el giro de la suerte. No ve un posible dueño cerca, así que recoge el billete. 
“Disculpe joven, ¿no vio por aquí un billete?”, dice a sus espaldas una sorpresiva voz chocante, diminuta y falsa. Voltea. La voz proviene de una viejecilla que Dios sabrá dónde estaba escondida hace unos segundos, y que pone adrede el gesto más lastimero posible. Desconfía instintivamente de ella, a estas alturas desconfía ya de cualquier chilango o chilanga. “No. No he visto nada”, responde seco con la intención de seguir su camino, pero la vieja insiste con gran determinación “vi que se metió algo a la bolsa, ¿no será mi billete?”. La duda agrieta su voluntad ¿qué tal que la desdichada anciana dice la verdad?, ¿no estaría él comportándose abusivamente cómo cualquier capitalino detestable?, ¿hay bajeza mayor que transar a una pobre anciana? Por otro lado, piensa, “la vieja podría estar mintiendo y como cree que la gente de provincia es tonta, se quiere aprovechar”
-Dígame de a cuánto es el billete, señora- y la viejita responde que es uno de mil pesos. “Pero dígame qué más tiene y se lo devuelvo con gusto” y la anciana desconcertada responde que qué más va a tener un pinche billete. “¿Qué dibujo?”, aclara y la viejita responde que a la Sor Juana. “¿Pero qué más?” dice pensando en los bigotes de Sor Juana y la señora ya enfadada pide que no le quiera ver la cara de pendeja y exige en tono altanero la devolución inmediata del billete. 
Un caifán acomedido se percata de la escena y toma partido a favor de la “frágil” viejecilla exigiendo la devolución del dinero so pena de “unos putazos”
-Pero el billete es mío, yo me lo encontré –insiste el joven de provincia - la señora miente. 
 El caifán, poco paciente, cumple su amenaza, y lo derriba de un solo golpe, posteriormente lo despoja del billete para entregarlo a la vieja, y de la cartera completa “para que aprenda a respetar”
“Y pensar que me faltan tres años”, solloza tendido en el suelo boca arriba, tratando de mirar el firmamento oculto tras la costra de smog. Si pudiera, daría su merecido a todos, pero no tiene más remedio que tragarse el coraje. Si pudiera, regresaría a su pueblo, pero no tiene dinero ni futuro allá. Sólo le queda seguir odiando en silencio. “¡Que el diablo se lleve a esta ciudad y a los chilangos!”, grita y golpea la tierra.


Romeo Valentín Arellanes.
Tlalnepantla, Edomex, febrero de 2013 



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